Выбрать главу

Me miró sorprendido; era obvio que no estaba totalmente seguro de si podía reírse a mi costa en esa situación, pero mi expresión desconcertada venció sus reticencias y rompió a reír a mandíbula batiente.

Me levanté, ignorándole, y me puse a limpiar de barro y ramitas la parte posterior de mi chaqueta. Eso sólo sirvió para que se riera aún más. Enfadada, empecé a andar a zancadas hacia el bosque.

Sentí su brazo alrededor de mi cintura.

– ¿Adonde vas, Bella?

– A ver un partido de béisbol. Ya que tú no pareces interesado en jugar, voy a asegurarme de que los demás se divierten sin ti.

– Pero si no es por ahí… ;

Me di la vuelta sin mirarle, y seguí andando a zancadas en la dirección opuesta. Me atrapó de nuevo.

– No te enfades, no he podido evitarlo. Deberías haberte visto la cara -se reía entre dientes, otra vez sin poder contenerse.

– Ah claro, aquí tú eres el único que se puede enfadar, ¿no? -le pregunté, arqueando las cejas.

– No estaba enfadado contigo.

– ¿«Bella, eres mi perdición»? -cité amargamente.

– Eso fue simplemente la constatación de un hecho.

Intenté revolverme y alejarme de él una vez más, pero me sujetó rápido.

– Te habías enfadado -insistí.

– Sí.

– Pero si acabas de decir…

– No estaba enfadado contigo, Bella, ¿es que no te das cuenta? -Se había puesto serio de pronto, desaparecido del todo cualquier amago de broma en su expresión-. ¿Es que no lo entiendes?

– ¿Entender el qué? -le exigí, confundida por su rápido cambio de humor, tanto como por sus palabras.

– Nunca podría enfadarme contigo, ¿cómo podría? Eres tan valiente, tan leal, tan… cálida.

– Entonces, ¿por qué? -susurré, recordando los duros modales con los que me había rechazado, que no había podido interpretar salvo como una frustración muy clara, frustración por mi debilidad, mi lentitud, mis desordenadas reacciones humanas…

Me puso las manos cuidadosamente a ambos lados de la cara.

– Estaba furioso conmigo mismo -dijo dulcemente-. Por la manera en que no dejo de ponerte en peligro. Mi propia existencia ya supone un peligro para ti. Algunas veces, de verdad que me odio a mí mismo. Debería ser más fuerte, debería ser capaz de…

Le tapé la boca con la mano.

– No lo digas.

Me tomó de la mano, alejándola de los labios, pero manteniéndola contra su cara.

– Te quiero -dijo-. Es una excusa muy pobre para todo lo que te hago pasar, pero es la pura verdad.

Era la primera vez que me decía que me quería, al menos con tantas palabras. Tal vez no se hubiera dado cuenta, pero yo ya lo creo que sí.

– Ahora, intenta cuidarte, ¿vale? -continuó y se inclinó para rozar suavemente sus labios contra los míos.

Me quedé quieta, mostrando dignidad. Entonces, suspiré.

– Le prometiste al jefe Swan que me llevarías a casa temprano, ¿recuerdas? Así que será mejor que nos pongamos en marcha.

– Sí, señorita.

Sonrió melancólicamente y me soltó, aunque se quedó con una de mis manos. Me llevó unos cuantos metros más adelante, a través de altos helechos mojados y musgos que cubrían un enorme abeto, y de pronto nos encontramos allí, al borde de un inmenso campo abierto en la ladera de los montes Olympic. Tenía dos veces el tamaño de un estadio de béisbol.

Allí vi a todos los demás; Esme, Emmett y Rosalie, sentados en una lisa roca salediza, eran los que se hallaban más cerca de nosotros, a unos cien metros. Aún más lejos, a unos cuatrocientos metros, se veía a Jasper y Alice, que parecían lanzarse algo el uno al otro, aunque no vi la bola en ningún momento. Parecía que Carlisle estuviera marcando las bases, pero ¿realmente podía estar poniéndolas tan separadas unas de otras?

Los tres que se encontraban sobre la roca se levantaron cuando estuvimos a la vista. Esme se acercó hacia nosotros y Emmett la siguió después de echar una larga ojeada a la espalda de Rosalie, que se había levantado con gracia y avanzaba a grandes pasos hacia el campo sin mirar en nuestra dirección. En respuesta, mi estómago se agitó incómodo.

