Emmett hacía girar un bate de aluminio, sólo perceptible por su sonido silbante, ya que era casi imposible seguir su trayectoria en el aire con la vista. Esperaba que se acercara a la base de meta, pero ya estaba allí, a una distancia inconcebible de la base de lanzamiento, adoptando la postura de bateo para cuando me quise dar cuenta. Jasper se situó detrás, a un metro escaso, para atrapar la bola para el otro equipo. Como era de esperar, ninguno llevaba guantes.
– De acuerdo -Esme habló con voz clara, y supe que Edward la había oído a pesar de estar muy alejado-, batea.
Alice permanecía erguida, aparentemente inmóvil. Su estilo parecía que estaba más cerca de la astucia, de lo furtivo, que de una técnica de lanzamiento intimidatorio. Sujetó la bola con ambas manos cerca de su cintura; luego, su brazo derecho se movió como el ataque de una cobra y la bola impactó en la mano de Jasper.
– ¿Ha sido un strike? -le pregunté a Esme.
– Si no la golpean, es un strike -me contestó.
Jasper lanzó de nuevo la bola a la mano de Alice, que se permitió una gran sonrisa antes de estirar el brazo para efectuar otro nuevo lanzamiento.
Esta vez el bate consiguió, sin saber muy bien cómo, golpear la bola invisible. El chasquido del impacto fue tremendo, atronador. Entendí con claridad la razón por la que necesitaban una tormenta para jugar cuando las montañas devolvieron el eco del golpe.
La bola sobrevoló el campo como un meteorito para irse a perder en lo profundo del bosque circundante.
– Carrera completa -murmuré.
– Espera -dijo Esme con cautela, escuchando atenta y con la mano alzada.
Emmett era una figura borrosa que corría de una base a otra y Carlisle, la sombra que lo seguía. Me di cuenta de que Edward no estaba.
– ¡Out!-cantó Esme con su voz clara.
Contemplé con incredulidad cómo Edward saltaba desde la linde del bosque con la bola en la mano alzada. Incluso yo pude ver su brillante sonrisa.
– Emmett será el que batea más fuerte -me explicó Esme-, pero Edward corre al menos igual de rápido.
Las entradas se sucedieron ante mis ojos incrédulos. Era imposible mantener contacto visual con la bola teniendo en cuenta la velocidad a la que volaba y el ritmo al que se movían alrededor del campo los corredores de base.
Comprendí el otro motivo por el cual esperaban a que hubiera una tormenta para jugar cuando Jasper bateó una roleta, una de esas pelotas que van rodando por el suelo, hacia la posición de Carlisle en un intento de evitar la infalible defensa de Edward.
Carlisle corrió a por la bola y luego se lanzó en pos de Jasper, que iba disparado hacia la primera base. Cuando chocaron, el sonido fue como el de la colisión de dos enormes masas de roca. Preocupada, me incorporé de un salto para ver lo sucedido, pero habían resultado ilesos.
– Están bien -anunció Esme con voz tranquila.
El equipo de Emmett iba una carrera por delante. Rosalie se las apañó para revolotear sobre las bases después de aprovechar uno de los larguísimos lanzamientos de Emmett, cuando Edward consiguió el tercer out. Se acercó de un salto hasta donde estaba yo, chispeante de entusiasmo.
– ¿Qué te parece? -inquirió.
– Una cosa es segura: no volveré a sentarme otra vez a ver esa vieja y aburrida Liga Nacional de Béisbol.
– Ya, suena como si lo hubieras hecho antes muchas veces -replicó Edward entre risas.
– Pero estoy un poco decepcionada -bromeé.
– ¿Por qué? -me preguntó, intrigado.
– Bueno, sería estupendo encontrar una sola cosa que no hagas mejor que cualquier otra persona en este planeta.
Esa sonrisa torcida suya relampagueó en su rostro durante un momento, dejándome sin aliento.
– Ya voy -dijo al tiempo que se encaminaba hacia la base del bateador.
