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– Admito que es una interpretación libre, dada la connotación humana de la palabra.

– De hecho, tengo la impresión de que eres algo más -confesé clavando los ojos en la mesa.

– Bueno, no creo necesario darle todos los detalles morbosos -se estiró sobre la mesa y me levantó el mentón con un dedo frío y suave-. Pero vamos a necesitar una explicación de por qué merodeo tanto por aquí. No quiero que el jefe de policía Swan me imponga una orden de alejamiento.

– ¿Estarás? -pregunté, repentinamente ansiosa-. ¿De veras vas a estar aquí?

– Tanto tiempo como tú me quieras -me aseguró.

– Te querré siempre -le avisé-. Para siempre.

Caminó alrededor de la mesa muy despacio y se detuvo muy cerca, extendió la mano para acariciarme la mejilla con las yemas de los dedos. Su expresión era inescrutable.

– ¿Eso te entristece?

No contestó y me miró fijamente a los ojos por un periodo de tiempo inmensurable.

– ¿Has terminado? -preguntó finalmente.

Me incorporé de un salto.

– Sí.

– Vístete… Te esperaré aquí.

Resultó difícil decidir qué ponerme. Dudaba que hubiera libros de etiqueta en los que se detallara cómo vestirte cuando tu novio vampiro te lleva a su casa para que conozcas a su familia vampiro. Era un alivio emplear la palabra en mi fuero interno. Sabía que yo misma la eludía de forma intencionada.

Terminé poniéndome mi única falda, larga y de color caqui, pero aun así informal. Me vestí con la blusa de color azul oscuro de la que Edward había hablado favorablemente en una ocasión. Un rápido vistazo en el espejo me convenció de que mi pelo era una causa perdida, por lo que me lo recogí en una coleta.

– De acuerdo -bajé a saltos las escaleras-. Estoy presentable.

Me esperaba al pie de las mismas, más cerca de lo que pensaba, por lo que salté encima de él. Edward me sostuvo, durante unos segundos me retuvo con cautela a cierta distancia antes de atraerme súbitamente.

– Te has vuelto a equivocar -me murmuró al oído-. Vas totalmente indecente. No está bien que alguien tenga un aspecto tan apetecible.

– ¿Cómo de apetecible? Puedo cambiar…

Suspiró al tiempo que sacudía la cabeza.

– Eres tan ridícula…

Presionó con suavidad sus labios helados en mi frente y la habitación empezó a dar vueltas. El olor de su respiración me impedía pensar.

– ¿Debo explicarte por qué me resultas apetecible?

Era claramente una pregunta retórica. Sus dedos descendieron lentamente por mi espalda y su aliento rozó con más fuerza mi piel. Mis manos descansaban flácidas sobre su pecho y otra vez me sentí aturdida. Inclinó la cabeza lentamente y por segunda vez sus fríos labios tocaron los míos con mucho cuidado, separándolos levemente.

Entonces sufrí un colapso.

– ¿Bella? -dijo alarmado mientras me recogía y me alzaba en vilo.

– Has hecho que me desmaye… -le acusé en mi aturdimiento.

– ¿Qué voy a hacer contigo? -Gimió con desesperación-. Ayer te beso, ¡y me atacas! ¡Y hoy te desmayas!

Me reí débilmente, dejando que sus brazos me sostuvieran mientras la cabeza seguía dándome vueltas.

– Eso te pasa por ser bueno en todo.

Suspiró.

– Ése es el problema -yo aún seguía grogui-. Eres demasiado bueno. Muy, muy bueno.

– ¿Estás mareada? -preguntó. Me había visto así con anterioridad.

– No… No fue la misma clase de desfallecimiento de siempre. No sé qué ha sucedido -agité la cabeza con gesto de disculpa-. Creo que me olvidé de respirar.

– No te puedo llevar de esta guisa a ningún sitio.

– Estoy bien -insistí-. Tu familia va a pensar que estoy loca de todos modos, así que… ¿Cuál es la diferencia?

Evaluó mi expresión durante unos instantes.

– No soy imparcial con el color de esa blusa -comentó inesperadamente. Enrojecí de placer y desvié la mirada.

– Mira, intento con todas mis fuerzas no pensar en lo que estoy a punto de hacer, así que ¿podemos irnos ya?

