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– Al menos ahora -dije- puedo hacerte compañía en las filas de los menospreciados. Me siento como el que toca la tuba en el instituto.

Chic sonrió.

– El instituto. Los peores seis años de mi vida.

– ¿Te afecta eso alguna vez?

– Qué va.

– ¿En serio?

– Pues claro que me afecta, DrewDrew, pero luego me digo: cada cual lleva su cruz a cuestas. Se trata de ver con qué dignidad la llevas. ¿Es que no lees nunca la Biblia? -Se rio al tiempo que se sacaba algo metido entre los dientes-. Mi cruz está ganando una pasta gansa, y encima se ha convertido en uno de los grandes de la historia del béisbol profesional. Resumiendo: hice el ridículo delante de veinte millones de espectadores. A más de diecinueve de esos millones no los conozco ni los conoceré nunca. -Se encogió de hombros-. Es peor que ser violado en grupo en un campo de concentración ruandés.

Le concedí que llevaba razón.

– Lo que yo hacía no es ningún oficio con mayúsculas. El tuyo tampoco. Nadie necesita nuestros así llamados servicios. Ningún niño enfermo se curará porque alguien escriba novelitas o saque una línea al campo contrario. -Hizo una pausa y estiró los brazos como si cruzara el bate-. Aunque sea bonito. Lo que yo aportaba no puede considerarse siquiera un lujo. ¿Si lamento haber sido marginado? ¿Que la gente me odie? Que se jodan, prefiero dedicarme a mis salsas de barbacoa. Porque tú sabes que para eso se requiere un negrazo con la cabeza bien puesta sobre los hombros.

– Pero a mí no se me ha caído una bola elevada…

– Oh, ¿ahora resulta que sabes lo que hiciste o no hiciste? -Dio un capirotazo a un grano de maíz que tenía en la rodilla-. La semana pasada, James escribió un trabajo sobre medioambieute. El borracho ese, el capitán del Exxon Valdez, vertió más de cuarenta millones de litros de crudo en ese estrecho. ¡Cuarenta, nada menos! Se cargó a tropecientos millones de pájaros y nutrias y a saber qué más. El gobierno dijo (y en mi modesta opinión de no diplomado, el gobierno se pasa de optimista) que se tardarían treinta años en limpiar el vertido. O sea, nos vamos al 2020, no veas. Y yo fingiendo que ayudo a James a redactar la jodida tarea mientras Angela termina con Asia en el baño, y todo el tiempo preguntándome: y ese hijo de la grandísima puta, ¿cómo se despierta cada mañana? Así que en cuanto James se va a la cama, me pongo a hacer averiguaciones. El tipo vive en Long Island, trabaja para una aseguradora haciendo valoraciones. Cada mañana se levanta, se toma su café y se va a trabajar como el resto de los pobres mortales. Tiene bocas que alimentar. Y yo digo, pues muy bien hecho. -Me miró un momento y añadió-: ¿Qué pasa? Se supone que esto levanta el ánimo…

– Yo sabía lo del tumor desde hacía meses. -No encontré signos de sorpresa o condena en su rostro, pe &e a que esperaba al menos una de esas cosas-. Pero no podía hacer nada al respecto, estaba atado de pies y manos. Lo mantuve en secreto porque me preocupaba que cuando renovara mi seguro de enfermedad no me pagaran la operación si descubrían que yo tenía eso antes de suscribir la póliza.

– ¿Y qué?

– ¿Cómo que «y qué»?

– Yo no oí que ningún abogado te preguntara si sabías que tenías un tumor. No cometiste perjurio. Y, que yo sepa, considerar la posibilidad de defraudar a una aseguradora no es ningún delito. De todos modos, dudo que hubieras tenido narices de llevarlo a cabo.

El comentario me recordó una cruel ironía, algo que en los últimos meses había contribuido a empeorar mi insomnio: Genevieve quizás había muerto debido a mi tumor cerebral, pero que ella muriera probablemente me había salvado la vida.

– Esto me hace culpable aunque sea inocente -dije.

– No te hace culpable, sino que te hace sentir culpable. Más culpable aún que si la hubieras matado. Pero, pasara lo que pasase aquella noche, yo estoy contigo.

– ¿Aunque sea culpable culpable?

– Si eres inocente no necesitas ayuda, ¿verdad?

No le dije gracias por temor a echarme a llorar, pero Chic lo notó en mi cara. Me guiñó un ojo y tomó otro traguito de cerveza light.

– Dicen que un verdadero amigo es aquel que te ayuda a hacer un traslado. En el barrio donde me crié, un verdadero amigo es alguien que te ayuda a trasladar un cadáver. -Ladeó la cabeza, dirigiendo hacia mí sus ojos castaños. Las pestañas rizadas, vagamente femeninas, no cuadraban con el resto de su cuerpo-. Bueno, ¿qué tal si ahora me explicas qué diablos está pasando?

Le conté lo del sueño que había tenido la víspera y el corte en el pie, y que había ido a casa de Genevieve.

– No puedo vivir con esto -le dije-. Me despierto y no sé dónde he estado por la noche. He montado una cámara digital en mí maldito cuarto para vigilarme a mí mismo. Miro el cuentakilómetros para ver si he salido de casa. La explicación más clara es que estoy chiflado, pero resulta que sé que no lo estoy.

– Bueno, quizás estás sólo un poco chiflado, como todo quisque.

– ¿Tú crees que el corte me lo hice yo?

Chic se encogió de hombros.

– ¿El primer día de tu vuelta al mundo, y comiéndote la sesera con todo lo que pasó? Pues yo diría que sí, es bastante probable que te lo hicieras tú mismo. Y más teniendo en cuenta lo que me has dicho de tu tumor; seguro que llevarlo en secreto te obsesionaba. Pero te diré una cosa: si alguien te la estuviera jugando, esto es solamente el principio.

– ¿Por qué lo dices?

– Si alguien hace algo así, es por una razón. Y, puesto que no eres un político y tampoco Donald Trump, ese alguien se está tomando demasiadas molestias para conseguir… ¿qué?

Se pasó la manaza por el pelo, cortado casi al cero con una estúpida línea en diagonal en la parte delantera.

– ¿Y qué sería preferible? -pregunté-. ¿Que me estén jodiendo a base de bien, o que yo me esté chalando por momentos?

– ¿Cuál sería la posibilidad número tres?

Exhalé el aire que estaba aguantando,

– No puedo evitar darle vueltas a todo esto, pero ¿y si lo que descubro no me gusta nada?

Se terminó su cerveza con un gesto de poderosa concentración típico de él, y luego dijo:

– Afróntalo todo. -Tiró la botella vacía encestando en el cubo de basura que había a diez metros-. Paso a paso.

Regresamos a mi casa en silencio. Chic me apretó la nuca un par de veces para darme ánimos. Ya me había apeado de su camioneta y me dirigía a mi casa cuando me silbó entre dientes. Estaba en la acera, el motor en marcha detrás de él.

– Sé que ha estado en boca de la gente, pero nadie lo dice nunca con las palabras exactas. -Se lamió los labios sin apartar la vista-. Siento que esto te haya pasado a ti.

Mientras rodeaba el vehículo por detrás para montar otra vez, alguien que pasaba correteando le enseñó el dedo anular.

Chic saludó con el brazo.

Capítulo 8

Aquella noche me puse a ver anuncios por televisión. Solamente anuncios. No estaba para melodramas largos. Y vi lo que cabía esperar; detergentes en guerra abierta contra la suciedad, amas de casa hechas polvo tratando de ordenar armarios, hongos de dibujos animados bailando la conga entre los dedos de los pies.