– Escucha -supliqué-. Llévame de vuelta.
– No -me interrumpió él.
Le miré fijamente y continué.
– Me llevas de vuelta y le digo a mi padre que quiero irme a casa, a Phoenix. Hago las maletas, esperamos a que el rastreador esté observando y entonces huimos. Nos seguirá y dejará a Charlie tranquilo. Charlie no lanzará al FBI sobre tu familia y entonces me podrás llevar a cualquier maldito lugar que se te ocurra.
Me miraron sorprendidos.
– Pues realmente no es una mala idea, en absoluto.
La sorpresa de Emmett suponía un auténtico insulto.
– Podría funcionar, y desde luego no podemos dejar desprotegido al padre de Bella. Tú lo sabes -dijo Alice.
Todos mirábamos a Edward.
– Es demasiado peligroso… Y no le quiero cerca de ella ni a cien kilómetros a la redonda.
Emmett rebosaba auto confianza.
– Edward, él no va a acabar con nosotros.
Alice se concentró durante un minuto.
– No le veo atacando. Va a esperar a que la dejemos sola.
– No le llevará mucho darse cuenta de que eso no va a suceder.
– Exijo que me lleves a casa -intenté sonar decidida.
Edward presionó los dedos contra las sienes y cerró los ojos con fuerza.
– Por favor -supliqué en voz mucho más baja.
No levantó la vista. Cuando habló, su voz sonaba como si las palabras salieran contra su voluntad.
– Te marchas esta noche, tanto si el rastreador te ve como si no. Le dirás a Charlie que no puedes estar un minuto más en Forks, cuéntale cualquier historia con tal de que funcione. Guarda en una maleta lo primero que tengas a mano y métete después en tu coche. Me da exactamente igual lo que él te diga. Dispones de quince minutos. ¿Me has escuchado? Quince minutos a contar desde el momento en que pongas el pie en el umbral de la puerta.
El Jeep volvió a la vida con un rugido y las ruedas chirriaron cuando describió un brusco giro. La aguja del velocímetro comenzó a subir de nuevo.
– ¿Emmett? -pregunté con intención, mirándome las manos.
– Ah, perdón -dijo, y me soltó.
Transcurrieron varios minutos en silencio, sin que se oyera otro sonido que el del motor. Entonces, Edward habló de nuevo.
– Vamos a hacerlo de esta manera. Cuando lleguemos a la casa, si el rastreador no está allí, la acompañaré a la puerta -me miró a través del retrovisor-. Dispones de quince minutos a partir de ese momento. Emmett, tú controlarás el exterior de la casa. Alice, tú llevarás el coche, yo estaré dentro con ella todo el tiempo. En cuanto salga, lleváis el Jeep a casa y se lo contáis a Carlisle.
– De ninguna manera -le contradijo Emmett-. Iré contigo.
– Piénsalo bien, Emmett. No sé cuánto tiempo estaré fuera.
– Hasta que no sepamos en qué puede terminar este asunto, estaré contigo.
Edward suspiró.
– Si el rastreador está allí -continuó inexorablemente-, seguiré conduciendo.
– Vamos a llegar antes que él -dijo Alice con confianza.
Edward pareció aceptarlo. Fuera cual fuera el roce que hubiera tenido con Alice, no dudaba de ella ahora.
– ¿Qué vamos a hacer con el Jeep? -preguntó ella.
Su voz sonaba dura y afilada.
– Tú lo llevarás a casa.
– No, no lo haré -replicó ella con calma.
La retahila ininteligible de blasfemias volvió a comenzar.
– No cabemos todos en mi coche -susurré.
Edward no pareció escucharme.
– Creo que deberías dejarme marchar sola -dije en voz baja, mucho más tranquila.
Él lo oyó.
– Bella, por favor, hagamos esto a mi manera, sólo por esta vez -dijo con los dientes apretados.
– Escucha, Charlie no es ningún imbécil -protesté-. Si mañana no estás en el pueblo, va a sospechar.
– Eso es irrelevante. Nos aseguraremos de que se encuentre a salvo y eso es lo único que importa.
– Bueno, ¿y qué pasa con el rastreador? Vio la forma en que actuaste esta noche. Pensará que estás conmigo, estés donde estés.
