Miré a Delveckio. Todo un detalle por parte de Kaden, hacerle sitio bajo el paraguas de los machos. Con su complexión delgada y sus ojos acuosos, Delveckio no tenía una pinta demasiado amenazadora. Kaden, por el contrario, parecía dispuesto a meterme los dedos en la cara y utilizar mi cabeza como bola de bolera.
– Estamos dispuestos a darle una paliza -prosiguió-. A partir dedos y romper costillas. Y también a testificar que no nos quedó más remedio porque usted se puso violento. Preferiríamos no recurrir a eso, pero lo haremos. Usted decide: o aguanta estoicamente o se libra de la paliza, pero sea como sea va a hablar, y esta vez no tiene a mano un tumor cerebral que le salve de ser un cochino asesino.
La foto de la escena del crimen había resbalado de la mesa cayendo en mi regazo. Del revés, parecía más grotesca todavía. Sangre y carne cercenada, sin otra orientación.
Las náuseas que ya conocía empezaron en mi estómago, haciéndome sudar todavía más. Las sábanas húmedas de la cama en el hospital, las voces rebotando en las paredes de la celda. Las costras habían saltado, dejando ver la misma y terrible escena. ¿Dónde me encontraba? ¿Qué había hecho? Toda mi determinación se vino repentinamente abajo y sentí la desmoralización de una derrota largamente esperada, de entregar las armas y rendirme a lo inevitable. Quizá sí la había matado yo. No podía afirmar que recordara la última vez que había encontrado un cadáver en circunstancias similares. Las pruebas, Genevieve, mis lapsos mentales…, era demasiado.
«¿Dónde estuvo anoche entre las diez y media y las dos?»
Solo en casa. Fuera de combate. Ya, y qué más.
Bill Kaden se aproximó a la mesa con un aspecto nada amistoso. Abrí la boca para ofrecer una temblorosa confesión tipo «yo no sabía que…» cuando de pronto, como un fogonazo, algo me vino a la cabeza e hizo que me enderezara en la silla y clavara los puños en la gastada madera de la mesa.
– ¡La videocámara! -exclamé-. ¡Me grabé cómo dormía!
Capítulo 10
Me dejaron a solas en aquella sala durante una hora y tres cuartos. El primer rato lo pasé sentado en la silla con la foto, que ellos habían tenido la consideración de dejar allí para que me hiciese compañía. En el reverso ponía «Kasey Broach, 22/1, 2.07 horas». Los inspectores no habían perdido tiempo en ir por mí. Cuando no pude soportar más la espeluznante fotografía, no me quedó otra cosa que hacer que contemplar mi reflejo deformado en el espejo. La distorsión amplificaba mi pelo erizado sobre el surco de la cicatriz, o quizás ése era realmente mi aspecto.
Mi videocámara digital tenía una memoria de ciento veinte horas, lo cual significaba que había estado grabando sin parar desde que la había conectado, captando todos mis movimientos en la cama. Para bien o para mal, allí estaría la respuesta. Yo durmiendo apaciblemente o bien levantándome sonámbulo para ir a matar.
Al cabo de un rato moví de nuevo la mesa y la silla hasta el centro de la sala. Mientras caminaba me sorprendí pasándome los dedos por mi cicatriz escondida. Cuando fue la hora en punto, le dije al espejo que orinaría en el rincón si alguien no me llevaba al baño. Un momento después la puerta se abrió y un guardia novato con cara de pocos amigos me acompañó por el pasillo y luego de vuelta a la sala.
Kaden y Delveckio volvieron por fin, trayendo sillas y cara de dispepsia, al menos Kaden; por lo que yo sabía de Delveckio, ésa era su expresión normal. Al ver sus caras, sentí ni más ni menos que alborozo: yo no había sido.
Se sentaron enfrente de mí. La carpeta que Kaden dejó sobre su regazo tenía una marca de sudor de la mano.
– Hemos visto la filmación -dijo-. El laboratorio opina que seguramente no está trucada. No hay problemas técnicos en la continuidad.
Suspiré eternamente. Sentí tal alivio que casi se me fue la cabeza.
Kaden estaba hablando.
– Pero podría usted tener un cómplice. O el forense quizá se equivocó al determinar la hora de la muerte. Estuvo usted fuera de cámara durante media tarde y la primera parte de la noche.
