– ¿No necesitas respirar? -exigí saber.
– No, no es una necesidad -se encogió de hombros-. Sólo un hábito.
– ¿Cuánto puedes aguantar sin respirar?
– Supongo que indefinidamente, no lo sé. La privación del sentido del olfato resulta un poco incómoda.
– Un poco incómoda -repetí.
No prestaba atención a mis expresiones, pero hubo algo en ellas que le ensombreció el ánimo. La mano le colgó a un costado y se quedó inmóvil, mirándome con gran intensidad. El silencio se prolongó y sus facciones siguieron tan inmóviles como una piedra.
– ¿Qué ocurre? -susurré mientras le acariciaba el rostro helado.
Sus facciones se suavizaron ante mi roce y suspiró.
– Sigo a la espera de que pase.
– ¿A que pase el qué?
– Sé que en algún momento, habrá algo que te diga o que te haga ver que va a ser demasiado. Y entonces te alejarás de mí entre alaridos -esbozó una media sonrisa, pero sus ojos eran serios-. No voy a detenerte. Quiero que suceda, porque quiero que estés a salvo. Y aun así, quiero estar a tu lado. Ambos deseos son imposibles de conciliar…
Dejó la frase en el aire mientras contemplaba mi rostro, a la espera.
– No voy a irme a ningún lado -le prometí.
– Ya lo veremos -contestó, sonriendo de nuevo.
Le fruncí el ceño.
– Bueno, continuemos… Carlisle se marchó a Francia a nado.
Hizo una pausa mientras intentaba recuperar el hilo de la historia. Con gesto pensativo, fijó la mirada en otra pintura, la de mayor colorido y de marco más lujoso, y también la más grande. Personajes llenos de vida, envueltos en túnicas onduladas y enroscadas en torno a grandes columnas en el exterior de balconadas marmóreas, llenaban el lienzo. No sabía si representaban figuras de la mitología helena o si los personajes que flotaban en las nubes de la parte superior tenían algún significado bíblico.
– Carlisle nadó hacia Francia y continuó por Europa y sus universidades. De noche estudió música, ciencias, medicina y encontró su vocación y su penitencia en salvar vidas -su expresión se tornó sobrecogida, casi reverente-. No sé describir su lucha de forma adecuada. Carlisle necesitó dos siglos de atormentadores esfuerzos para perfeccionar su autocontrol. Ahora es prácticamente inmune al olor de la sangre humana y es capaz de hacer el trabajo que adora sin sufrimiento. Obtiene una gran paz de espíritu allí, en el hospital…
Edward se quedó con la mirada ausente durante bastante tiempo. De repente, pareció recordar su intención. Dio unos golpecitos en la enorme pintura que teníamos delante con el dedo.
– Estudió en Italia cuando descubrió que allí había otros. Eran mucho más civilizados y cultos que los espectros de las alcantarillas londinenses.
Rozó a un cuarteto relativamente sereno de figuras pintadas en lo alto de un balcón que miraban con calma el caos reinante a sus pies. Estudié al grupo con cuidado y, con una risa de sorpresa, reconocí al hombre de cabellos dorados.
– Los amigos de Carlisle fueron una gran fuente de inspiración para Francesco Solimena. A menudo los representaba como dioses -rió entre dientes-. Aro, Marco, Cayo -dijo conforme iba señalando a los otros tres, dos de cabellos negros y uno de cabellos canos-, los patrones nocturnos de las artes.
– ¿Qué fue de ellos? -pregunté en voz alta, con la yema de los dedos inmóvil en el aire a un centímetro de las figuras de la tela.
– Siguen ahí, como llevan haciendo desde hace quién sabe cuántos milenios -se encogió de hombros-. Carlisle sólo estuvo entre ellos por un breve lapso de tiempo, apenas unas décadas. Admiraba profundamente su amabilidad y su refinamiento, pero persistieron en su intento de curarle de aquella aversión a su «fuente natural de alimentación». Ellos intentaron persuadirle y él a ellos, en vano. Llegados a ese punto, Carlisle decidió probar suerte en el Nuevo Mundo. Soñaba con hallar a otros como él. Ya sabes, estaba muy solo.
«Transcurrió mucho tiempo sin que encontrara a nadie, pero podía interactuar entre los confiados humanos como si fuera uno de ellos porque los monstruos se habían convertido en tema para los cuentos de hadas. Comenzó a practicar la medicina. Pero rehuía el ansiado compañerismo al no poderse arriesgar a un exceso de confianza.