– A ti no te preocupa dirigirte al encuentro de una casa llena de vampiros, lo que te preocupa es conseguir su aprobación, ¿me equivoco?

– No -contesté de inmediato, ocultando mi sorpresa ante el tono informal con el que utilizaba la palabra.

Sacudió la cabeza.

– Eres increíble.

Cuando condujo fuera del centro del pueblo comprendí que no tenía ni idea de dónde vivía. Cruzamos el puente sobre el río Calwah, donde la carretera se desviaba hacia el Norte. Las casas que aparecían de forma intermitente al pasar se encontraban cada vez más alejadas de la carretera, y eran de mayor tamaño. Luego sobrepasamos otro núcleo de edificios antes de dirigirnos al bosque neblinoso. Intentaba decidir entre preguntar o tener paciencia y mantenerme callada cuando giró bruscamente para tomar un camino sin pavimentar. No estaba señalizado y apenas era visible entre los helechos. El bosque, serpenteante entre los centenarios árboles, invadía a ambos lados el sendero hasta tal punto que sólo era distinguible a pocos metros de distancia.

Luego, a escasos kilómetros, los árboles ralearon y de repente nos encontramos en una pequeña pradera, ¿o era un jardín? Sin embargo, se mantenía la penumbra del bosque; no remitió debido a que las inmensas ramas de seis cedros primigenios daban sombra a todo un acre de tierra. La sombra de los árboles protegía los muros de la casa que se erguía entre ellos, dejando sin justificación alguna el profundo porche que rodeaba el primer piso.

No sé lo que en realidad pensaba encontrarme, pero definitivamente no era aquello. La casa, de unos cien años de antigüedad, era atemporal y elegante. Estaba pintada de un blanco suave y desvaído. Tenía tres pisos de altura y era rectangular y bien proporcionada. El monovolumen era el único coche a la vista. Podía escuchar fluir el río cerca de allí, oculto en la penumbra del bosque.

– ¡Guau!

– ¿Te gusta? -preguntó con una sonrisa.

– Tiene… cierto encanto.

Me tiró de la coleta y rió entre dientes. Luego, cuando me abrió la puerta, me preguntó.

– ¿Lista?

– Ni un poquito… ¡Vamos!

Intenté reírme, pero la risa se me quedó pegada a la garganta. Me alisé el peso con gesto nervioso.

– Tienes un aspecto adorable.

Me tomó de la mano de forma casual, sin pensarlo.

Caminamos hacia el porche a la densa sombra de los árboles. Sabía que notaba mi tensión. Me frotaba el dorso de la mano, describiendo círculos con el dedo pulgar.

Me abrió la puerta.

El interior era aún más sorprendente y menos predecible que el exterior. Era muy luminoso, muy espacioso y muy grande. Lo más posible es que originariamente hubiera estado dividido en varias habitaciones, pero habían hecho desaparecer los tabiques para conseguir un espacio más amplio. El muro trasero, orientado hacia el sur, había sido totalmente reemplazado por una vidriera y más allá de los cedros, el jardín, desprovisto de árboles, se estiraba hasta alcanzar el ancho río. Una maciza escalera de caracol dominaba la parte oriental de la estancia. Las paredes, el alto techo de vigas, los suelos de madera y las gruesas alfombras eran todos de diferentes tonalidades de blanco.

Los padres de Edward nos aguardaban para recibirnos a la izquierda de la entrada, sobre un altillo del suelo, en el que descansaba un espectacular piano de cola.

Había visto antes al doctor Cullen, por supuesto, pero eso no evitó que su joven y ultrajante perfección me sorprendieran de nuevo. Presumí que quien estaba a su lado era Esme, la única a la que no había visto con anterioridad. Tenía los mismos rasgos pálidos y hermosos que el resto. Había algo en su rostro en forma de corazón y en las ondas de su suave pelo de color caramelo que recordaba a la ingenuidad de la época de las películas de cine mudo. Era pequeña y delgada, pero, aun así, de facciones menos pronunciadas, más redondeadas que las de los otros. Ambos vestían de manera informal, con colores claros que encajaban con el interior de la casa. Me sonrieron en señal de bienvenida, pero ninguno hizo ademán de acercarse a nosotros en lo que supuse era un intento de no asustarme. La voz de Edward rompió el breve lapso de silencio.