Mientras avanzábamos, Preston señaló el escaparate de una librería donde se exponían mis libros. Bueno, cuando una librería sacaba provecho de mi infamia, al menos me caían unos cuantos dólares.
En general, Los Ángeles participa del chiste que es en sí misma. Es frívola, desde luego, pero también sabe disfrutarlo, a diferencia de esas matronas de Des Moines que leen periodicuchos sobre famosos camino de la iglesia y así pueden chasquear la lengua y menear la cabeza, o esas estudiantes pijas que jamás reconocerían que People les gusta más que Proust y que, cuando están en la sala de espera del dentista por una rascadita en el esmalte, echan un disimulado vistazo a las páginas de chismorreo para ver por qué se engordó esa cantante o dónde pasó su luna de miel aquella pareja real. La frivolidad es consustancial a esta ciudad, y todos sin excepción creemos participar del espectáculo.
La gente que viene de fuera considera Los Ángeles muy excluyente. Todo lo contrario. Cualquiera puede acceder a ella. La única condición es que traigas algo interesante que poner sobre la mesa. Ése es el billete de entrada. No es preciso que aportes profundidad ni dotes de conversación, ni siquiera talento. Puedes ser sólo un buen peluquero y sentarte a una mesa de la jet set entre una señorona de Hollywood y un director de ópera. En cambio, si eres el responsable del mayor fondo de cobertura de Bel-Air pero eres un pelmazo, ya puedes largarte con viento fresco y una sonrisa; vuelve a Manhattan y laméntate de lo superficial que es Los Ángeles.
Y lo es, en efecto, pero también es una ciudad fascinante si uno sabe conservar el sentido del humor. De vez en cuando, un temblor de tierra resquebraja la urbe de punta a punta, sólo para mantener un poco el interés, o alguien amenaza con volar el aeropuerto, o pavorosos incendios arrasan el West Valley y durante una semana todo el mundo considera héroes a los bomberos. Las aguas de Santa Mónica se vuelven tóxicas. El súbito miedo al mercurio revierte en un bajón de los pedidos de sushi. Se desprecian los carbohidratos, o el Pilates, o el contenido calórico del Jamba Juice.
Había cuatro coches parados junto a la rampa del aparcamiento contiguo al restaurante, estrujando unos postreros segundos de cobertura de telefonía móvil. Dejamos el nuestro al cuidado de un empleado. Serpenteamos entre las mesas y encontramos a Chic al fondo, con los brazos sobre el respaldo de su banco.
– A mí me encanta la pizza de salmón ahumado -dijo.
Preston puso mala cara al sarcasmo de Chic, y nos sentamos uno a cada lado. Dejé sobre la mesa los documentos que había reunido.
Preston estiró el cuello hacia el tabique de vidrio grabado que separaba la cocina.
– ¿Nos tocará de camarero ese latino?
– Lleva anillo de casado -dije.
– Por-fa-vooor.
– Le está mirando las tetas con la cabeza ladeada.
– Hipercompensación.
– Antes de que empecéis a practicar el amor que no osa decir su nombre, ¿qué tal si pedimos?
Chic levantó la vista del menú, sintiéndose incómodo:
– Para que lo sepáis, yo no soy gay ni nada de eso.
Preston le lanzó una mirada arrebatada.
– No lo permitiríamos, cariño.
Cuando llegó el momento de pedir, Preston se esmeró en establecer contacto visual y preguntar por las especialidades de la casa, pero el camarero se limitó a recoger las cartas y marcharse.
Desacostumbrado todavía a estar en público después de mi penosa escaramuza con los medios de comunicación, miré con cuidado alrededor. Una mesa más allá, dos tipos trajeados y otro con pantalón de chandal charlaban de financieras alemanas y circuitos de festivales. A su lado, mujeres demasiado viejas o demasiado ricas para que les importara que alguien pudiera oírlas hablaban de estrógenos. Una mujer agobiada comía con dos chavales que, gracias a sus gestos hoscos y sus vaqueros de marca, parecían más adaptados al mundo que ella. En la mesa de enfrente había un tipo bien vestido encorvado sobre un plato, y de repente todo su grupo miró hacia mí de manera más conspicua de lo que su actitud intentaba aparentar. Me sentí muy incómodo.
