– No te preocupes por eso -dije.
Cal no me dirigió la palabra cuando volvimos al coche. Antes de salir había contactado por teléfono con el encargado de Home Depot para confirmar que Collins había estado allí la noche del 22 de enero. Yo había encontrado una pista, pero tan cargada de condicionales que era casi inservible. Si el envoltorio pertenecía a la cinta aislante del asesino, entonces éste la había comprado en el Home Depot de Van Nuys. Si lo había hecho cerca de donde vivía, entonces era residente del Valle. Dos condicionales no harían avanzar mucho la causa del equipo de casa.
Subimos al coche. Esperé a que Cal aullara, pero lo único que hizo fue mirarme de soslayo y decir, con una sonrisita:
– Mejor dedícate a seguir escribiendo.
Lioyd me telefoneó al móvil mientras yo volvía en coche de casa de Cal.
– ¿Cómo ha ido?
Se lo expliqué.
– Vaya -dijo-. Siento añadir sal a la herida, pero han llegado las pruebas de ADN y de la lona encontrada en tu basura. El ADN es tuyo. No digo que eso destruya tu coartada, sólo quería informarte.
Le di las gracias y colgué. Volver a casa me hizo pensar de nuevo en los desperfectos de mi puerta y en la nota de Preston sobre el peligro que eso podía significar. Llamé a información y conseguí el número de una de las empresas de alarmas antirrobo que se anunciaban en postes metálicos clavados en los arriates del vecindario.
– Lo siento, amigo. No puedo mandarle a nadie hasta el martes, o quizás el miércoles.
– ¿No será que trabaja para la compañía telefónica?
– ¿Cómo dice?
– Nada. Olvídelo.
Le di mi dirección y quedamos en una hora. Luego llamé a Home Depot pensando que me debían una -o yo a ellos-, pulsé números según me dictaba la voz artificial y dejé un mensaje para el departamento de puertas que sin duda no me devolverían, pero me quedé con la sensación de haber actuado acorde con las notas de mi editor.
«Richard Collins. Reponedor de cinta aislante para uso eléctrico. Sigue así, muchacho.»
Decidí dedicar el resto del trayecto hasta mi casa en sentirme mal. Pero me pasé de la raya. Al llegar, estaba demasiado agotado para fumarme un cigarro en la terraza, de modo que me aposenté en la butaca de leer y reflexioné sobre mis errores. Al cabo de un rato, harto de mí mismo, puse la tele.
La humedad, baja; las noticias sobre terrorismo, abundantes. Un día más en Norteamérica. ¿Y qué estaban reponiendo en la TNT? Hunter Pray. Cómo no, allí estaba Johnny Ordean, con un cuello de clérigo que le sentaba mal y sosteniendo la cabeza chorreante de un cabronazo sobre un hediondo retrete. «Escúpelo o te bautizo otra vez.»
Santo Dios.
El ruido de la cisterna al vaciarse disparó mi dedo de zapear. Un huracán de nombre sugerente estaba arrasando la costa de Georgia. Los presentadores de informativos envalentonaban a los terroristas. Un cantante adolescente había estado involucrado en un topetazo en el cruce de Fairfax y Le Brea, y un equipo de informativos había acudido allí para registrar los desperfectos y las palabrotas pronunciadas.
Mientras yo me ocupaba de mis cosas, el mundo seguía en movimiento.
Pulsé el botón de off y me quedé sentado en la semioscuridad. No existe silencio más lastimero que el de una casa vacía cuando se apaga el televisor. Ahora que los medios de comunicación habían dejado de tratarme como un trapo sucio, me sentía abandonado.
Los cojines del respaldo del sofá, desparramados por Preston, me hicieron pensar de nuevo en Genevieve. Antes de ponernos a mirar una película o una representación de ópera, ella solía desmontar el maldito sofá y ordenarlo de nuevo a su antojo, lo cual solía implicar transformarlo en una poltrona de ante de imitación, elevándola a ella cual Cleopatra en la barcaza. Y desde su regio trono, me miró ahora con aquellos franceses ojos suyos, implorantes.
