Junior se abrazó al cuello de Xena y rompió a llorar.
– Te van a matar, pobrecita. -Se mecía abrazado al perro, el cual, para completar la pietà, se había dejado caer-. Te van a llevar a la perrera y allí te inyectarán veneno.
Esto duró varios minutos, con pequeñas variantes.
– Está bien -dije al cabo-. Me llevaré el maldito perro.
Junior sonrió y se puso a dar brincos, y recordé que sólo tenía catorce años. Luego me tendió la mano con la palma hacia arriba. Había cerrado el grifo de las lágrimas.
– ¿Qué significa esto?
– Te llevas un perro guardián de primera categoría. Son cincuenta dólares.
– ¿Rescato a Xena y encima he de pagar?
– Pues claro, tío. -Sonrió-. Es una princesa guerrera.
Esbocé mi mejor sonrisa de Gran Hermano:
– Ni lo sueñes, «colega».
Xena iba en el asiento de atrás, asomando la cabeza entre nosotros. Las farolas rotas de Rampart poco podían hacer para camuflar la llegada de la noche.
– ¿Podemos parar a coger un poco de pintura? -pidió Junior.
– Me temo que eso sería faltar a mis obligaciones.
Chasqueó la lengua y se dejó deslizar en el asiento, cruzado de brazos.
– Tú eres escritor, colega. ¿Qué harías si tu arte fuese ilegal? ¿Dejar de escribir? -Paré bajo la rampa de la autovía, y Junior miró en derredor-. Oye, ¿y es legal esto de llevar a un menor al lugar de un delito?
– Hace unos minutos eras un cruce entre Belcebú y un vendedor de cuchillos Ginsu, ¿y ahora eres un menor?
No respondió, ni falta que hacía. Su argumentación era más fuerte que mi réplica.
– Mira, Junior, si coges más pintura violarás la condicional y te meterás en un lío aún peor.
– Y qué. Me gusta la condicional. Ya me va bien quedarme en Hope House. La señorita Caroline es superguay. No quiero marcharme. Tengo comida y cama gratis, y puedo seguir pintando.
– Me parece que no acabas de entenderlo.
– Bah -bufó ante mi ignorancia.
Echó a andar y me mostró el sitio donde se había detenido el Volvo. La tierra había sido peinada por el viento y pisada por innumerables pies. Fue decepcionante, pero me aferré a la pista que él me proporcionaba. Un Volvo marrón, abollado en el hueco de la rueda delantera derecha, con una matrícula que empezaba por siete.
De vuelta en el coche, Junior dejó que Xena le lamiera la cara mientras yo llamaba por teléfono a Lloyd. En el trabajo me salió el buzón de voz, y en casa el contestador. Me disponía a arrancar cuando alguien golpeó la ventanilla de mi lado y me deslumbró con una linterna.
Bajé el cristal y me encontré mirando de frente el peligroso perfil de una pistola.
Capítulo 21
El poli mantuvo encañonada a Xena, que estaba tan tranquila rascándose la papada contra el reposabrazos de Junior.
– ¿Qué se le ofrece, agente?
– Documentación.
Le tendí mi carné. El agente lo miró, arrugando la nariz, y luego desvió la linterna hacia Junior.
– ¿Cuántos años tienes?
– Catorce.
La linterna me cegó otra vez.
– ¿Sabe que este chaval es menor de edad?
– ¿Eh? Oiga, se equivoca. Soy su Gran Hermano.
– Sí, claro. Y supongo que tendrá alguna documentación que lo acredite.
Imaginé la cara que pondría Preston.
– Pues no. El papel firmado está en Hope House, el centro donde vive este chico.
– Número de teléfono, por favor.
Miré a Junior, y éste dijo un número de carrerilla. El poli volvió a su coche patrulla. Entre los gruñidos satisfechos de Xena y las risitas de Junior, audibles pese a que tenía la boca tapada con la mano, traté de formular un plan de acción.
No tuve tiempo. El poli ya estaba de vuelta.
– No contesta nadie -dijo. Apuntando con la pistola a la princesa guerrera, preguntó-: ¿Es suyo el perro, señor?
– Sí -respondí.
– Salgan del coche y déjenlo dentro.
Miré hacia atrás. Un tipo corpulento me apuntaba con un arma a la cabeza, y Xena seguía tan campante dejando el coche perdido de babas.
– Menudo perro guardián.
Junior se encogió de hombros.
– Está entrenada para respetar a la autoridad.
