Kaden tenía razón al menos en una cosa: mi conjetura se apoyaba en demasiadas suposiciones. Era preciso conseguir más hechos concretos. Por ejemplo, si el Volvo marrón de Frankel tenía una abolladura en el hueco de la rueda delantera derecha.
Finalicé mi segunda vuelta al aparcamiento -no había Volvos de ninguna clase- y me dirigí hacia los otros edificios para ver si Frankel había aparcado por allí. Tampoco hubo suerte. Quizá se había largado a otro país. O quemado el coche para eliminar pruebas. O le había vendido el Volvo hacía cuatro meses a su compinche de póquer, el Asesino de la Zodiac.
Podía entrar en la fábrica con algún pretexto e intentar dar con Frankel. Pero había dos problemas: las máscaras de soldar y el hecho de que, si Frankel era el hombre que buscaba, el reconocimiento sería mutuo. Y si algo no quería yo, era que el tipo de las patillas puntiagudas supiese que le estaba siguiendo la pista.
Telefoneé a intormación e hice que me pasaran con las oficinas de la fábrica.
– Llamo de FedEx -dije-. Tengo un paquete para entregar a Mortie Frankel y necesito que me lo firme. ¿Está por ahí?
Una voz ronca:
– No cuelgue. Voy a comprobarlo. -Ruido de papeles y maquinaria de fondo-. Sí, sí está.
– Hay un atasco de narices en Burbank. ¿Hasta qué hora puedo encontrarlo ahí en la fábrica?
– Terminan a las tres. -Y colgó antes de que pudiera darle las gracias por tan excelente servicio.
Una auténtica sirena de fábrica hendió el aire: hora del almuerzo. Volví en coche al aparcamiento y observé cómo iban saliendo operarios a una especie de patio descuidado, donde procedieron a sentarse en bobinas de cable y maquinaria oxidada y a sacar sus termos y fiambreras metálicas. Vi salir más operarios del tenebroso interior, levantándose los protectores para dejar al descubierto caras enrojecidas y brillantes. Empezaba a perder toda esperanza cuando una silueta corpulenta irrumpió en el resplandor de mediodía. Miraba hacia otro lado, pero todo él despedía una vibración eléctrica, y no me sorprendí cuando se dio la vuelta. Se pasó la mano por la frente y soltó gotas de sudor hacia el suelo. Luego se sacudió el mono azul para airearlo un poco e intercambió unas palabras con otro trabajador.
Estábamos separados por unos cincuenta metros -el aparcamiento, la cerca, un trecho corto de pafio-, pero me pareció como si existiéramos en mundos separados, él con sus herramientas, el mono gastado y las chispas, yo con mi asiento de piel, bloc de notas y lunas tintadas. Me lo quedé mirando, repentinamente sudoroso pese a que tenía el aire acondicionado puesto. ¿Ese hombre había estado en mi dormitorio la noche del 21 de enero, viendo cómo yo dormía? ¿Me había drogado con Sevoflurane, me había sacado sangre y luego arrancado un pelo para introducirlo en la uña de Kasey Broach después de asesinarla? Y en tal caso, ¿por qué?
Había algo fascinante en Frankeclass="underline" mirarle me inquietaba, y sin embargo no podía quitarle los ojos de encima.
«Ojalá el asesino sea él, para no serlo yo», pensé.
Comprendí entonces que Kaden tenía razón en otra cosa. Frankel era «mío». Era mi sospechoso, y lo seguiría siendo hasta que yo dejara de serlo.
Vi cómo comía un bocadillo, flexionando las mandíbulas al masticar.
«Ya nos veremos», pensé.
Capítulo 26
Chic trastabilló tratando de alcanzar la bola alta que le había lanzado su hijo mayor, Jeremiah, gritando «¡Ya es mía! ¡Ya es mía!» para frenar a sus otros hijos provistos de guantes de béisbol de todas las tallas.
Atrapó la bola con el guante a la altura de la cintura y luego la dejó caer. Refunfuñando, sus muchachos empezaron a lanzarle guantes y se precipitaron sobre él mientras Chic se reía de la parodia de sí mismo, revolcándose por el césped de su jardín ampliado y cubriéndose la cabeza para protegerse de la avalancha.
