No vi a su amigo hasta que el puño apareció por mi flanco derecho. Me aparté rápidamente y el golpe me rozó la mandíbula, y entonces oí un golpe sordo y un taburete que caía. Tambaleándome, vi cómo Caroline inmovilizaba al musculitos en el suelo, retorciéndole un brazo mientras con el zapato le presionaba la jeta contra la moqueta raída. La chica estaba con la boca abierta y una mano sobre sus dientes perfectos. Había palidecido notablemente. A lo mejor era buena actriz, después de todo.
Caroline me miró.
– ¿Nos vamos?
Asentí con la cabeza, y ella soltó al tipo. Esta vez no me rezagué. Una vez fuera, nos detuvimos entre nuestros coches. Xena estaba aposentada al volante del mío, meneando su trocito de rabo.
– Eres un escritor de segunda con una boquita de primera -dijo Caroline.
Busqué alguna réplica ingeniosa -o una réplica sin más-, pero tenía bloqueo de escritor y encima me dolía la mandíbula. Me la toqué con cuidado.
Caroline suspiró.
– ¿Cómo estás?
– Avergonzado.
– No; me refiero a tu mandíbula.
– También está avergonzada, la pobre.
– Ya. -Se cruzó de brazos-. ¿Qué lecciones habría que extraer de todo esto?
– ¿Nunca juegues con una chica que llama Charlie a su taco de billar?
– Primera: he aquí una chica que sabe cuidarse sola. Segunda: no empieces una pelea que no eres capaz de terminar.
Pasaron varios coches haciendo sonar el claxon. Por la puerta de la cocina del local escapaban humos condensados.
– Nadie te había concedido el privilegio de cabrearte ahí dentro -añadió Caroline.
– Me preguntabas qué saqué del juicio. Bien, supongo que tolero menos que antes la malicia ajena.
– Sí, sé de qué va eso. Yo antes iba por ahí como una defensora de pleitos perdidos sintonizando con todas las fragilidades humanas. La chica obesa que asiente demasiado con la cabeza cuando la gente habla, deseosa de mostrarse considerada. La anciana que espera el autobús con el bolso metido en una bolsa de plástico, por si llueve. La inmigrante de mediana edad que atiende pedidos en un McDonald's. Y entonces me di cuenta de que iba de Teresa de Calcuta y pensé que valía la pena reservar para mí misma una parte de esa solidaridad.
Me acordé de cuando la había oído lamentarse en su oficina: «Claro que pasa. Debería haber previsto que necesitaba tener más personal disponible, y ahora por mi culpa puede acabar en el correccional».
Caroline pareció leerme el pensamiento.
– Y no es que se me dé muy bien, pero he descubierto una cosa.
– ¿Cuál?
– No puedes pasar por la vida (la cual es una jodida y frágil empresa) sin sufrir daños. Ni pensarlo. A menos que seas totalmente insensible o tengas la cabeza enterrada en la arena. Todo el mundo está jodido, lo que pasa es que algunos lo llevamos con gracia. Y cuando no quieres ver eso en ti mismo, lo ves en los demás.
Subió a su coche, puso la marcha atrás y luego bajó la ventanilla.
– Eso es lo que tú no entiendes en esas noveluchas que escribes. Todo el mundo es bueno y todo el mundo es malo, según lo dispuesto que estés a fijarte bien.
Capítulo 22
Llamé otra vez a la puerta de madera de tsuga y atisbé a través de uno de los cristales deslustrados. Aunque había ido muchas veces a buscar a Preston, nunca le había visto dentro de su vivienda, una casa de dos habitaciones con balcón entre las vallas publicitarias de Sunset Boulevard. Caí en la cuenta de que siempre me había imaginado cómo sería por dentro: muebles italianos de anticuario, bañera de piedra, un ligero aroma a jabón de lavanda.
