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Sonó el teléfono y eché a correr escaleras abajo para responder. Sólo había una voz que quería oír; cualquier otra me molestaría. Pero imaginé que si él hubiera querido hablar conmigo, probablemente sólo habría tenido que materializarse en mi habitación.

– ¿Diga? -pregunté sin aliento.

– ¿Bella? Soy yo -dijo Jessica.

– Ah, hola, Jess -luché durante unos momentos para descender de nuevo a la realidad. Me parecía que habían pasado meses en vez de días desde la última vez que hablé con ella-. ¿Qué tal te fue en el baile?

– ¡Me lo pasé genial! -parloteó Jessica, que, sin necesidad de más invitación, se embarcó en una descripción pormenorizada de la noche pasada. Murmuré unos cuantos «humm» y «ah» en los momentos adecuados, pero me costaba concentrarme. Jessica, Mike, el baile y el instituto se me antojaban extrañamente irrelevantes en esos momentos. Mis ojos volvían una y otra vez hacia la ventana, intentando juzgar el grado de luz real a través de las nubes espesas.

– ¿Has oído lo que te he dicho, Bella? -me preguntó Jess, irritada.

– Lo siento, ¿qué?

– ¡Te he dicho que Mike me besó! ¿Te lo puedes creer?

– Eso es estupendo, Jessica.

– ¿Y qué hiciste ayer? -me desafió Jessica, todavía molesta por mi falta de atención. O quizás estaba enfadada porque no le había preguntado por los detalles.

– No mucho, la verdad. Sólo di un garbeo por ahí para disfrutar del sol.

Oí entrar el coche de Charlie en el garaje.

– Oye, ¿y has sabido algo de Edward Cullen?

La puerta principal se cerró de un portazo y escuché a Charlie avanzar dando tropezones cerca de las escaleras, mientras guardaba el aparejo de pesca.

– Humm -dudé, sin saber qué más contarle.

– ¡Hola, cielo!, ¿estás ahí? -me saludó Charlie al entrar en la cocina. Le devolví el saludo por señas.

Jess oyó su voz.

– Ah, vaya, ha llegado tu padre. No importa, hablamos mañana. Nos vemos en Trigonometría.

– Nos vemos, jess -le respondí y luego colgué.

– Hola, papá -dije mientras él se lavaba las manos en el fregadero-. ¿Qué tal te ha ido la pesca?

– Bien, he metido el pescado en el congelador.

– Voy a sacar un poco antes de que se congele. Billy trajo pescado frito del de Harry Clearwater esta tarde -hice un esfuerzo por sonar alegre.

– Ah, ¿eso hizo? -los ojos de Charlie se iluminaron-. Es mi favorito.

Se lavó mientras yo preparaba la cena. No tardamos mucho en sentarnos a la mesa y cenar en silencio. Charlie disfrutaba de su comida, y entretanto yo me preguntaba desesperadamente cómo cumplir mi misión, esforzándome por hallar la manera de abordar el tema.

– ¿Qué has hecho hoy? -me preguntó, sacándome bruscamente de mi ensoñación.

– Bueno, esta tarde anduve de aquí para allá por la casa -en realidad, sólo había sido la última parte de la tarde. Intenté mantener mi voz animada, pero sentía un vacío en el estómago-. Y esta mañana me pasé por casa de los Cullen.

Charlie dejó caer el tenedor.

– ¿La casa del doctor Cullen? -inquirió atónito.

Hice como que no me había dado cuenta de su reacción.

– ¿A qué fuiste allí? Aún no había levantado su tenedor.

– Bueno, tenía una especie de cita con Edward Cullen esta noche, y él quería presentarme a sus padres… ¿Papá? Parecía como si Charlie estuviera sufriendo un aneurisma. -Papá, ¿estás bien? -Estás saliendo con Edward Cullen -tronó.

– Pensaba que te gustaban los Cullen.

– Es demasiado mayor para ti -empezó a despotricar.

– Los dos vamos al instituto -le corregí, aunque desde luego llevaba más razón de la que hubiera podido soñar.

