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Un muchacho con síndrome de Down estaba sentado en uno de los maltrechos columpios, sujetándose la cabeza con las manos y llorando.

– Quie-ro a mi ma-má…

Uno que llevaba una sudadera verde le espetó:

– Pero si la mataste tú, subnormal.

– Ya lo sé. Ya lo sé.

«Nunca más volveré a quejarme de nada», pensé para mis adentros.

Había un chaval latino, flacucho, con una cazadora Lee, vaqueros acampanados y zapatillas Ked. Parecía que se le hubiera sentado encima el hombre más gordo del mundo. Al volverse para cuchichear con otro conspirador, vi que la espalda de su chaqueta estaba decorada, o personalizada. Creo que lo llaman arte de aerosol.

– ¿Junior?

Se acercó a mí, se sentó a mi lado y corrigió el modo en que yo había pronunciado su nombre.

– Perdona. ¿Esto lo has hecho tú? No soy poli, sólo un admirador.

Miró el papel doblado y sonrió.

– Sí, yo mismo.

– ¿Lo pintaste el jueves pasado por la noche?

– ¿Cómo lo ha sabido?

Señalé las plumas de paloma pegadas a la pintura.

– Todavía estaba húmeda. ¿A qué hora estuviste allí? -Tardé un poco en darme cuenta de que dudaba-. Tranquilo. No le diré a nadie que te escapaste.

– Tarde. Yo diría que… bueno, entre las doce menos cuarto y las dos menos diez.

– ¿Estás seguro?

– De lo último sí. -Me enseñó un aparatoso Sanyo-. Mi reloj pita a la hora en punto. Recuerdo que pitó cuando volvía en bici, más o menos a mitad de camino.

En la primera foto de la escena del crimen ponía las 2.07. Eso me hizo preguntar:

– ¿Por qué no terminaste la pintada?

– Algo me interrumpió.

– ¿Un coche?

– Sí.

– ¿Viste qué clase de coche era?

– Yo lo veo todo, colega. -Notando mi ansiedad, me miró a los ojos-. ¿La señorita Caroline le ha dado permiso para estar aquí?

– No ha dicho lo contrario.

– Ya. ¿Todavía no la ha visto? Quiero decir en persona.

– Pues no.

Sonrió como un loco.

– ¿Por qué lo dices? -pregunté.

– Disculpe, señor.

Volví la cabeza y vi a una mujer de pie a mi lado. A primera vista, su cara era como una bella máscara hecha pedazos. Una cicatriz le nacía en la línea del pelo, torciendo hacia la sien; otra empezaba debajo de un ojo y salvando los obstáculos de sus labios partía el borde de su boca.

Se me cayó el tazón, probablemente no tanto por la sorpresa cuanto por el vidriado de la cerámica, pero en cualquier caso el efecto fue el mismo. Me sentí como una heroína de Jane Austen, sosteniendo la taza de té sobre el platillo con mano temblorosa mientras escucha los chismorreos en la pista de baile. Mi bochorno fue en aumento con cada arco que la parte intacta del tazón describía en el suelo, y Junior aguantándose la risa no me ayudó mucho.

– Lo siento -dije-. Se me ha resbalado.

Su expresión no dejó entrever nada. La muesca de sus labios no se juntó, y el sendero de la cicatriz más larga parecía igual de caprichoso. Las marcas habían perdido color, la piel estaba ligeramente moteada en algunos sitios y supuse que eran rasguños ya curados. Estaba encaneciendo, pero como si le hubiera sucedido de golpe. Su pelo había perdido brillo y tenía un tono sándalo sucio. Lacio, recogido atrás mediante un lápiz. Sus facciones, vistas entre los desperfectos, eran impresionantes. Glaciales ojos verdes, boca delicada, pómulos que acentuaban unas preciosas mejillas.

Le tendí la mano.

– Soy Drew Danner.

– Le he reconocido del juicio.

Junior miró al de la sudadera verde, que movió los labios diciendo: «Es verdad, tío».

– Junior, haz el favor de ir a tu cuarto.

– Señorita Caroline…

– ¡Ahora!

El chico se dio prisa en obedecer. Yo también me la habría dado.

– ¿Qué quiere, señor Danner?