La puerta se abrió sólo un palmo. Por un momento, incluso pese a la proximidad, tomé a Preston por otra persona. Su pelo, normalmente impecable sobre la frente, parecía apelmazado, y además iba sin afeitar, con una incipiente barba entreverada de gris. Alcancé a ver las solapas de una bata. ¿No había salido de casa en todo el día? Incluso parecía un poco avergonzado.
– ¿No te dije que pasaba a recogerte para ir a una fiesta de etiqueta? -intenté bromear.
Su rostro estaba tenso; por una vez Preston no sabía qué decir. Carraspeó y abrió un poco más la puerta.
– He estado trabajando. No he tenido tiempo de arreglarme.
Lo dijo a la defensiva, y se me ocurrió que, en todos los años que le conocía, nunca me había invitado a su casa. Dado que él siempre parecía complacido de poder irrumpir en la mía con su propia llave, yo había supuesto que el trato suponía reciprocidad.
– ¿Llego en mal momento? -dije-. Si quieres, puedo…
– No, más vale que entres ya.
Me franqueó el paso y avanzamos por un pasillo corto y oscuro hasta la sala comedor. El mobiliario no estaba deslucido en absoluto, pero me chocó su vulgaridad. Un sofá estándar. Cocina con baldosas blancas. Un aparador de anticuario con grietas finas como cabellos; un par de golpes más, y a llamar al trapero.
Preston volvió a la mesita que había junto a la ventana, se sentó e indicó por gestos la otra silla. La mesa, inundada de secciones desordenadas del New York Times, no daba para más de una persona. Preston apartó la sección de arte y continuó con el bol de cereales remojados que supuse era su cena. Del albornoz asomó una pierna desnuda. La escena, pedestre y doméstica, no tenía nada que ver con el Preston que yo conocía. Nunca le había visto sin afeitar. Nunca le había visto de otra manera que pulcramente ataviado. Nunca le había visto tomar comida de supermercado. Era una escena perfectamente normal en una vivienda perfectamente correcta, y sin embargo la antítesis de la imagen que tenía de él, y lo notábamos los dos. No había ocurrido nada, pero era evidente que ambos nos sentíamos incómodos.
– Bueno, ¿qué es eso tan urgente que no podía esperar a que yo fuera a tu casa? -dijo sin levantar la vista de los cereales; una broma forzada.
– Esto te va a gustar -dije, pasando a la acción-. El chaval ese del que te hablé, Junior, ya sabes. Pues lo encontré en Hope House…
Pero el entorno continuaba distrayéndome. Un filtro de café usado sobre la encimera. Un solitario vaso en el fregadero, esperando pasar por el lavavajillas. Hojas de manuscrito con notas escritas por Preston en su habitual rotulador rojo habían colonizado casi todas las superficies planas de la vivienda. Pensar en él allí a solas, sin otra compañía que esos montones de papeles, resultaba extraño y triste a la vez. ¿Qué esperaba yo, que Preston editara en cócteles y fiestas privadas?
Encima de la atestada librería, junto al televisor, con dos tazones gruesos a modo de sujetalibros, había ejemplares de mis novelas en tapa dura, lo más parecido a una exposición. Preston me daba tanto la lata sobre mi manera de escribir, que ya me había olvidado de que quizá le gustaba. La posibilidad de que me valorara más de lo que yo suponía disminuyó curiosamente la estima en que le tenía. Preston, un editor que se expresaba mejor que yo, se había arriesgado a publicar mis últimos cinco libros, y desde entonces yo no había actualizado la opinión que tenía de él. Aunque nos habíamos hecho buenos amigos, por no decir íntimos, en el fondo siempre le había tenido instalado en el inescalable edificio de la edición neoyorquina, y le veneraba por haberme echado la primera mano. Por supuesto, sabía que en aquel momento, y especialmente ahora, yo era una buena oportunidad para él, pero tal vez representaba algo más. Como el resto de nosotros, Preston estaba sin blanca (a su nada grave manera), pero quizá también era vulgar y corriente como el resto de nosotros. Tal vez me necesitaba a mí tanto como yo a él.