«Trabajaba por las noches en un hospital de Chicago cuando golpeó la pandemia de gripe. Le había estado dando vueltas durante varios años y casi había decidido actuar. Ya que no encontraba un compañero, lo crearía; pero dudaba si hacerlo o no, ya que él mismo no estaba totalmente seguro de cómo se había convertido. Además, se había jurado no arrebatar la vida de nadie de la misma manera que se la habían robado a él. Estaba en ese estado de ánimo cuando me encontró. No había esperanza para mí. Me habían dejado en la sala de los moribundos. Había asistido a mis padres, por lo que sabía que estaba solo en el mundo,.y decidió intentarlo…
Ahora, cuando dejó la frase inacabada, su voz era apenas un susurro. Me pregunté qué imágenes ocuparían su mente en ese instante, ¿los recuerdos de Carlisle o los suyos? Esperé sin hacer ruido.
Una angelical sonrisa iluminaba su rostro cuando se volvió hacia mí.
– Y así es como se cerró el círculo -concluyó.
– Entonces, ¿siempre has estado con Carlisle?
– Casi siempre.
Me puso la mano en la cintura con suavidad y me arrastró con él mientras cruzaba la puerta. Me volví a mirar los cuadros de la pared, preguntándome si alguna vez llegaría a oír el resto de las historias.
Edward no dijo nada mientras caminábamos hacia el vestíbulo, de modo que pregunté:
– ¿Casi?
Suspiró. Parecía renuente a responder.
– Bueno, tuve el típico brote de rebeldía adolescente unos diez años después de… nacer… o convertirme, como prefieras llamarlo. No me resignaba a llevar su vida de abstinencia y estaba resentido con él por refrenar mi sed, por lo que me marché a seguir mi camino durante un tiempo.
– ¿De verdad?
Estaba mucho más intrigada que asustada, que es como debería estar.
Y él lo sabía. Vagamente me di cuenta de que nos dirigíamos al siguiente tramo de escaleras, pero no estaba prestando demasiada atención a cuanto me rodeaba.
– ¿No te causa repulsa?
– No.
– ¿Por qué no?
– Supongo que… suena razonable.
Soltó una carcajada más fuerte que las anteriores. Ahora nos encontrábamos en lo más alto de las escaleras, en otro vestíbulo de paredes revestidas con paneles de madera.
– Gocé de la ventaja de saber qué pensaban todos cuantos me rodeaban, fueran humanos o no, desde el momento de mi renacimiento -susurró-. Ésa fue la razón por la que tardé diez años en desafiar a Carlisle… Podía leer su absoluta sinceridad y comprender la razón de su forma de vida.
Apenas tardé unos pocos años en volver a su lado y comprometerme de nuevo con su visión. Creí poderme librar de los remordimientos de conciencia, ya que podía dejar a los inocentes y perseguir sólo a los malvados al conocer los pensamientos de mis presas. Si seguía a un asesino hasta un callejón oscuro donde acosaba a una chica, si la salvaba, en ese caso no sería tan terrible.
Me estremecí al imaginar con claridad lo que describía: el callejón de noche, la chica atemorizada, el hombre siniestro detrás de ella y Edward de caza, terrible y glorioso como un joven dios, imparable. ¿Le estaría agradecida la chica o se asustaría más que antes?
– Pero con el paso del tiempo comencé a verme como un monstruo. No podía rehuir la deuda de haber tomado demasiadas vidas, sin importar cuánto se lo merecieran, y regresé con Carlisle y Esme. Me acogieron como al hijo pródigo. Era más de lo que merecía.
Nos habíamos detenido frente a la última puerta del vestíbulo.
– Mi habitación -me informó al tiempo que abría la puerta y me hacía pasar.
Su habitación tenía vistas al sur y una ventana del tamaño de la pared, igual que en el gran recibidor del primer piso. Toda la parte posterior de la casa debía de ser de vidrio. La vista daba al meandro que describía el río Sol Duc antes de cruzar el bosque intacto que llegaba hasta la cordillera de Olympic Mountain. La pared de la cara oeste estaba totalmente cubierta por una sucesión de estantes repletos de CD. El cuarto de Edward estaba mejor surtido que una tienda de música. En el rincón había un sofisticado aparato de música, de un tipo que no me atrevía a tocar por miedo a romperlo. No había ninguna cama, sólo un espacioso y acogedor sofá de cuero negro. Una gruesa alfombra de tonos dorados cubría el suelo y las paredes estaban tapizadas de tela de un tono ligeramente más oscuro.