– Estoy tratando de averiguar qué ocurrió en realidad. Sólo quería hacerle unas preguntas a Junior.

– ¿Y pensó que podía venir aquí a interrogar a uno de mis chicos sin pedirme antes autorización?

Me obligué a sonreír.

– ¿Un poco de amabilidad para alguien que ha padecido un tumor cerebral…?

– No me venga con ésas, macho.

– Mecachis.

– Recoja lo que ha tirado y lárguese.

Me dejó sentado en el tiesto. Los chicos que quedaban se rieron de mí, incluido el mongólico, y el chaval de la sudadera verde me sacó la lengua. Yo necesitaba la descripción del coche que había interrumpido a Junior mientras terminaba su pintada, pero no se me ocurrió cómo acceder a él sin pasar por encima de nadie. De momento.

Recogí los trozos de cerámica y encontré un cubo de basura al entrar en un pasillo. Desde allí pude oír las voces airadas de Caroline y la monitora.

– El juez Celemín ya está harto. Si Junior se salta otra comparecencia, irá directo al correccional.

– ¿Qué podemos hacer, Caroline? He de pagar la fianza de Patrick, pero ya, y el conductor se ha esfumado. Vale, no pasa nada, no hay nada que…

– Claro que pasa. Debería haber previsto que necesitaba tener más personal disponible, y ahora por mi culpa puede acabar en el correccional.

Las dejé enfrascadas en los sinsabores de las empresas altruistas.

Estaba ya arrancando cuando un golpe en la ventanilla de mi lado me hizo dar un respingo. Caroline Raine me indicó por gestos que bajara el cristal. Presentí que cuando Caroline Raine sugería que hicieses algo, tenías que hacerlo. Me puso un documento encima del volante.

– Firme esto. Aquí abajo. Ya es un Gran Hermano. Autorizado por nuestro centro. Lleve a Junior al juzgado… ya va con retraso. Sólo perderá una hora de su tiempo, y con eso le ahorrará a Junior el tribunal de menores.

Ya me imaginaba la cubierta de mi próximo libro: «Los martes con Junior».

– ¿Me está tomando el pelo?

– De camino podrá hacerle todas las preguntas que quiera. Aunque no conseguirá nada.

– ¿Cómo sabe que no soy un psicópata o algo así?

– Ojo clínico que tiene una.

– Me juzgaron por asesinato.

– Locura temporal es una nadería comparado con lo de estos chicos. Junior se lo comerá vivo.

– Pues que se ande con ojo porque debo de ser tóxico, con todo lo que he pasado -repuse-. Bien, supongo que podré manejar a un chaval aunque se me ponga gallito.

Capítulo 20

– De modo que alguien te interrumpió, ¿eh? ¿Qué clase de coche era?

– Déjame tranquilo, colega. Tengo tribunal. Siempre me pongo nervioso cuando tengo tribunal.

– ¿Vas muy a menudo? -Mi pregunta recibió la mueca que merecía-. ¿Por qué ha sido esta vez?

– Por pintar, ¿qué, si no? -Junior manipuló la radio del coche y empezó a dar botes mientras el ritmo hacía vibrar las ventanillas-. ¿Y tú qué, colega? ¿Miraste mal a un asesino?

Bajé el volumen y se lo dije, preguntándome qué demonios me había entrado para explicarle todo eso a un delincuente juvenil harto de la vida. Repetirlo, como reescribir mis cosas, me ayudó a aclarar vacíos y puntos débiles, a detectar lo que requería investigar más a fondo.

Cuando hube terminado, Junior me sorprendió diciendo:

– Joder, colega, qué putada. ¿Sabes lo que necesitas? Tendrías que conseguirte un perro.

– ¿Un perro parlante que resuelva crímenes?

– Mira, un tío se cuela en tu casa, te da un tajo en el pie y eso. Un perro te protegería, colega. Yo tenía uno que era mezcla de dóberman y rottweiler. Con un perrazo así no tendrías que preocuparte de nada, tío. Al menos dentro de tu castillo.

Concedí que no era mala idea. Metí el coche en el aparcamiento del Tribunal de Menores de Eastwood. Miré los dibujos que Junior llevaba pintados en la espalda de su cazadora mientras él se apeaba.