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– Libre de tumor pero no de imaginación hiperactiva.

– Esto no lo ha producido mi imaginación -dije, sacudiendo la bolsa por si no se había fijado en ella.

– Pero la cadena de custodia…

– A la mierda la cadena de custodia. Esto ha estado paseándose por allí toda la semana porque tus colegas no supieron encontrarlo. Ahora no se trata de encausar a nadie, sólo de hacer algunas preguntas. Y es a lo que voy.

Intentó cogerme la bolsa, pero la aparté.

– Dámela -dijo-. Lo investigaré.

– Mira, amigo, ayer tuviste la oportunidad de jugar a inspector de Robos y Homicidios, pero estabas demasiado ocupado quejándote de la violencia en los medios de comunicación. Ahora la investigación la llevo yo. Iré a ver al señor Collins, ninguna ley me lo impide. Si quieres acompañarme, creo que podría ser beneficioso para tu carrera.

– Has dicho que eres un ciudadano libre. Déjame recordarte que sólo hasta cierto punto. -Tendió la mano para que le entregara la bolsa, pero no le hice caso-. Mas terco que una mula, ¿eh, cabrón?

– ¿Conduces tú o conduzco yo?

Me miró fijamente al menos diez segundos. Eso es mucho para que alguien se te quede mirando, sobre todo cuando tú le sostienes la mirada. Apuesto a que Cal lamentó no llevar puestas sus gafas oscuras de tipo duro. Finalmente se apartó de la puerta, dejándola bascular en tácita invitación. En el sofá, a su espalda, acerté a ver las manoseadas páginas de mi manuscrito.

Dio media vuelta y dijo:

– Voy por mi placa. Eso impresionará al tal Collins.

Bautizada como autovía Ronald Reagan en 1994 por parlamentarios nostálgicos, la 118 atraviesa sin el menor glamour la zona norte del valle de San Fernando hasta Simi. Cal contempló desde su ventanilla las Granada Hills, entreveradas de centros comerciales y urbanizaciones. Habíamos parado junto a la gasolinera para que él escaneara de nuevo la huella. Al aparecer Richard Collins y su dirección de Northbridge en la pantalla del portátil, Cal me había mirado, diciendo con cara de palo: «Tienes buen ojo, Danner».

Contemplamos la vista, siempre uniforme y monótona. Apartados de la ciudad, lejos de los diseños prefabricados, aquellos barrios no tenían ni siquiera la gracia de los descampados urbanos, los Crenshaw y South Central y Compton, donde los billetes cambian de mano rápidamente y las balas crepitan y un Cadillac Escalade robado es la única nota alegre en el lúgubre entorno arquitectónico. Me pregunté si la gente de allí se resentiría de un entorno tan insípido. Sol todo el año, acceso inmediato a la playa y humedad en su justo punto les aseguran no llegar a sufrir siquiera.

Quizás era eso lo que había convertido a Richard Collins en asesino: una dirección en Corbin y Parthenia.

Al cabo de un rato comprendí que algo aparte del paisaje enturbiaba el humor de Cal.

– ¿A qué viene esa cara?

Hizo una pausa, imagino que reflexionando sobre si volvíamos a ser amigos o no.

– Me fastidia esta cita. El tío podría ser un personaje de tus libros si escribieras novelas de terror.

– ¿Tanto te fastidia?

– Cuando mi gata maulla así, quiere decir que tiene hambre. Cuando mi gata maulla asá, quiere decir que me quiere.

Reí, él no.

– Nada que ver con tu ex, ¿eh? -dije.

– Se ha vuelto a casar. Con un agente. Tiene cara de «dame un puñetazo» y se llama Jeremy. ¡Jeremy! -Cal meneó la cabeza.

Decidí no hacer más preguntas.

Dejamos la autovía y nos detuvimos frente a un bloque de pisos parecido a todos los que habíamos dejado atrás. Cal se apeó del coche, pero yo permanecí un rato dentro, dándome cuenta al fin de lo que se avecinaba. Íbamos a presentarnos en casa de un hombre que podía haber matado a dos mujeres… para luego incriminarme a mí. Me pregunté qué me detenía. La duda, como un cuchillo de fría hoja en la base de mi columna. ¿Y si descubríamos que Collins era el tipo que buscábamos pero que solo me había colgado un asesinato? ¿Y si las miradas de odio de los Bertrand en el juicio estaban justificadas?