Emmett me miró, insultantemente sorprendido otra vez.
– Edward, escúchala -le urgió-. Creo que tiene razón.
– Sí, estoy de acuerdo -comentó Alice.
– No puedo hacer eso -la voz de Edward era helada.
– Emmett podría quedarse también -continué-. Le ha tomado bastante ojeriza.
– ¿Qué? -Emmett se volvió hacia mí.
– Si te quedas, tendrás más posibilidades de ponerle la mano encima -acordó Alice.
Edward la miró con incredulidad.
– ¿Y tú te crees que la voy a dejar irse sola?
– Claro que no -dijo Alice-. La acompañaremos Jasper y yo.
– No puedo hacer eso -repitió Edward, pero esta vez su voz mostraba signos evidentes de derrota. La lógica estaba haciendo de las suyas con él.
Intenté ser persuasiva.
– Déjate ver por aquí durante una semana -vi su expresión en el retrovisor y rectifiqué-. Bueno, unos cuantos días. Deja que Charlie vea que no me has secuestrado y que James se vaya de caza inútilmente. Cerciórate por completo de que no tenga ninguna pista; luego, te vas y me buscas, tomando una ruta que lo despiste, claro. Entonces, Jasper y Alice podrán volver a casa.
Vi que empezaba a considerarlo.
– ¿Dónde te iría a buscar?
– A Phoenix -respondí sin dudar.
– No. El oirá que es allí donde vas -replicó con impaciencia.
– Y tú le harás creer que es un truco, claro. Es consciente de que sabemos que nos está escuchando. Jamás creerá que me dirija de verdad a donde anuncie que voy.
– Esta chica es diabólica -rió Emmett entre dientes.
– ¿Y si no funciona?
– Hay varios millones de personas en Phoenix -le informé.
– No es tan difícil usar una guía telefónica.
– No iré a casa.
– ¿Ah, no? -preguntó con una nota peligrosa en la voz.
– Ya soy bastante mayorcita para buscarme un sitio por mi cuenta.
– Edward, estaremos con ella -le recordó Alice.
– ¿Y qué vas a hacer tú en Phoenix? -le preguntó él mordazmente.
– Quedarme bajo techo.
– Ya lo creo que voy a disfrutar -Emmett pensaba seguramente en arrinconar a James.
– Cállate, Emmett.
– Mira, si intentamos detenerle mientras ella anda por aquí, hay muchas más posibilidades de que alguien termine herido…, tanto ella como tú al intentar protegerla. Ahora, si lo pillamos solo… -Emmett dejó la frase inconclusa y lentamente empezó a sonreír. Yo había acertado.
El Jeep avanzaba más lentamente conforme entrábamos en el pueblo. A pesar de mis palabras valientes, sentí cómo se me ponía el vello de punta. Pensé en Charlie, solo en la casa, e intenté hacer acopio de valor.
– Bella -dijo Edward en voz baja. Alice y Emmett miraban por las ventanillas-, si te pones en peligro y te pasa cualquier cosa, cualquier cosa, te haré personalmente responsable. ¿Lo has comprendido?
– Sí -tragué saliva.
Se volvió a Alice.
– ¿Va a poder Jasper manejar este asunto?
– Confía un poco en él, Edward. Lo está haciendo bien, muy bien, teniendo todo en cuenta.
– ¿Podrás manejarlo tú?-preguntó él.
La pequeña y grácil Alice echó hacia atrás sus labios en una mueca horrorosa y dejó salir un gruñido gutural que me hizo encogerme en el asiento del terror.
Edward le sonrió, mas de repente musitó:
– Pero guárdate tus opiniones.
DESPEDIDAS
Charlie me esperaba levantado y con todas las luces de la casa encendidas. Me quedé con la mente en blanco mientras pensaba en algo para que me dejara marcharme. No iba a resultar agradable.
Edward aparcó despacio junto al bordillo, a bastante distancia detrás de mi automóvil. Los tres estaban sumamente alertas, sentados muy erguidos en sus asientos; escuchaban cada sonido del bosque, escrutaban cada sombra, captaban cada olor, todo en busca de cualquier cosa que estuviera fuera de lugar. El motor se paró y me quedé sentada, inmóvil, mientras continuaban a la escucha.