Agarrando aquí un tobillo, allá una muñeca, le quité a los chicos de encima, llamándolos a todos por el nombre equivocado.
Angela salió de la casa y su mirada furibunda los mandó a todos (y casi también a mí) a lavarse para almorzar. Llevaba una bandeja con bebidas para los trabajadores que estaban montando -con mucha parsimonia- una estructura para juegos de última generación a la izquierda del pequeño campo de béisbol. Equipada con tobogán en espiral, escalera de cuerda y minirocódromo y provista en la parte superior de una falsa casita de árbol, aquel artilugio hacía que los juegos que había en Hope House parecieran un montón de chatarra.
Angela sirvió a los trabajadores y luego le dijo a su marido:
– Cariño, ve con Drew a la camioneta y súbeme un poco de queso blanco.
– ¿Va a ser una comida típica de negros sureños? -pregunté.
Angela asintió.
– Y, cariño, coge un regalo para la amiguita de Asia, la de los campamentos. Recuerda que sus padres le regalaron a Asia los Polly Pockets cuando estuvieron aquí.
Echamos a andar hacia el sonido todavía lejano de la campanilla de la furgoneta que repartía comida mexicana, y entretanto Chic me puso al corriente de los últimos hallazgos del experto en bases de datos. Había sacado varias de las coincidencias que Kaden y Delveckio habían mencionado, y algunas más que parecían irrelevantes. Broach y yo éramos socios de 24 Hour Fitness, pero acudíamos a locales diferentes. Ambos teníamos cuenta corriente en Wells Fargo. ¡Qué notición!
– Y hay otra tontería más, nada del otro mundo, pero quizá vale la pena investigar. -Chic hizo un mohín-. Tu amigo Delveckio contrató su seguro de vida a través del mismo agente que Adeline. -Y antes de que yo dijera nada añadió-: Sabía que pondrías esa cara de sorpresa, la misma que pusiste cuando lo de Cal Unger. -Aunque había accedido a investigar, Chic se había mostrado comprensiblemente escéptico respecto a que Cal fuera sospechoso-. Pero probablemente no es nada, como todo lo demás. Sólo una pregunta: ¿cómo es que una chica rica como Adeline necesita una póliza de seguro por un millón de dólares?
– Genevieve también tenía seguro de vida. Eran mutuamente beneficiarías, ella y su hermana. Por lo visto, su padre leyó en una revista que la gente con seguro de vida vivía más años y se arriesgaba menos.
– Es como comprarse un Subaru porque has oído decir que lo compra la gente con tensión arterial baja, ¿no?
– Eso pensé, pero resulta que Luc juega al golf con Warren Buffett y yo ensayo mis golpes cerca de la interestatal, así que, ¿de quién te vas a fiar? -Tensé los labios y me los mordí-. Ese detalle de Delveckio no me gusta nada.
Imagine al inspector en la sala de interrogatorios, sus rasgos débiles forzados a dar la mejor imagen de la ira. «Yo me ocupé de informar al pariente más cercano, a Adeline. Ojalá hubiera tenido tu videocámara para que pudieras ver su reacción.» Le repetí estas palabras a Chic, que se encogió de hombros.
– ¿No te parece raro que se refiriera a ella por el nombre de pila? -pregunté-. ¿Y para qué mencionarla, no digamos ya de manera tan emotiva? Y ahora, encima, tenemos una póliza de un millón de dólares.
Hizo un gesto para que me calmara.
– Esta ciudad es muy grande, pero la cuestión demográfica la reduce considerablemente. Vale, recurrieron al mismo agente. ¿Y qué coño importa eso?
Me incomodó no tener respuesta alguna. Además, ¿cómo encajaba Delveckio con Frankel, mi caballo ganador? Al igual que Cal Unger, Delveckio se topaba con varios Morts Frankels diariamente en su trabajo. Frankel podía ser un asesino a sueldo. O, dada la escasez de tejido conectivo, ambos polis podían ser pistas falsas. Delveckio y la hermana de Genevieve utilizaron al mismo agente. ¿Era esto más destacable que el hecho de que Kasey Broach y yo fuéramos a la misma cadena de gimnasios?