Выбрать главу

Delveckio miró a Kaden arqueando las cejas. Kaden dio dos solemnes pasos hacia la silla y se volvió a sentar.

– Entonces, si estabas drogado, ¿cómo es que te despertaste tan de golpe?

– Ni idea. Tengo una buena tolerancia a las sustancias tóxicas, secuela de mi disipada juventud. ¿Se podría analizar la muestra de sangre?

Kaden sacó un móvil de su bolsillo y marcó.

– Soy Kaden. Ponme con Wagner.

Se levantó y salió de la sala.

– ¿Lloyd Wagner trabaja en el caso?

Delveckio parecía molesto por tener que seguir con lo mío.

– Pues claro -dijo-. Trabajó en el primer asesinato, ¿no? Por eso lo llamaste, supongo. Como le conocías del juicio, pensaste que podrías sacarle jugo.

– Le conocía de antes. Lloyd me ha ayudado en varios proyectos.

– Ya, pues creo que deberías saber que no tiene interés en ayudarte nunca más.

La voz de Kaden se filtraba por las paredes, pero no pude distinguir lo que decía. Delveckio, mientras tanto, hacía todo lo posible por no establecer contacto visual conmigo.

– En la filmación -dije-, ¿os habéis fijado si… habéis visto si movía algo de la mesita de noche?

– ¿Cómo dices?

– ¿Un bote de cristal con algo dentro?

– Ya me imaginaba que esto se pondría más raro aún.

– ¿Lo habéis visto o no?

– No.

Así pues, mi tumor ya se había largado cuando monté la cámara en el rincón. Por tanto, debió de desaparecer más o menos a la hora del corte en el pie. Otra rareza que añadir al montón.

Kaden volvió a entrar.

– A estas alturas ya no estaría en tu corriente sanguínea -dijo.

– ¿El qué? -pregunté.

Kaden cambió el peso de pierna, una manera de contestar con evasivas.

– Vamos. Si es que alguien me drogó, al menos dime qué pudo correr por mis venas.

– Xanax y Sevoflurane. El alprazolam-no-sé-qué-más (eso es Xanax) es de corta duración. Lo otro también. Se trata de un gas anestésico. «Eliminación rápida del torrente sanguíneo», ha dicho el tipo.

– Entonces, ¿cómo lo detectasteis en Kasey Broach?

– Somos rápidos. El agente dio el parte por la radio de su coche patrulla. Supimos que el cadáver se parecía a Genevieve Bertrand y llamamos a la caballería para que nadie jodierá ninguna prueba. Nuestro perito criminalista acababa de dejar un informe de pruebas en Rampart, estaba a sólo unas manzanas de allí comiéndose un burrito. Salió pitando hacia la escena del crimen. Siempre sacan sangre nada más llegar.

Delveckio se humedeció los labios secos.

– Además, el metabolismo de Broach no funcionaba rápido cuando la encontramos.

– Pero ¿qué sentido tiene darle Xanax a alguien si luego te lo vas a cargar? -pregunté.

– No es el caso -dijo Kaden-. Pensamos que ella lo tomó antes de acostarse.

– Entonces ¿la atacaron mientras dormía?

– Había señales de lucha.

– ¿No hizo efecto el Sevofiurane?

– O se lo dieron más tarde.

– ¿Aguantar sus gritos y patadas y drogarla después? -dije. Kaden se encogió de hombros, de modo que añadí-: ¿Lucha de qué clase?

– Sábanas arrancadas del colchón, cosas caídas de la mesita de noche, el despertador se quedó sin pila a las diez veintisiete.

– Qué anticuado.

– ¿El qué, el despertador de pilas?

– No. La pista.

– Eres muy suspicaz.

– Mi suspicacia podría servir de algo.

– No vamos a invitar al principal sospechoso a que meta las narices en nuestra investigación.

– No tenéis por qué invitarme a nada. Sólo necesito ver fotos de la escena del crimen. Ver el cadáver, cómo lo dejaron. Puede que algo me haga recordar…

– ¿Recordar? -Kaden me miró y luego le dio un golpecito a Delveckio con la carpeta-. Andando.

