Me mantenía despierta cuando atravesamos un ancho paso montañoso y el astro rey, ahora a nuestras espaldas, se reflejó en los techos de teja del Valle del Sol. Ya no me quedaba la suficiente sensibilidad para sorprenderme de que hubiéramos efectuado un viaje de tres días en uno solo. Miré inexpresivamente la llanura amplia y plana que se extendía ante mí. Phoenix, las palmeras, los arbustos de creosota, las líneas caprichosas de las autopistas que se entrecruzaban, las franjas verdes de los campos de golf y los manchones turquesas de las piscinas, todo cubierto por una fina capa de polución que envolvía las sierras chatas y rocosas, sin la altura suficiente para llamarlas montañas.
Las sombras de las palmeras se inclinaban sobre la autopista interestatal, definidas y claramente delineadas, aunque menos intensas de lo habitual. Nada podía esconderse en esas sombras. La calzada, brillante y sin tráfico, incluso parecía agradable. Pero no sentí ningún alivio, ninguna sensación de bienvenida.
– ¿Cuál es el camino al aeropuerto, Bella? -preguntó Jasper y se sobresaltó, aunque su voz era bastante suave y tranquilizadora. Fue el primer sonido, aparte del ronroneo del coche, que rompió el largo silencio de la noche.
– No te salgas de la I -10 -contesté automáticamente-. Pasaremos justo al lado.
El no haber podido dormir me nublaba la mente y me costaba pensar.
– ¿Vamos a volar a algún sitio? -le pregunté a Alice.
– No, pero es mejor estar cerca, sólo por si acaso.
Después vino a mi memoria el comienzo de la curva alrededor del Sky Harbor International…, pero en mi recuerdo no llegué a terminarla. Supongo que debió de ser entonces cuando me dormí.
Aunque ahora que recuperaba los recuerdos tenía la vaga impresión de haber salido del coche cuando el sol acababa de ocultarse en el horizonte, con un brazo sobre los hombros de Alice y el suyo firme alrededor de mi cintura, sujetándome mientras yo tropezaba en mí caminar bajo las sombras cálidas y secas.
No recordaba esta habitación.
Miré el reloj digital en la mesilla de noche. Los números en rojo indicaban las tres, pero no si eran de la tarde o de la madrugada. A través de las espesas cortinas no pasaba ni un hilo de luz exterior, aunque las lámparas iluminaban la habitación.
Me levanté entumecida y me tambaleé hasta la ventana para apartar las cortinas.
Era de noche, así que debían de ser las tres de la madrugada. Mi habitación daba a una zona despejada de la autovía y al nuevo aparcamiento de estacionamiento prolongado del aeropuerto. Me sentí algo mejor al saber dónde me encontraba.
Me miré. Seguía llevando las ropas de Esme, que no me quedaban nada bien. Recorrí la habitación con la mirada y me alborocé al descubrir mi petate en lo alto de un pequeño armario.
Iba en busca de ropa nueva cuando me sobresaltó un ligero golpecito en la puerta.
– ¿Puedo entrar? -preguntó Alice.
Respiré hondo.
– Sí, claro.
Entró y me miró con cautela.
– Tienes aspecto de necesitar dormir un poco más.
Me limité a negar con la cabeza.
En silencio, se acercó despacio a las cortinas y las cerró con firmeza antes de volverse hacia mí.
– Debemos quedarnos dentro -me dijo.
– De acuerdo -mi voz sonaba ronca y se me quebró.
– ¿Tienes sed?
– Me encuentro bien -me encogí de hombros-. ¿Y tú qué tal?
– Nada que no pueda sobrellevarse -sonrió-. Te he pedido algo de comida, la tienes en el saloncito. Edward me recordó que comes con más frecuencia que nosotros.
Presté más atención en el acto.
– ¿Ha telefoneado?
– No -contestó, y vio cómo aparecía la desilusión en mi rostro-. Fue antes de que saliéramos.
Me tomó de la mano con delicadeza y me llevó al saloncito de la suite. Se oía un zumbido bajo de voces procedente de la televisión. Jasper estaba sentado inmóvil en la mesa que había en una esquina, con los ojos puestos en las noticias, pero sin prestarles atención alguna.
Me senté en el suelo al lado de la mesita de café donde me esperaba una bandeja de comida y empecé a picotear sin darme cuenta de lo que ingería.
