Al lado del sofá, en el suelo, había varias bandejas. Las llevé a la cocina, las limpié y sequé una para poner los tacos. Luego doblé las mantas del sofá, ordené las almohadas y cojines y preparé una copa para Lloyd. Había fotos de él y Janice por todas partes, en las paredes, la puerta de la nevera, las estanterías. Retratos de boda con un Lloyd todo orejas, cabellos rizados y postura incómoda, agarrado al brazo de Janice como si todavía no pudiera creer que la había conseguido. Janice sonriendo desde un AMC Gremlin verde lima, el pelo emplumado saliéndose del marco. La típica foto del decimoquinto aniversario, los brazos por el hombro del otro, delante de la torre Eiffel. Yo no había conocido a Janice, pero reparé con cierta tristeza en que la foto más reciente de Lloyd era de hacía al menos cinco años. Es decir, Janice estaba agonizando desde que yo conocía a Lloyd.
Apagué el televisor y me senté en la mecedora. Escuché los crujidos de la casa, imaginándome la vida de Lloyd, dividida (o rota) entre esta parte de la casa y el dormitorio. Probablemente venía aquí a respirar un poco mejor. Probablemente pasaba las noches yendo y viniendo de este sofá a la franja de luz bajo la puerta.
Mirando hacia el fondo del pasillo oscuro, caí en la cuenta de que me daba auténtico miedo el aspecto que el dormitorio pudiera tener.
Miedo a la muerte. Es lo que compartimos todos. Tratamos de ahuyentarla en vano, hacemos pequeños ensayos previos, como nadadores en aguas tenebrosas. El culturista obsesivo. El piloto acrobático de fin de semana. La fulana de billar. Bebemos demasiado. Postergamos visitas al quirófano. Disimulamos cuando vemos una pareja de viejos. En el fondo, todos tememos lo que hay detrás de esa puerta al final del pasillo. Es por eso por lo que yo escribo pequeñas y lóbregas novelas policíacas, para fingir que no temo a la muerte, que la azuzo con un palo. Y por eso la gente las lee en el metro y los aviones, pensando que se encaran a lo más profundo y tenebroso.
La costura que yo tenía en la cabeza, la costura en la preciosa piel de Genevieve, la costura también bajo esa puerta. Grietas y más grietas en aquello que creemos tener bien seguro. Jamás había sido tan consciente de la vulnerabilidad que me rodeaba, de todas las fisuras e imperfecciones. Están por doquier, sólo tienes que pararte a mirar.
El pasillo se iluminó brevemente y oí que Lloyd se acercaba. Le tendí el vaso. Dejó la mochila en el suelo, se hundió en el sofá, bebió un trago y soltó un suspiro.
– Gracias, Drew. Eres muy amable.
– Tacos y Bacardi. La vieja receta. ¿Cómo sigue Janice?
Desechó la pregunta con un gesto.
– Se ha reproducido. Ahora el otro pecho. A la tercera va la vencida.
– ¿Dónde la están tratando?
– En Cedars.
– Creo que tienen un estupendo equipo de oncología.
Mi comentario quedó flotando en el aire, en toda su vacuidad.
El resplandor de las lámparas impedía ver el bonito panorama por las ventanas de atrás. Lloyd apuró su copa y dijo:
– ¿Te sirvo una?
– Todavía voy de agua.
– Oh, claro. -Se llenó otra vez el vaso, desenvolvió un taco, dio un mordisco y lo dejó-. Siento mucho todo lo que has tenido que pasar, Drew, pero no estoy autorizado a hablar contigo. Eres un sospechoso.
– No estoy acusado de nada. Esas pruebas no tenían nada que ver conmigo…
– Ya lo sé.
– Mira, Kaden y Delveckio ya me han dicho muchas cosas. Sólo quiero conversar sobre lo que ya sé. Podemos empezar incluso con Genevieve. Tengo el resumen escrito del caso, el juicio terminó. No darás ningún mal paso por hablar de eso.
Hacia la mitad de su segundo cubalibre, Lloyd parpadeó y dijo:
– ¿No te acuerdas de todo? Me refiero al juicio.