Jugó con mucha astucia al optar por una bola baja, fuera del alcance de la excepcionalmente rápida mano de Rosalie, que defendía en la parte exterior del campo, y, veloz como el rayo, ganó dos bases antes de que Emmett pudiera volver a poner la bola en juego. Carlisle golpeó una tan lejos fuera del campo -con un estruendo que me hirió los oídos-, que Edward y él completaron la carrera. Alice chocó delicadamente las palmas con ellos.
El tanteo cambiaba continuamente conforme avanzaba el partido y se gastaban bromas unos a otros como otros jugadores callejeros al ir pasando todos por la primera posición. De vez en cuando, Esme tenía que llamarles la atención. Otro trueno retumbó, pero seguíamos sin mojarnos, tal y como había predicho Alice.
Carlisle estaba a punto de batear con Edward como receptor cuando Alice, de pronto, profirió un grito sofocado que sonó muy fuerte. Yo miraba a Edward, como siempre, y entonces le vi darse la vuelta para mirarla. Las miradas de ambos se encontraron y en un instante circuló entre ellos un flujo misterioso. Edward ya estaba a mi lado antes de que los demás pudieran preguntar a Alice qué iba mal.
– ¿Alice? -preguntó Esme con voz tensa.
– No lo he visto con claridad, no podría deciros… -susurró ella.
Para entonces ya se habían reunido todos.
– ¿Qué pasa, Alice? -le preguntó Carlisle a su vez con voz tranquila, cargada de autoridad.
– Viajan mucho más rápido de lo que pensaba. Creo que me he equivocado en eso -murmuró.
Jasper se inclinó sobre ella con ademán protector.
– ¿Qué es lo que ha cambiado? -le preguntó.
– Nos han oído jugar y han cambiado de dirección -señaló, contrita, como si se sintiera responsable de lo que fuera que la había asustado.
Siete pares de rápidos ojos se posaron en mi cara de forma fugaz y se apartaron.
– ¿Cuánto tardarán en llegar? -inquirió Carlisle, volviéndose hacia Edward.
Una mirada de intensa concentración cruzó por su rostro y respondió con gesto contrariado:
– Menos de cinco minutos. Vienen corriendo, quieren jugar.
– ¿Puedes hacerlo? -le preguntó Carlisle, mientras sus ojos se posaban sobre mí brevemente.
– No, con carga, no -resumió él-. Además, lo que menos necesitamos es que capten el olor y comiencen la caza.
– ¿Cuántos son? -preguntó Emmett a Alice.
– Tres -contestó con laconismo.
– ¡Tres! -exclamó Emmett con tono de mofa. Flexionó los músculos de acero de sus imponentes brazos-. Dejadlos que vengan.
Carlisle lo consideró durante una fracción de segundo que pareció más larga de lo que fue en realidad. Sólo Emmett parecía impasible; el resto miraba fijamente el rostro de Carlisle con los ojos llenos de ansiedad.
– Nos limitaremos a seguir jugando -anunció finalmente Carlisle con tono frío y desapasionado-. Alice dijo que sólo sentían curiosidad.
Pronunció las dos frases en un torrente de palabras que duró unos segundos escasos. Escuché con atención y conseguí captar la mayor parte, aunque no conseguí oír lo que Esme le estaba preguntando en este momento a Edward con una vibración silenciosa de sus labios. Sólo atisbé la imperceptible negativa de cabeza por parte de Edward y el alivio en las facciones de Esme.
– Intenta atrapar tú la bola, Esme. Yo me encargo de prepararla -y se plantó delante de mí.
Los otros volvieron al campo, barriendo recelosos el bosque oscuro con su mirada aguda. Alice y Esme parecían intentar orientarse alrededor de donde yo me encontraba.
– Suéltate el pelo -ordenó Edward con voz tranquila y baja.
Obedientemente, me quité la goma del pelo y lo sacudí hasta extenderlo todo a mí alrededor.
Comenté lo que me parecía evidente.
– Los otros vienen ya para acá.
– Sí, quédate inmóvil, permanece callada -intentó ocultar bastante bien el nerviosismo de su voz, pero pude captarlo-, y no te apartes de mi lado, por favor.