Cal rodeó el coche y se inclinó hacia mi ventanilla.

– ¿Te vas a rajar ahora?

Negué con la cabeza.

– Pues quizá deberías. El año pasado nos presentamos en casa de un tipo que se cagó en las manos para que nadie quisiera esposarlo.

– ¿Cómo puede alguien llegar a ese extremo?

– Su papá le apagaba cigarrillos en la frente. Su mamá no le colmaba de cariño. Demasiado Black Sabbath antes de la pubertad. -Cal se enderezó-. A veces no hay ninguna razón concreta. A veces la gente está jodida y punto.

«Sí -pensé-, pero es más interesante si hay razones.»

Cal echó a andar hacia la escalera y tuve que apresurarme. Metió rápidamente la mano por dentro de su americana y soltó el cierre de la pistolera. Una de las ventanas del apartamento 11 B daba a la galería. Estaba abierta unos centímetros, pero la cortina estaba echada.

Cal se situó a un lado de la puerta y golpeó ésta con la base de su linterna.

– ¿Richard Collins? Policía de Los Ángeles. Abra, por favor.

Ruidos en el interior, quizás una silla al caer.

– Por favor, abra. Sólo queremos hacerle unas preguntas.

– ¿Qué coño queréis?

– Señor, haga el favor de abrir la puerta ahora mismo. -Pasos en el interior-. O utilizaremos gases lacrimógenos.

Me miró y negó con la cabeza para tranquilizarme.

En vista de que el tipo no abría, Cal fue a coger un extintor de incendios que había pasillo abajo y volvió. Tiró de la anilla y luego lanzó un chorro de dióxido de carbono por la abertura de la ventana. Oímos un alarido, y de inmediato Collins salió al pasillo con los brazos en alto.

Cal lo puso rápidamente contra la pared para cachearlo.

– Vamos dentro.

E1 piso olía a marihuana. Mientras Cal lo mantenía a raya, inspeccioné la sala comedor. Había una mesa arrimada al rincón junto a la pequeña cocina. Un tenedor sobresalía de un cazo con espaguetis recalentados. Había una silla volcada de lado, una camisa naranja chillón enredada en el respaldo.

– Yo no he hecho nada, tío. No me conviene una tercera condena.

– ¿Dónde estuviste la noche del veintidós de enero? -preguntó Cal.

Debo reconocer que la cara de sorpresa de Collins pareció genuina.

– Yo qué sé. ¿Cuándo dices?

En el fregadero, medio escondida, la típica bolsita de diez dólares de hierba. Cuando levanté la vista, Collins me estaba mirando con cara de pánico.

– Hace tres noches. El jueves -aclaró Cal.

– Estaba trabajando.

– ¿Entre las diez y media y las dos de la mañana?

Enderecé la silla, y con ella la camisa colgada del respaldo.

– Trabajando, tío. Habla con mi encargado, puedes comprobar que fiché. Soy reponedor y trabajo de noche.

– ¿Dónde?

Miré el logotipo cosido en la pechera de la camisa. Decir que sentí pesadumbre sería quedarme corto. Cal miró hacia donde yo estaba y vio el uniforme en el instante en que Collins respondía:

– En Home Depot.

Cal reprimió la risa, pero fue en vano: al momento estaba doblado con las manos en las rodillas, partiéndose de risa.

– Eh, un momento -dijo Collins-. ¿Qué pasa aquí?

Desde la cocina formulé una pregunta que, en retrospectiva, me parece estúpida.

– ¿Recuerdas haberle vendido cinta aislante a alguien?

– No trabajo en planta. Yo sólo descargo. ¿Cinta aislante? Pues claro. Cajas y más cajas. Si habláis con el encargado, no le digáis que tengo antecedentes. Mentí al solicitar el empleo. No podía rehacer mi vida teniendo un historial por drogas.

– Descuida -dijo Cal. Collins no dejaba de mirarme.

– Si me pillan por tercera vez, me joden bien jodido. Podrían caerme de veinticinco años a perpetua. Pago pensión alimenticia por un hijo. Aparte de las drogas, estoy limpio de todo.

Mi fervor investigador había convertido a Collins de pobre fumeta en asesino salvaje. Y al hacerlo había estado en un tris de joder su vida mucho más de lo que estaba la mía, pues Collins no tenía ningún tumor cerebral al que agarrarse. Fingiendo que me lavaba las manos, dejé que el agua empujara la bolsita de hierba triturador abajo.