– Tengo coartada. Estuve en casa de un amigo por la tarde, y luego vino a verme mi editor.
– Sigue sin convencerme -dijo Kaden-. ¿Por qué un inocente (inocente pese a que toda la evidencia física en el lugar del delito apunta nada más que a él) habría de tener una sólida coartada?
– Porque pensé que podía haberme cortado yo el pie estando dormido, y me preocupaba la posibilidad de estar perdiendo la chaveta.
Kaden rio:
– ¿Perdiendo?
– Empecemos de nuevo. -Le tendí la mano-. Me llamo Drew.
Kaden se quedó mirándola como si fuera a escupirla, pero al cabo de un momento asintió con la cabeza. Delveckio hizo lo propio, de mala gana.
– De acuerdo. No os caigo bien, y a mí tampoco me gustáis mucho. -Miré a Delveckio-. Especialmente tú.
– ¿Y por qué yo?
– La bromita del insulto era francamente mala. Kaden hace más poses pero impresiona más, de modo que supongo que tiene derecho a ello. Pero resulta que… -hice una pausa teatral- tenéis un caso por resolver. Puede que dos. Yo estoy metido en esta investigación. De manera peculiar, además. Me encuentro aquí, y sin abogado, de modo que sacad partido de la situación.
– ¿Sabe qué me disgusta todavía más que los listillos de Hollywood? -dijo Kaden-. Pues reabrir casos que ya había cerrado.
– Si mi caso está cerrado, ¿quién mató a Kasey Broach?
Al oír el nombre de la víctima se quedó un momento perplejo, pero luego sus ojos se posaron en la foto.
– Pues no lo sé, Danner. Alguien que tiene tu mismo pelo, tu misma sangre y que usa tu papelera. Así que adivina a quién iremos a buscar cuando termine este rollo de la videocámara y tengamos otra vez un posible móvil.
A buen seguro, no al tipo que me había colgado el mochuelo.
Miré el cadáver de Kasey Broach preguntándome qué conexión tendría conmigo, si es que tenía alguna. O con Genevieve. Tal vez existía una conexión entre Broach y la familia Bertrand. O quizá sólo la habían asesinado para tenderme una trampa. ¿Quién podía tener motivos para verme entre rejas? Quiero decir, aparte de los dos inspectores a los que ahora me enfrentaba. ¿Acaso Genevieve estuvo saliendo realmente con alguien, y ese alguien consideraba que yo no debía ir por la calle impunemente? Quizá Luc Bertrand había contratado a alguien para destruirme por cualquier medio. Difícil de creer, con aquella mirada suya de besugo, pero bueno, tampoco era fácil creer lo del tumor. Seguí dándole vueltas, acordándome de un agente literario al que había despedido, de un tipo al que le rompí accidentalmente la nariz en una pista de baloncesto, de una carta estrafalaria que me había enviado un lector anónimo después de publicarse Chainer's Link.
– ¿Cómo puedo ayudaros? -pregunté-. ¿Por dónde empezáis?
– A día de hoy -dijo Delveckio- no tenemos nada que podamos revelar.
– ¿Genevieve y Kasey Broach tienen alguna cosa en común?
– Padres afligidos. Hermanas pequeñas desconsoladas… -Negó con la cabeza-. Yo me ocupé de informar al pariente más cercano, a Adeline. Ojalá hubiera tenido tu videocámara para que pudieras ver su reacción.
Me tragué las ganas de propinarle la reacción que se estaba buscando.
– Entonces, ¿no habéis encontrado nada que relacione a las víctimas?
Su sonrisita se difuminó y arqueó las cejas.
– Sólo a ti.
Kaden se levantó para marcharse, y Delveckio lo imitó con apenas un segundo de demora.
– ¿Habéis encontrado algo fuera de lo normal en su sangre? -pregunté.
Se detuvieron y Kaden giró lentamente sobre los talones.
– ¿Por qué lo preguntas?
– Dos días atrás, por la noche, me sentí muy mareado al despertar. Pensé que sería el estrés o alguna secuela del tumor, pero podría ser que me hubieran drogado para hacerme ese corte en el pie. -Me retrepé en la silla, cruzando los brazos-. Para sacarme sangre.