– Está como borroso. Me gustaría oírlo otra vez de tu boca.
Hubo una pausa incómoda.
– Me lo pones difícil, Drew.
– ¿Pensabas que quería olvidarme de todo?
– Era improbable que un jurado te condenara, teniendo allí el tumor cerebral metido en un tarro a la vista de todos, pero las pruebas…
Sus largos dedos agarraron el vaso haciendo que su contenido se removiera. Se quedó mirando el combinado. Yo sabía de qué iba esa conversación silenciosa.
– Tu informe demostró que Genevieve no presentaba heridas defensivas -dije-, no había rastros de piel debajo de sus uñas.
– Katherine Harriman argumentó que eso era porque Genevieve te conocía.
– Pero, a diferencia de mí, Katherine Harriman no la conocía a ella. Genevieve no era fácil de sorprender, sobre todo si acababa de levantarse de la cama y se topaba con un intruso. Si hubiera visto el cuchillo, seguro que se habría lanzado a morder y arañar.
– Fue una cuchillada contundente. Lo más probable es que muriera al momento.
– ¿Había huellas en el cuchillo?
– Aparte de las de Genevieve y su hermana pequeña, sólo las tuyas.
– ¿Perfil del sospechoso?
– Lo de siempre, ya sabes. Varón, zurdo, ochenta kilos, un brillo diabólico en la mirada.
– ¿Zurdo según el ángulo de la herida?
Miró el reloj que yo llevaba en la muñeca derecha.
– Ajá. Un poco sesgado.
– ¿Varón?
– Por la potencia de la cuchillada.
– ¿Movieron el cuerpo?
– Sí. Varias veces. -Otra pausa incómoda-. Lo moviste tú. De entrada tuviste una crisis parcial compleja. No el típico ataque de epilepsia, sino más bien una interrupción de la conciencia con automatismos: relamerse los labios, hacer movimientos repetitivos con los dedos. Hay gente que incluso puede andar. Crisis parciales complejas se han utilizado como defensa en casos de hurto en tiendas, aunque es un poco forzado. Pero tú habrías podido manipular el cuerpo de Genevieve Bertrand… Hasta que tu ataque degeneró en crisis epiléptica generalizada.
– ¿En ese estado habría sido capaz de apuñalarla?
– Lo dudo. Estoy de acuerdo con Harriman en que eso te pasó después del asesinato, no antes. -Me miró y añadió-: Lo siento, Drew.
Me froté los ojos con el pulpejo de las manos y me retrepé en la butaca.
– La primera noche, recién salido de la cárcel, tuve un sueño. Yo iba en coche a su casa. Estaba frenético. Ella solía dejar una llave debajo de una maceta, en el porche. Resquebrajé el plato de la maceta al cogerla. Cuando desperté fui a su casa. -¿Debía contarle lo demás? ¿Podía? La casa de Lloyd estaba tan silenciosa que creí oír el débil suspiro del material hospitalario en la otra punta del pasillo-. El platillo estaba agrietado, pero no lo estaba la última vez que recuerdo haberlo visto. Creo que soñé un fragmento de memoria. Diría que estoy recomponiendo trozos de lo que acaeció aquella noche.
Frunció el entrecejo, asimilando la infomación.
– ¿A qué te refieres al decir que estabas frenético?
– Sudaba copiosamente y sentía pánico.
– ¿Recuerdas algún olor peculiar?
La piel de mi nuca se me heló de golpe. Me quedé sin voz, de modo que asentí con la cabeza.
– ¿Un olor acre, como a goma quemada? -Lloyd no tuvo que esperar mi respuesta; la leyó en mi cara-. Lo llaman aura olfativa. Suele producirse antes de un ataque.
Me sonaba haber oído algo al respecto, pero no había asociado esa información a mi sueño.
– ¿Puedo preguntarte otra cosa?
– La cuestión es: ¿puedo responderla?
– Quiero saber algo del Sevoflurane -dije.
Lloyd se puso las gafas, como si eso le ayudara a pensar mejor, y dijo con cautela: