Tomé el móvil con impaciencia y marqué el número que me era tan familiar. Sonó cuatro veces; luego, oí la voz despreocupada de mi madre pidiendo que dejara un mensaje.
– Mamá -dije después del pitido-, soy yo, Bella. Escucha, necesito que hagas algo. Es importante. Llámame a este número en cuanto oigas el mensaje -Alice ya estaba a mi lado, escribiéndomelo en la parte inferior del dibujo, y lo leí cuidadosamente dos veces-. Por favor, no vayas a ninguna parte hasta que no hablemos. No te preocupes, estoy bien, pero llámame enseguida, no importa lo tarde que oigas el mensaje, ¿vale? Te quiero, mamá, chao.
Cerré los ojos y recé con todas mis fuerzas para que no llegara a casa por algún cambio imprevisto de planes antes de oír mi mensaje.
Me acomodé en el sofá y picoteé las sobras de fruta de un plato al tiempo que me iba haciendo a la idea de que la tarde sería larga. Pensé en llamar a Charlie, pero no estaba segura de si ya habría llegado a casa o no. Me concentré en las noticias, buscando historias sobre Florida o sobre el entrenamiento de primavera, además de huelgas, huracanes o ataques terroristas, cualquier cosa que provocase un regreso anticipado.
La inmortalidad debe de ayudar mucho a ejercitar la paciencia. Ni Jasper ni Alice parecían sentir la necesidad de hacer nada en especial. Durante un rato, Alice dibujó un diseño vago de la habitación oscura que había visto en su visión, a la luz débil de la televisión. Pero cuando terminó, simplemente se quedó sentada, mirando las blancas paredes con sus ojos eternos. Tampoco Jasper parecía tener la necesidad de pasear, inspeccionar el exterior por un lado de las cortinas, o salir corriendo de la habitación como me ocurría a mí.
Debí de quedarme dormida en el sofá mientras esperaba que volviera a sonar el móvil. El frío tacto de las manos de Alice me despertó bruscamente cuando me llevó a la cama, pero volví a caer inconsciente otra vez antes de que mi cabeza descansara sobre la almohada.
LA LLAMADA
Me percaté de que otra vez era demasiado temprano en cuanto me desperté. Sabía que estaba invirtiendo progresivamente el horario habitual del día y de la noche. Me quedé tumbada en la cama y escuché las voces tranquilas de Jasper y Alice en la otra habitación. Resultaba muy extraño que hablaran lo bastante alto como para que los escuchara. Rodé rápidamente sobre la cama y me incorporé. Luego, me dirigí trastabillando hacia el saloncito.
El reloj que había sobre la televisión marcaba las dos de la madrugada. Alice y Jasper se sentaban juntos en el sofá. Alice estaba dibujando otra vez, Jasper miraba el boceto por encima del hombro de ésta. Estaban tan absortos en el trabajo de Alice que no miraron cuando entré.
Me arrastré hasta el lado de Jasper para echar un vistazo.
– ¿Ha visto algo más? -pregunté en voz baja.
– Sí. Algo le ha hecho regresar a la habitación donde estaba el vídeo, y ahora está iluminada.
Observé a Alice dibujar una habitación cuadrada con vigas oscuras en el techo bajo. Las paredes estaban cubiertas con paneles de madera, un poco más oscuros de la cuenta, pasados de moda. Una oscura alfombra estampada cubría el suelo. Había una ventana grande en la pared sur y en la pared oeste un vano que daba a una sala de estar. Uno de los lados de esta entrada era de piedra y en él se abría una gran chimenea de color canela que daba a ambas habitaciones. Desde este punto de vista, el centro de la imagen lo ocupaban una televisión y un vídeo -en equilibrio un tanto inestable sobre un soporte de madera demasiado pequeño para los dos-, que se encontraban en la esquina sudoeste de la habitación. Un viejo sofá de módulos se curvaba en frente de la televisión con una mesita de café redonda delante.
– El teléfono está allí -susurré e indiqué el lugar.
Dos pares de ojos eternos se fijaron en mí.
– Es la casa de mi madre.
