– Yo creo que la cuerda es una pista falsa -dije-. Me huelo que la utilizó para desviar la atención de los investigadores.
La gente de la mesa contigua seguía susurrando, y finalmente el tipo bien vestido se levantó y vino hacia mí.
– No te olvides de sonreír -me dijo Chic.
– Usted es Andrew Danner, ¿verdad? -dijo aquel hombre-. Sólo quería decirle que siento todo lo que ha tenido que pasar. No estoy muy al tanto, pero creo que le acusaron falsamente.
– Gracias.
Nos dimos la mano. Antes de irse, miró a Chic.
– Bonitas manos, Bales, tonto del culo.
Volvió a su mesa. Preston y yo nos pusimos a comer para disimular la risa mientras Chic cabeceaba, azuzándonos todavía más. Llegaron los platos y, recuperado el apetito y el humor, me tomé unos momentos para recrearme con mis agnolotti al mascarpone. Cuando alcé los ojos, Chic estaba examinando las fotos de la escena del crimen. La de encima, presumiblemente la primera que tomaron, mostraba a Kasey Broach en apacible descanso. Sin indicios todavía de intrusión policial, su cuerpo parecía colocado en el encuadre por un ambicioso diseñador gráfico. Su carne desnuda y la película blanca de excrementos de ave sobre la capota del coche abandonado eran las únicas manchas de luz en la oscura escena.
– ¿De dónde las sacaste? -preguntó Chic.
Yo había olvidado mencionar las fotos cuando Chic había pasado a recogerme al salir de la comisaría. Le dije que las había robado de la sala de interrogatorios.
Lanzó un silbido de admiración y luego puso una de las copias de lado, admirando la obra de un grafitero en la cara inferior de la rampa de la autopista.
– Un verdadero artista del spray.
– Centrémonos en el cuerpo -dijo Preston.
Chic sacó una segunda foto, donde se veía a unos cuantos agentes de pie o en cuclillas junto a la alambrada. Un hexágono delimitado por cordón policial cercaba ahora el cadáver. Había plumas pegadas al hormigón de la rampa, adheridas a la pintura del spray. El flash de la cámara había puesto al descubierto unas botellas de cerveza rotas.
– Mirad esto -dijo Chic-. Nuestra primera pista.
Preston se encogió de hombros tras echar un vistazo.
– Eso dice algo, señor escritor, sólo que tú no te enteras.
Cogí la foto y la examiné detenidamente.
– No veo nada.
Chic se levantó del banco, llevándome consigo.
– Entonces deja que te lo enseñe.
Capítulo 15
No había perfil en tiza, ni manchas de sangre, ni tristes restos de cinta policial que conmemoraran el cuerpo que había estado allí hacía menos de setenta y dos horas. Sólo el asfalto viejo, el cupé destartalado, Chic y yo. Sobre nosotros, los vehículos pasaban zumbando. El suelo olía a cerveza y orines. El sol se estaba poniendo y Rampart no era sitio para andar de noche. Chic abrió los brazos.
– ¡Uf!
– Uf, ¿qué?
Señaló la nube de elaborada pintura al spray que iluminaba la cara inferior de la rampa. El grafitero había logrado que su obra, vista directamente, pareciera tener una perspectiva normal. Aun así, no me quedó claro qué era. Explosiones y protuberancias y letras acolchadas, todo ello tridimensionalizado de manera impactante. La obra había quedado inacabada, y la mitad de la derecha se perdía en el hormigón gris. Había plumas pegadas a la pintura ya seca.
– Oh -dije-. Oh.
Seguí a Chic hasta una parte pisoteada junto a la alambrada.
– Los polis tenían prisa, ¿eh? -dijo-. ¿Y el perito criminalista?
– Eso me dijeron. Estaba por ahí comiéndose un burrito.
– La patrulla ve el cuerpo. El criminalista hace la foto, capta la imagen antes de que todo el mundo joda las pruebas, pisando aquí y allá. ¿Y qué es lo primero que hacen?
– Cerrar la zona.
