Lloyd me estaba hablando.
– Perdona, ¿decías?
– Digo que yo no te he llamado. Negaré hasta el final que te haya enviado nada de esto.
– Yo también. Quiero decir que lo haya recibido de ti.
– Pasa el material a Kaden y Delveckio. Yo no puedo hacerlo sin contestar preguntas sobre cómo he llegado a estas conclusiones, y eso te implicaría a ti, lo cual quiere decir que tú me implicarías a mí. ¿Entiendes?
– Entiendo.
– Oye, siento lo de anoche…
– Por Dios, Lloyd, no hay ninguna necesidad de que te disculpes.
Tras un largo silencio, dijo:
– Tengo que colgar.
Yo no podía apartar la vista de la foto. Había algo de perverso en ese Morton, algo irracional en su aspecto. Daba mucho más la imagen del villano arrogante que Collins, nuestro reponedor de Home Depot. Era posible que Frankel matara mujeres por puro placer, eso explicaría la ausencia de conexiones entre Genevieve y Broach. Pero no explicaba por qué un asesino en serie quería dar con mis huesos en la cárcel.
Un ruido en la puerta me sobresaltó. Había olvidado que era el flamante y orgulloso dueño de un perro de guarda y protección. Xena entró pausadamente, se agachó y orinó en una caja de DVD de Hunter Pray que había en un rincón.
La había dejado dormir en la cocina sobre varias almohadas, pensando que el suelo era inmune a accidentes. Lo fregué lo mejor que pude y bajé con Xena a mi lado. Como no tenía comida de perro, freí un poco de carne picada, añadí sal y pimienta y un toquecito de curry como correspondía a una princesa guerrera. A ella pareció complacerle el resultado.
Gus llevaba varios días desaparecida. Seguramente los coyotes la habían pillado por fin, pobrecilla. Antes de dejar salir a Xena, eché un último vistazo al patio de atrás y brindé por mi ardilla desaparecida con un vaso de zumo de pomelo. Volví arriba y me duché. Preston llegó cuando estaba acabando de vestirme. Xena dio rienda suelta a sus instintos asesinos, olisqueándole el paquete y lamiéndole las manos de la manera más amenazadora.
Establecimos un brevísimo contacto visual; ninguno de los dos quería acordarse de mi intempestiva visita de la víspera, ¿íbamos a hablar de ello? ¿Hablar de qué?
Preston pasó rozándome al tiempo que se frotaba las manos. Directo al grano, como siempre.
– ¿Tienes más material para mí?
Dio un rodeo por la cocina, volvió con un vaso de ron con hielo y se instaló en el sofá, ajeno a los dos vasos sucios que él había dejado en la mesita baja en anteriores visitas. Xena se ovilló a mis pies, se dio un vigoroso baño de lengua y luego se quedó dormida. Mientras le estaba contando a Preston las novedades, llegaron los jardineros. La fiera perra no se inmutó cuando los cinco hombres, con mascarillas y armados de podadoras y grandes tijeras, fueron hacia el patio de atrás.
Preston se entusiasmó al ver la foto de Morton Frankel.
– ¡Menudo antagonista! -exclamó-. Hasta la cara le acompaña. Pero ¿Morton? ¡Mort! Habría sonado mejor Cyrus, o Bart, qué sé yo. ¿A quién se le ocurre ponerle Mort a un hijo? Es un nombre horroroso.
Le di mis últimas páginas, y Preston se retrepó en el sofá con las hojas sobre el regazo. Detecté en él una tristeza latente. ¿O acaso yo estaba proyectando la mía propia, después de haber visto su casa, tan solitaria como la mía?
– Oye -dijo-, estooo… -Insólita interrupción en él. Carraspeó para empezar de nuevo-: No me desenvuelvo tan bien cuando… Supongo que me desenvuelvo mejor cuando estoy fuera. Y ahórrate los chistes fáciles sobre armarios y demás. Se podría decir que vivo allí a tiempo parcial. Es un sitio para mí solo. Lo cierto es que no merece la pena tomarse demasiadas molestias. Ni siquiera llevo gente a casa. Lo tocan todo. Me siento como invadido.
– Invadido -repetí-. Claro.
Dejé a Preston leyendo en el sofá y a Xena tratando de morder el aire que salía de la rejilla de ventilación, y, con mis secretísimos documentos y mis diversas teorías, salí en busca de un detective.