– Lo creáis o no, os juro que no tengo ni idea de lo que pasó la noche del veintitrés de septiembre. Y lo creáis o no, quiero saber si yo la maté. Vosotros necesitáis respuestas. Sois interrogadores profesionales. Imagino que sabéis cómo sacarme lo que os interesa sin desvelar lo que no os interesa desvelar.

Kaden me miró y luego se rio y tiró la carpeta a la mesa. Los papeles salieron disparados. Los extendí sobre la superficie. Había copias de cada fotografía hechas a láser, con muy buena resolución.

El cuerpo desnudo de Kasey Broach había sido abandonado bajo una rampa de acceso a la autovía. Estaba boca arriba, con la barbilla levantada y vuelta hacia un lado como si quisiera apartarse el pelo de la cara. En la cadera derecha tenía un feo rasguño, y la piel de su pómulo derecho parecía hendida. Sus muñecas estaban atadas con cinta adhesiva, sus tobillos con una cuerda blanca. De las grietas en el asfalto a su alrededor sobresalían malas hierbas. Al fondo se veían los restos de una cerca de cadena, algunos eslabones caídos de tres estacas que quedaban en pie. Una ruina de cupé con los neumáticos rajados, las ventanillas reventadas, el techo caído sobre los reposacabezas, el capó sembrado de excrementos de ave. Detrás del coche, en la parte inferior de la rampa, un grafitero había abandonado una obra a medio hacer.

En primer plano se veían los brazos de Broach con señales de que las moscas habían empezado ya su trabajo. De alguna manera, eso ponía de relieve su muerte; estaba tan indefensa que ni siquiera podía apartarse una mosca a manotazos.

Miré a Kaden.

– ¿Y eso de que el asesino reprodujo exactamente todos los detalles? ¿Me estabais tomando el pelo? Ese tipo secuestró a una mujer, la drogó, trasladó el cuerpo, la desnudó, le ató las muñecas y los tobillos y la tiró en un lugar público.

– Hay una cantidad alarmante de similitudes -dijo Delveckio-. Y en cuanto a diferencias, bien, normalmente observamos cierta evolución a medida que el asesino gana en experiencia, a medida que aprende de errores previos.

– Se os olvidó mencionar eso cuando estabais tirando abajo la puerta de mi casa. ¿Y por qué está desnuda?

– El asesino se ha envalentonado -sugirió Kaden, mirándome de hito en hito-. Podría formar parte de alguna fantasía suya.

– O bien la desnudó para el lavado con lejía -observó Delveckio-, lo cual significa que él sabía que analizaríamos el cadáver en busca de elementos biológicos extraños.

– ¿Y…? ¿Fue violada?

Delveckio negó con la cabeza.

– ¿Qué encontrasteis?

– ¿Aparte de tu sangre y tus cabellos? -Kaden consultó su libreta, dando unos golpecitos con el bolígrafo-. Ah, aquí lo tengo: nada que sea de tu puta incumbencia.

– Si tiene magulladuras en muñecas y tobillos, eso indica que la ataron antes de darle la cuchillada, ¿no?

Los inspectores intercambiaron miradas exasperadas pero guardaron silencio. Un buen trabajo policial, eso de tenerme a mí a dos velas.

– El Sevoflurane. La mantuvieron con vida, a diferencia de Genevieve. ¿Indicio de tendencias sádicas? -Les devolví sus miradas-. Pestañead dos veces si me acerco a la verdad. ¿Y los rasguños en la cadera y la mejilla? ¿Eso es de cuando la arrojaron del vehículo?

Delveckio torció el gesto, pero Kaden se limitó a sonreír.

– Tenemos cierta experiencia con cadáveres, ¿sabes? -dijo-. Quizá tanta como tú. -En ese momento sonó su móvil. Kaden lo miró y luego hizo una seña a Delveckio al tiempo que se ponía de pie-. No eres de los nuestros. Tú no eres poli, sino un jodido escritor. Y además, según el primer veredicto, un asesino. Cuando necesitemos tu ayuda, te preguntaremos.

Mientras me daban la espalda, tapando la vista desde el espejo, aproveché para ponerme en el regazo algunas de las copias que había sobre la mesa. Fue algo pura y extrañamente instintivo.

Robar pruebas de una sala de interrogatorios en Parker Center. Estaba dando un paso adelante en el terreno de lo que no debe hacerse.