– Exacto. Lo cual significa que comprueban esta sombra. -Se metió en el pequeño hueco triangular donde la rampa se hincaba en el suelo. Un grupo de palomas, huyendo asustadas de sus puestos en lo alto de las vigas de refuerzo, turbaron la relativa quietud. Chic volvió hacia donde yo estaba, agitando los brazos para ahuyentar a las palomas que rondaban su cabeza. Había conseguido más de lo que había ido a buscar. Su retirada desmerecía la solemnidad de su relato, pero se sacudió la ropa, se quitó una brizna de la lengua y continuó, impertérrito-. Los polis asustaron a las palomas. Las plumas perdidas se quedaron enganchadas en la pintura. -Me indicó que le pasara las fotos y me enseñó una donde se veía el cuerpo de Broach antes de que acordonaran la escena del crimen: no había plumas de paloma-. Lo cual significa que la pintura aún estaba húmeda. Y eso quiere decir… -levantó un dedo con gesto académico- que el grafitero estaba pintando la rampa esa noche y alguien le interrumpió. -Movió la cabeza hacia la parte terminada del grafiti-. ¿Qué hace que el tipo salga corriendo? Un coche. ¿Cuál es el primer coche que apareció y le dio un susto?
– El del asesino al arrojar el cuerpo.
Chic esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
– Tenemos un posible testigo, muchacho.
Miré la capota del cupé, rociada de cagarrutas.
– El caso de la caca de pájaro delatora.
– Ec-sac-to.
– ¿Cómo encontramos al pintor?
Chic señaló el vistoso grafiti.
– Estás contemplando su firma, coronel Sanders.
Habíamos adoptado papeles ya conocidos. Chic era uno de mis mejores lectores de borradores, adicto a inyectar un poco de lógica urbana en el móvil de un personaje o a transformar un diálogo de novela en jerga de callejón. Vi que se mordía el labio: otro asesor convertido en cómplice.
Siguió con la vista fija en el grafiti, como si quisiera grabarlo en su memoria, y luego dijo:
– Déjame que investigue un poco, llamaré a algunos de mis hermanos.
Diseminados por toda la ciudad, Chic tenía unos veintisiete hermanos de incisivos de oro que aparecían con diversos disfraces para arreglar un coche, hacer de barmans en una fiesta o descargar un televisor de pantalla plana. La mayoría, al igual que él, eran naturales de Filadelfia; con unos cuantos tenía lazos de parentesco.
La brisa removió los desperdicios caídos de las vigas durante la erupción palomar. Me agaché para mirar un nido, más grande de lo que yo habría pensado. Dentro había un pequeño envoltorio redondo, como el doble de la circunferencia del plástico que sujeta una lata de cerveza. Y llevaba una pegatina de Home Depot con el precio.
Dejé de oír el silbido del viento, el arrullo de las palomas, los coches en la autopista. No oía otra cosa que los latidos de mi corazón.
Aquello era el envoltorio de un rollo de cinta aislante.
Capítulo 16
La puerta se abrió y por un instante no hubo más que oscuridad, un atisbo de mano pálida en el tirador y el incesante chirrido de los grillos.
Entonces Lloyd avanzó hacia el trecho de luz procedente de la farola y dijo:
– ¿Qué coño traes ahí, Drew?
– Una pista. -Sostuve en alto la bolsa-. Dentro de una bolsita para sobras de Spago.
Impertérrito, Lloyd consultó su reloj. Eran sólo las seis y media, pero parecía medianoche, e imaginé que había tenido un día duro de trabajo. Se dejó convencer por su parte menos sensata y dijo:
– Espera aquí.
Me quedé en el porche mientras él se movía por la casa y una suave voz femenina le respondía. Al cabo de unos cinco minutos oí cerrarse una puerta.
Lloyd volvió a salir y me indicó que pasara. Nos sentamos como siempre, él en el sofá y yo en la butaca. En el suelo, la bandeja seguía llena de tacos. Sólo uno estaba fuera del envoltorio, y le faltaba el mordisco que yo le había visto dar a Lloyd.
Al fondo del pasillo, la misma franja amarilla de luz bajo la puerta del dormitorio. Era como si no hubiera transcurrido el tiempo desde la noche anterior, como si el tiempo no pasara nunca en esa casa.
Lo puse al corriente de mi aventura, finalizando con el hallazgo del envoltorio de cinta aislante en el nido de paloma.