– Espera… -hizo una pausa-. ¿Cuál de ellos es Edwin?

– Edward es el más joven, el de pelo cobrizo.

El más hermoso, el más divino…, pensé en mi fuero interno.

– Ah, ya, eso está… -se debatía- mejor. No me gusta la pinta del grandote. Seguro que será un buen chico y todo eso, pero parece demasiado… maduro para ti. ¿Y este Edwin es tu novio?

– Se llama Edward, papá.

– ¿Y lo es?

– Algo así, supongo.

– Pues la otra noche me dijiste que no te interesaba ningún chico del pueblo -al verle tomar de nuevo el tenedor empecé a pensar que había pasado lo peor.

– Bueno, Edward no vive en el pueblo, papá.

Me miró con displicencia mientras masticaba.

– Y de todos modos -continué-, estamos empezando todavía, ya sabes. No me hagas pasar un mal rato con todo ese sermón sobre novios y tal, ¿vale?

– ¿Cuándo vendrá a recogerte?

– Llegará dentro de unos minutos.

– ¿Adonde te va a llevar?

– Espero que te vayas olvidando ya de comportarte como un inquisidor, ¿vale? -Gruñí en voz alta-. Vamos a jugar al béisbol con su familia.

Arrugó la cara y luego, finalmente, rompió a reír entre dientes.

– ¿Que vas a jugar al béisbol?

– Bueno, más bien creo que voy a mirar la mayor parte del tiempo.

– Pues sí que tiene que gustarte ese chico -comentó mientras me miraba con gesto de sospecha.

Suspiré y puse los ojos en blanco para que me dejara en paz.

Escuché el rugido de un motor, y luego lo sentí detenerse justo en frente de la casa. Pegué un salto en la silla y empecé a fregar los platos.

– Deja los platos, ya los lavaré yo luego. Me tienes demasiado mimado.

Sonó el timbre y Charlie se dirigió a abrir la puerta; le seguí a un paso.

No me había dado cuenta de que fuera caían chuzos de punta. Edward estaba de pie, aureolado por la luz del porche, con el mismo aspecto de un modelo en un anuncio de impermeables.

– Entra, Edward.

Respiré aliviada al ver que Charlie no se había equivocado con el nombre.

– Gracias, jefe Swan -dijo él con voz respetuosa.

– Entra y llámame Charlie. Ven, dame la cazadora.

– Gracias, señor.

– Siéntate aquí, Edward.

Hice una mueca.

Edward se sentó con un ágil movimiento en la única silla que había, obligándome a sentarme al lado del jefe Swan en el sofá. Le lancé una mirada envenenada y él me guiñó un ojo a espaldas de Charlie.

– Tengo entendido que vas a llevar a mi niña a ver un partido de béisbol.

El que llueva a cántaros y esto no sea ningún impedimento para hacer deporte al aire libre sólo ocurre aquí, en Washington.

– Sí, señor, ésa es la idea -no pareció sorprendido de que le hubiera contado a mi padre la verdad. Aunque también podría haber estado escuchando, claro.

– Bueno, eso es llevarla a tu terreno, supongo ¿no?

Charlie rió y Edward se unió a él.

– Estupendo -me levanté-. Ya basta de bromitas a mi costa. Vamonos.

Volví al recibidor y me puse la cazadora. Ellos me siguieron.

– No vuelvas demasiado tarde, Bella.

– No se preocupe Charlie, la traeré temprano -prometió Edward.

– Cuidarás de mi niña, ¿verdad?

Refunfuñé, pero me ignoraron.

– Le prometo que estará a salvo conmigo, señor.

Charlie no pudo cuestionar la sinceridad de Edward, ya que cada palabra quedaba impregnada de ella.

Salí enfadada. Ambos rieron y Edward me siguió.

Me paré en seco en el porche. Allí, detrás de mi coche, había un Jeep gigantesco. Las llantas me llegaban por encima de la cintura, protectores metálicos recubrían las luces traseras y delanteras, además de llevar cuatro enormes faros antiniebla sujetos al guardabarros. El techo era de color rojo brillante.