– Ya que la otra noche te hice perder el tiempo, he pensado que merecías ser el primero en saberlo.
Esperé. Había encontrado a Cal en su casa, preparándose para abordar un nuevo día de delincuencia en el Westside. Alguien había raptado un perro caniche de un salón de manicura en Brentwood, lo cual significaba que Fifí se había ido por ahí de paseo, pero la dueña quería que la policía la ayudara a recuperarlo. La ética se inclina ante los perros de juguete. Bajé la vista para conectar mis auriculares y casi me despeño con el Culpablemóvil por una curva de Mulholland Drive.
– Oye -dijo Cal-, no sabes lo mucho que me gustaría meterme en esto (joder, ni te lo imaginas), y te agradezco mucho que me tengas al corriente, pero tendrás que llevárselo a Kaden y Delveckio. Yo ya no puedo hacer de detective privado. Mi jefe se enteró de nuestra aventura tipo Starsky y Hutch y se mosqueó que no veas.
Claro, de ahí que lo mandaran a solucionar lo de Fifí.
– Pero no le dije que tú estabas metido -continuó-, aunque probablemente se sabrá pronto. Se figuró que tenías muchos cabos sueltos y que yo era el tonto con la placa de poli.
– Caray, lo siento. ¿Y cómo se ha enterado tu jefe?
– Richard Collins ha presentado cargos.
– ¿Qué?
– Se ha hecho el ofendido, ya sabes.
– Ya me preguntaba yo si aquello fue reglamentario…
– Lo vi una vez en la lele. La guerra de Aiden.
El programa de Johnny Ordean. Me lo tenía merecido.
– Pues dile a Richard Collins que hice una foto con mi móvil de la bolsita de marihuana que él intentaba eliminar. Y que la envié, con fecha y hora, a mi ordenador mientras estábamos en su casa.
– ¿Eso estaba haciendo Collins? ¿En serio sacaste la foto?
– Lo primero sí, lo segundo no. Pero él no se arriesgará a comprobar si es un farol.
Cal soltó un suspiro de alivio. Un juicio habría echado por tierra sus opciones de cambiar de departamento.
– Sabes que te estimo mucho, Drew. Mira, no lo estás haciendo nada mal. ¿Lo de Richard Collins? Bueno, todos metemos la pata alguna vez, como yo mismo demostré en mi momento. Así funciona una investigación. Supongo que es como escribir. La jodes una y otra vez y sigues probando hasta que algo sale bien.
– Seguro que a ti te saldrá bien, Cal. Conseguirás ir a Robos y Homicidios.
– Sí, en cuanto le eche el guante al puto caniche. -Rio-. Oye, ya sé que me comporté como un gilipollas cuando viniste a pedirme ayuda la primera vez. Estaba cabreado porque me tenían en la división de West Latte y tú te cargaste a alguien y ni siquiera me avisaste a mí primero.
– La próxima vez te llamo al momento.
Kaden puso un puño como un ladrillo sobre los papeles que yo había puesto encima de su mesa.
– ¿De dónde has sacado estos documentos?
– Es ilegal que los tengas -aportó Delveckio-. Esto es información confidencial. Lo mismo que los archivos del caso que tu amiguito Cal Unger ha estado intentando obtener bajo cuerda.
– ¿Cal? ¿Cuándo?
– Ya. Es la primera noticia que tienes…
Lo era. Cal acababa de decirme que desde la bronca de su jefe se había apartado de la investigación extraoficial. ¿Había solicitado antes los archivos y no me había dicho nada? ¿O acaso mentía Delveckio? Siendo inspectores de la policía de Los Ángeles, ambos estaban en primera línea de salida para manipular pruebas. ¿Por qué iba Cal a querer mantenerlo en secreto? Porque perseguía un ascenso importante o porque me estaba ayudando, pero tenía que cubrirse las espaldas, pues estaba fuera de su jurisdicción. O por razones mas siniestras. ¿Qué me había dicho cuando le llamé la primera vez? «Opino que los tipos como tú sois unos cabrones explotadores.» Pero su nombre no aparecía en la lista del Volvo. ¿Me estaba volviendo paranoico? Sí. ¿Me equivocaba? Quizás. Anoté mentalmente pedirle a Chic que le pasara la información de Cal al usurpador de bases de datos privadas. Después haría que el tipo investigara a Chic. Y luego a sí mismo.