Alice ya se había levantado del sofá de un salto con el móvil en la mano; empezó a marcar. Contemplé ensimismada la precisa interpretación de la habitación donde se reunía la familia de mi madre. Jasper se acercó aún más a mí, cosa rara en él, y me puso la mano suavemente en el hombro. El contacto físico acentuó su influjo tranquilizador. La sensación de pánico se difuminó y no llegó a tomar forma.
Los labios de Alice temblaban debido a la velocidad con la que hablaba, por lo que no pude descifrar ese sordo zumbido. No podía concentrarme.
– Bella -me llamó Alice. La miré atontada-. Bella, Edward viene a buscarte. Emmett, Carlisle y él te van a recoger para esconderte durante un tiempo.
– ¿Viene Edward?
Aquellas palabras se me antojaron como un chaleco salvavidas al que sujetarme para mantener la cabeza fuera de una riada.
– Sí. Va a tomar el primer vuelo que salga de Seattle. Lo recogeremos en el aeropuerto y te irás con él.
– Pero, mi madre… -a pesar de Jasper, la histeria burbujeaba en mi voz-. ¡El rastreador ha venido a por mi madre, Alice!
– Jasper y yo nos aseguraremos de que esté a salvo.
– No puedo ganar a la larga, Alice. No podéis proteger a toda la gente que conozco durante toda la vida. ¿No ves lo que está haciendo? No me persigue directamente a mí, pero encontrará y hará daño a cualquier persona que yo ame… Alice, no puedo…
– Le atraparemos, Bella -me aseguró ella.
– ¿Y si te hiere, Alice? ¿Crees que eso me va a parecer bien? ¿Crees que sólo puede hacerme daño a través de mi familia humana?
Alice miró a Jasper de forma significativa. Una espesa niebla y un profundo letargo se apoderaron de mí y los ojos se me cerraron sin que pudiera evitarlo. Mi mente luchó contra la niebla cuando me di cuenta de lo que estaba pasando. Forcé a mis ojos para que se abrieran y me levanté, alejándome de la mano de Jasper.
– No quiero volverme a dormir -protesté enfadada.
Caminé hacia mi habitación y cerré la puerta, en realidad, casi di un portazo para dejarme caer en la cama, hecha pedazos, con cierta privacidad. Alice no me siguió en esta ocasión. Estuve contemplando la pared durante tres horas y media, hecha un ovillo, meciéndome. Mi mente vagabundeaba en círculos, intentando salir de alguna manera de esta pesadilla. Pero no había forma de huir, ni indulto posible. Sólo veía un único y sombrío final que se avecinaba en mi futuro. La única cuestión era cuánta gente iba a resultar herida antes de que eso ocurriera.
El único consuelo, la única esperanza que me quedaba era saber que vería pronto a Edward. Quizás, sería capaz de hallar la solución que ahora me rehuía sólo con volverle a ver.
Regresé al salón, sintiéndome un poco culpable por mi comportamiento, cuando sonó el móvil. Esperaba que ninguno de los dos se hubiera enfadado, que supieran cuánto les agradecía los sacrificios que hacían por mí.
Alice hablaba tan rápido como de costumbre, pero lo que me llamó la atención fue que, por primera vez, Jasper no se hallaba en la habitación. Miré el reloj; eran las cinco y media de la mañana.
– Acaban de subir al avión. Aterrizarán a las nueve cuarenta y cinco -dijo Alice; sólo tenía que seguir respirando unas cuantas horas más hasta que él llegara.
– ¿Dónde está Jasper?
– Ha ido a reconocer el terreno.
– ¿No os vais a quedar aquí?
– No, nos vamos a instalar más cerca de la casa de tu madre.
Sentí un retortijón de inquietud en el estómago al escuchar sus palabras, pero el móvil sonó de nuevo, lo que hizo que abandonara mi preocupación por el momento. Alice parecía sorprendida, pero yo ya había avanzado hacia él esperanzada.
– ¿Diga? -Contestó Alice-. No, está aquí -me pasó el teléfono y anunció «Tu madre», articulando para que le leyera los labios.
– ¿Diga?
– ¿Bella? ¿Estás ahí?
Era la voz de mi madre, con ese timbre familiar que le había oído miles de veces en mi infancia cada vez que me acercaba demasiado al borde de la acera o me alejaba demasiado de su vista en un lugar atestado de gente. Era el timbre del pánico.