Alice se sentó en el brazo del sofá y miró a la televisión con gesto ausente, igual que Jasper.
Comí lentamente, observándola, mirando también de hito en hito a Jasper. Me percaté de que estaban demasiado quietos. No apartaban la vista de la pantalla, aunque acababan de aparecer los anuncios.
Empujé la bandeja a un lado, con el estómago repentinamente revuelto. Alice me miró.
– ¿Qué es lo que va mal, Alice?
– Todo va bien -abrió los ojos con sorpresa, con expresión sincera… y no me creí nada.
– ¿Qué hacemos aquí?
– Esperar a que nos llamen Carlisle y Edward.
– ¿Y no deberían haber telefoneado ya?
Me pareció que me iba acercando al meollo del asunto. Los ojos de Alice revolotearon desde los míos hacia el teléfono que estaba encima de su bolso; luego volvió a mirarme.
– ¿Qué significa eso? -me temblaba la voz y luché para controlarla-. ¿Qué quieres decir con que no han llamado?
– Simplemente que no tienen nada que decir.
Pero su voz sonaba demasiado monótona y el aire se me hizo más difícil de respirar.
De repente, Jasper se situó junto a Alice, más cerca de mí de lo habitual.
– Bella -dijo con una voz sospechosamente tranquilizadora-, no hay de qué preocuparse. Aquí estás completamente a salvo.
– Ya lo sé.
– Entonces, ¿de qué tienes miedo? -me preguntó confundido. Aunque podía sentir el tono de mis emociones, no comprendía el motivo.
– Ya oíste a Laurent -mi voz era sólo un susurro, pero estaba segura de que podía oírme-. Dijo que James era mortífero. ¿Qué pasa si algo va mal y se separan? Si cualquiera de ellos sufriera algún daño, Carlisle, Emmett, Edward… -Tragué saliva-. Si esa mujer brutal le hace daño a Esme… -hablaba cada vez más alto, y en mi voz apareció una nota de histeria-. ¿Cómo podré vivir después sabiendo que fue por mi culpa? Ninguno de vosotros debería arriesgarse por mí…
– Bella, Bella, para… -me interrumpió Jasper, pronunciando con tal rapidez que me resultaba difícil entenderle-. Te preocupas por lo que no debes, Bella. Confía en mí en esto: ninguno de nosotros está en peligro. Ya soportas demasiada presión tal como están las cosas, no hace falta que le añadas todas esas innecesarias preocupaciones. ¡Escúchame! -Me ordenó, porque yo había vuelto la mirada a otro lado-. Nuestra familia es fuerte y nuestro único temor es perderte.
– Pero ¿por qué…?
Alice le interrumpió esta vez, tocándome la mejilla con sus dedos fríos.
– Edward lleva solo casi un siglo y ahora te ha encontrado. No sabes cuánto ha cambiado, pero nosotros sí lo vemos, después de llevar juntos tanto tiempo. ¿Crees que podríamos mirarle a la cara los próximos cien años si te pierde?
La culpa remitió lentamente cuando me sumergí en sus ojos oscuros. Pero, incluso mientras la calma se extendía sobre mí, no podía confiar en mis sentimientos en presencia de Jasper.
Había sido un día muy largo.
Permanecimos en la habitación. Alice llamó a recepción y les pidió que no enviaran a las mujeres de la limpieza para arreglar el cuarto. Las ventanas permanecieron cerradas, con la televisión encendida, aunque nadie la miraba. Me traían la comida a intervalos regulares. El móvil plateado parecía aumentar de tamaño conforme pasaban las horas.
Mis niñeros soportaban mejor que yo la incertidumbre. Yo me movía nerviosamente, andaba de un lado para otro y ellos sencillamente cada vez parecían más inmóviles, dos estatuas cuyos ojos me seguían imperceptiblemente mientras me movía. Intenté mantenerme ocupada memorizando la habitación: el diseño de la tela del sofá dispuesto en bandas de color canela, melocotón, crema, dorado mate y canela otra vez. Algunas veces me quedaba mirando fijamente las láminas abstractas, intentando encontrar figuras reconocibles en las formas, del mismo modo que las imaginaba en las nubes cuando era niña. Descubrí una mano azul, una mujer que se peinaba y un gato estirándose, pero dejé de hacerlo cuando un pálido círculo rojo se convirtió en un ojo al acecho.