– Mire -le dije al poli-, si me permite hacer una llamada…
– Ya he llamado yo. No responde nadie. Haga el favor de apearse del vehículo y ponga las manos sobre el techo.
– ¿Está de broma?
– Pues sí.
Obedecí. Una vez fuera del Highlander. Vi cómo la perra se instalaba cómodamente en el asiento de atrás.
– Baja, Xena -dije.
La celda de la comisaría de Rampart estaba asombrosamente limpia, pese al tufillo a vómito reinante. Me pusieron aparte de Junior, claro, no fuera que siguiese corrompiéndolo. Tras una eternidad, la cara de Caroline Raine apareció entre los barrotes. Nunca me había alegrado tanto de ver a alguien.
– No es usted buena compañía -dijo.
Me levanté del pegajoso banco de la celda.
– ¿Es sólo una suposición?
Dejamos a Junior en Hope House y luego Caroline me acompañó a recoger el Highlander. Hice salir a la perra, y Xena fue trotando hasta un arbusto, donde se agachó y echó una meada.
Apretando los labios, evidentemente divertida, Caroline preguntó:
– ¿Ése no es el perro de Junior?
– Es una princesa guerrera.
Silbé para que Xena regresara al coche.
Caroline se estremeció.
– La otra noche hubo un asesinato aquí -dijo.
– Ya. Y me lo cargaron a mí. Alguien se tomó muchas molestias, pero esta vez yo tenía una coartada.
Asintió ligeramente con la cabeza; no era una mujer que se dejara impresionar.
– ¿Qué coartada?
– Me grabé con una videocámara mientras dormía.
– Es usted un hombre de hábitos extraños.
– Si quiere que se lo explique, tendrá que dejar que la invite a cenar.
Se rio, un tanto incómoda.
– ¿Es una cita?
– Es un modo de darle las gracias.
Pareció aliviada.
– Hay buenos sitios donde escoger en esta zona -dijo-. ¿Le parece bien Pepe's House?
– Perfecto.
Caroline estaba tomando una cerveza y yo un ginger-ale. Restos de hamburguesa y patatas fritas al queso adornaban nuestra mesa. Unos cuantos clientes en la barra, una mesa de billar sin jugadores, los Rolling Stones recordándonos desde la máquina de discos que no siempre puedes conseguir lo que quieres. Habíamos recorrido en caravana unos cuantos kilómetros hasta una zona menos deteriorada. Xena estaba dormitando tranquilamente en el asiento trasero del Culpablemóvil, vigilando con sus instintos de asesina sanguinaria.
Caroline había hecho gala de una insistente curiosidad a lo largo de la cena. Mantenía todo el tiempo el contacto visual -quizá por hábito de terapeuta-, pero eso no me incomodó tanto como me habría temido. Sorteé sucesivas e incisivas preguntas sobre mi juicio, mis hipótesis, mi actual investigación y el colofón de Junior y yo en el trullo.
– Es un chaval muy listo -dije.
– Lo abandonaron de bebé en la calle; todavía llevaba el cordón umbilical. Es un presidiario de por vida, y gracias a eso ha aprendido unos cuantos trucos. -Bebió otro sorbo de su Corona-. Le cae usted muy bien. Tal vez debería verle. Bueno, quiero decir después de su cita con los tribunales de mañana.
– Quizá no me vendría mal hacer algo por otra persona -dije.
– Yo no me fío de nada que no tenga un motivo egoísta. Hágale de Gran Hermano si quiere, pero por usted mismo.
Su rostro se había endurecido. Lo estudié tratando de descifrar sus cambios de humor, algo que había perfeccionado durante mi relación con Genevieve. Me costaba no mirar las cicatrices. Sus líneas eran limpias, si bien melladas, de donde deduje que habían sido producidas por una navaja o cuchillo, probablemente resultado de una agresión. Me di cuenta de que corría el riesgo de encontrar la cara de Caroline fascinante por sí misma. Aparte de los daños, su piel era tersa, bien cuidada con cremas. Habría apostado a que antes se sentía orgullosa de su piel; tal vez era lo bastante astuta como para seguir valorando su atractivo. Pese a ser delgada, tenía curvas que marcaban sus músculos, una variación entre lo duro y lo blando que parecía encajar muy bien con su personalidad. Era unos años mayor que yo, cerca de los cuarenta, pero sus manos de palmas arrugadas eran la única parte que denotaba su edad. Parecían unas manos suaves e indulgentes, más frágiles que el resto de su cuerpo.