Chic, cómo no, fue el primero en percibir lo que ocurría y me sonrió:
– Esto también pasará.
– Vayamos al grano -dijo Preston.
Mientras tomábamos nuestros aperitivos de alta cocina, recapitulé sobre las últimas novedades. Como de costumbre, había cogido un bolígrafo Bic para tomar notas, pero lo único que hice fueron garabatos.
Preston carraspeó una vez que yo hube terminado.
– No te martirices con lo del asesino en serie. No son tan convincentes.
– Que a ti te dejen indiferente no significa que no nos enfrentemos a uno. Recuerda que tenemos dos cadáveres con el mismo modus operandi.
– Tal como le hiciste ver a ese pomposo inspector, existen notables diferencias.
– O -a veces, con Preston, lo mejor era tomarle la delantera- yo podría haberme convertido en la imagen pública de un asesino de pacotilla, el cual a posteriori optó por cargarme el muerto. O la muerta.
– Eso significaría que tú sí asesinaste a Genevieve.
El llano comentario de Preston me pilló con la guardia baja. Sentí la imperiosa necesidad (fue como un tirón gravitatorio) de ponerme a la defensiva, de ampararme en negativas. Mi plato de gambas, tan hábilmente decorado, me pareció muy poco apetitoso.
– No puedes saberlo -dijo Preston-. De momento.
– Quizá debería tomar otra vez Sevoflurane y averiguarlo.
Preston removió su bebida con una pajita.
– Mira, Drew, ni siquiera tenemos la certeza de que hayas tomado Sevoflurane ni una sola vez. No creo que debamos asaltar instalaciones médicas basándonos en las escasísimas probabilidades de que, si lo inhalas otra vez, tu cerebro retroceda al veintitrés de septiembre.
– Tanto si te cargaron el muerto como si no -dijo Chic-, la manera más rápida de ir al fondo del asunto es determinar la conexión entre las víctimas, o entre éstas y tú. Un rollo aburrido y problemático que escapa a tus posibilidades.
– ¿Qué hago? ¿Contratar a un detective?
Chic meneó la cabeza, decepcionado como de costumbre por mi incapacidad de hacer las cosas bien hechas.
– Conozco a un hacker hábil con las bases de datos: facturas de teléfono y de gasolineras, billetes de avión, todo eso. La mitad son compras hechas por internet y la otra mitad no… bueno, digamos que le da lo mismo. Sigue la pista a gente que deja de pagar la pensión alimenticia.
– ¿Papas gorrones?
– No seas sexista, Drew. La última vez que recurrí a él fue para localizar a una mujer que había dejado plantado a un sobrino mío. Te digo que es un as con el ordenador. Ah, y necesitamos una lista de todas las personas a las que has hecho cabrear.
Saqué la lista que había estado elaborando y añadimos unos nombres más, pero ninguno tenía pinta de asesino creíble, ni siquiera un experto en colarse en casas ajenas. ¿Mi neurólogo, furioso por las secuelas de mi incumplimiento? ¿El padre de Katherine Harriman, hecho polvo tras una noche de salchichas picantes y partido de los Bulls, decidido a administrar justicia al estilo Chinatown? ¿Adeline Bertrand travestida en ninja?.
Al final Chic se hartó de mi falta de enemigos peligrosos conocidos y cambió de tema.
– El segundo cuerpo -dijo-. ¿Por qué atar los tobillos con cuerda y las muñecas con cinta?
– Para las muñecas, es mejor la cinta que la cuerda. -Preston eludió sus ojos y siguió bebiendo-. Dijiste que la cuerda de algodón se emplea en juegos eróticos. Podríamos ver dónde venden ese tipo de cuerda en Los Ángeles.
– Que se encargue la policía de esa mierda de las diligencias -dijo Chic-. Para eso sí que sirven.
– ¿Y para qué servimos nosotros? -pregunté.
Larga pausa.
– Para esa mierda de las diligencias, no.