– ¿Es a ti a quien hemos oído, Edward? -preguntó Esme conforme se acercaba.

– Sonaba como si se estuviera ahogando un oso -aclaró Emmett.

Sonreí tímidamente a Esme.

– Era él.

– Sin querer, Bella resultaba muy cómica en ese momento -explicó rápido Edward, intentando apuntarse el tanto.

Alice había abandonado su posición y corría, o más bien se podría decir que danzaba, hacia nosotros. Avanzó a toda velocidad para detenerse con gran desenvoltura a nuestro lado.

– Es la hora -anunció.

El hondo estruendo de un trueno sacudió el bosque de en frente apenas hubo terminado de hablar. A continuación retumbó hacia el oeste, en dirección a la ciudad.

– Raro, ¿a que sí? -dijo Emmett con un guiño, como si nos conociéramos de toda la vida.

– Venga, vamos…

Alice tomó a Emmett de la mano y desaparecieron como flechas en dirección al gigantesco campo.

Ella corría como una gacela; él, lejos de ser tan grácil, sin embargo le igualaba en velocidad, aunque nunca se le podría comparar con una gacela.

– ¿Te apetece jugar una bola? -me preguntó Edward con los ojos brillantes, deseoso de participar.

Yo intenté sonar apropiadamente entusiasta.

– ¡Ve con los demás!

Rió por lo bajo, y después de revolverme el pelo, dio un gran salto para reunirse con los otros dos. Su forma de correr era más agresiva, más parecida a la de un guepardo que a la de una gacela, por lo que pronto les dio alcance. Su exhibición de gracia y poder me cortó el aliento.

– ¿Bajamos? -inquirió Esme con voz suave y melodiosa.

En ese instante, me di cuenta de que lo estaba mirando boquiabierta. Rápidamente controlé mi expresión y asentí. Esme estaba a un metro escaso de mí y me pregunté si seguía actuando con cuidado para no asustarme. Acompasó su paso al mío, sin impacientarse por mi ritmo lento.

– ¿No vas a jugar con ellos? -le pregunté con timidez.

– No, prefiero arbitrar; alguien debe evitar que hagan trampas y a mí me gusta -me explicó.

– Entonces, ¿les gusta hacer trampas?

– Oh, ya lo creo que sí, ¡tendrías que oír sus explicaciones! Bueno, espero que no sea así, de lo contrario pensarías que se han criado en una manada de lobos.

– Te pareces a mi madre -reí, sorprendida, y ella se unió a mis risas.

– Bueno, me gusta pensar en ellos como si fueran hijos míos, en más de un sentido. Me cuesta mucho controlar mis instintos maternales. ¿No te contó Edward que había perdido un bebé?

– No -murmuré aturdida, esforzándome por comprender a qué periodo de su vida se estaría refiriendo.

– Sí, mi primer y único hijo murió a los pocos días de haber nacido, mi pobre cosita -suspiró-. Me rompió el corazón y por eso me arrojé por el acantilado, como ya sabrás -añadió con toda naturalidad.

– Edward sólo me dijo que te caíste -tartamudeé.

– Ah. Edward, siempre tan caballeroso -esbozó una sonrisa-. Edward fue el primero de mis nuevos hijos. Siempre pienso en él de ese modo, incluso aunque, en cierto modo, sea mayor que yo -me sonrió cálidamente-. Por eso me alegra tanto que te haya encontrado, corazón -aquellas cariñosas palabras sonaron muy naturales en sus labios-. Ha sido un bicho raro durante demasiado tiempo; me dolía verle tan solo.

– Entonces, ¿no te importa? -Pregunté, dubitativa otra vez-. ¿Que yo no sea… buena para él?

– No -se quedó pensativa-. Tú eres lo que él quiere. No sé cómo, pero esto va a salir bien -me aseguró, aunque su frente estaba fruncida por la preocupación. Se oyó el estruendo de otro trueno.

En ese momento, Esme se detuvo. Por lo visto, habíamos llegado a los límites del campo. Al parecer, ya se habían formado los equipos. Edward estaba en la parte izquierda del campo, bastante lejos; Carlisle se encontraba entre la primera y la segunda base, y Alice tenía la bola en su poder, en lo que debía ser la base de lanzamiento.