– Estoy en ello -dije-. Todo el mundo sufre sus reveses. Acuérdate de Waterloo.
Se desvaneció al sonar el teléfono móvil.
– ¿Quién es el mejor?
– ¿Barry Bonds? -aventuré.
– Chic Bales, hombre.
Le expliqué lo de Collins, el (inocente) fumeta a sueldo de Home Depot.
– No desesperes, Chicken Little. He conseguido un grafitero. Salimos a primera hora de la mañana.
Después de colgar me quedé mirando el sofá, pero Genevieve no reapareció. No la culpé. Yo era muy mala compañía, igual acababa metiéndole un cuchillo de deshuesar entre las costillas.
Subí a mi cuarto y dormí esporádicamente. A la una de la madrugada estaba totalmente despierto. La hora de Genevieve. Cada silbido del viento era una mosquitera rasgada, cada crujido de la casa un pie pisando con cautela. Fui encendiendo luces, cogí unos trozos de contrachapado que tenía en el garaje y los claveteé de través sobre las ventanas rotas de mi puerta principal.
Volví a mi habitación y me tumbé a oscuras, rodeado de sombras familiares.
«Tienes que aceptar lo que venga, y lo único que importa es que lo encares con valor y con lo mejor que tengas que ofrecer.»
Había cometido una estupidez. Eso no era una novedad. Había pasado la tarde estrujándome la sesera. Tampoco es que tuviera nada mejor que hacer. Había jugado una carta con Cal que podría haberme reservado para más adelante. Bueno, ¿y qué? Me quedaban más en la manga. El día de mañana (al cabo de unas horas) podía aportar un testigo en forma de artista del spray, otro cadáver, un tsunami que nos dejara a todos respirando con escafandra.
Yo estaba comprometido en esta historia: por Genevieve, por Kasey Broach, por mí mismo. Formaba parte de la trama. Tras la sangre, el sudor y las lágrimas vendría un final, favorable o no.
Por primera vez desde que había despertado en aquella cama de hospital, dormí profundamente.
Capítulo 18
Me reuní con Chic en una zona de Compton que había sido revitalizada, lo cual quería decir que los adictos al crack parecían mejor alimentados.
Se inclinó hacia mi ventanilla y dijo:
– El padre de Genevieve invirtió en una empresa propietaria de una boutique donde una vez Kasey Broach compró jabón. Ambas compraron neumáticos en el mismo proveedor, Broach personalmente, y Genevieve a través de su mecánico en el concesionario Lexus.
– ¿Qué nos da eso?
– Nada importante que anotar en el marcador. -Sonrió-. El tipo de la base de datos es muy bueno sacando información, pero no necesariamente buena información. Veremos qué más puede averiguar. No creo que saquemos muchas conexiones entre las dos; lo que sería cojonudo es que saliera algo entre Broach y tú. Si además vincula a Genevieve, perfecto. -Mientras cruzábamos la calle, Chic señaló hacia un almacén con un gesto de la barbilla-. Ahí tiene su estudio de arte el chico en cuestión.
– ¿Su estudio de arte?
– Eso he dicho. Y procura no hacerme ruborizar llamándolo grafiti.
– ¿Cómo quieres que lo llame?
– Arte de aerosol.
– Oh, por supuesto.
Al entrar nos topamos con una mujer obesa sentada detrás de un mostrador, soplándose unas uñas que eran el doble de largas que sus manos. Levantó la vista y arqueó las cejas como si la hubiéramos pillado desnuda en un probador.
– Mi amigo Engelbert Humperdinck está buscando a Bishop -dijo Chic, señalándome-, pero no quería venir solo porque tiene miedo de que lo metáis en una marmita de caníbales.
– ¿Uno de los negros?
– Exacto.
– Déjeme ver. -Se apartó del mostrador y desapareció por una puerta metálica. Su voz sonó a través de las paredes-. ¡Bish! ¡Vienen a verte! -No nos llegó la respuesta, pero ella añadió-: Pues otro día te sientas tú en la recepción, majo.