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Chic interrumpió mis pensamientos.

– Cuesta imaginar a Delveckio teniendo un lío con Adeline Bertrand; a ella la conozco, y a él le he visto, y difícilmente funcionarían como pareja. -Se sorbió los dientes, una costumbre que tenía para hacer una pausa-. Y aunque hubiera algo, ¿qué? ¿Para qué necesitarían otro milloncete? Si realmente hay una conexión, no es el agente. Puede que un tercero, sin conexión alguna con esto, les recomendara ese agente a los dos, por separado. Mientras tanto, es sólo una coincidencia más entre las muchas que se dan en esta ciudad. Seguiremos trabajando con las pistas digitales y nos centraremos en ver quién te hizo sudar cuando estuviste allí la primera vez. ¿Y eso fue…?

Quedé convencido de que Chic era una reencarnación de Sherlock Holmes en una etnia diferente. Le hablé de Morton Frankel y le pedí que lo hiciera seguir para ver si conectaba con los otros actores, vivos o muertos, de nuestra tragedia en curso. Chic, cómo no, arqueó una ceja al oír el nuevo nombre y escuchó pensativo mientras yo me extendía sobre las novedades del caso.

– ¿Qué piensas hacer ahora? -preguntó. Supuse que esperaba mi silencio, pues asintió con la cabeza y dijo-: Llámame si me necesitas.

Entramos en la tienda de la esquina y nos decidimos por unas trenzas de plástico para la amiguita de Asia.

– Así funciona la cosa -dijo-. Ellos compran chorradas para tus hijos y tú luego compras chorradas para los suyos. Para hacer ver que eres un tío bien educado.

En ese momento sonó mi móvil. Lo saqué del bolsillo y respondí.

– Estarás aquí a la una y media, ¿no es así?

Tardé unos segundos en reconocer la voz de Caroline. ¡Cielos! La cita de Junior en el tribunal.

– ¿Sigues ahí? -dijo ella.

– Verás, es que… estoy un poco liado. Quiero decir, más que de costumbre.

– Si no lo entendí mal -dijo Caroline-, tu presencia es una condición fijada por el juez.

– Eso parece.

– Lleva a Junior allí y luego quedas libre. Pero más vale que no le calientes la cabeza al chico con lo que se está jugando.

Por mi breve estancia en la cárcel, sabía que ése no era sitio para un chaval de catorce años que lloraba porque iban a mandar a su chucho a la perrera.

– Muy bien -dije.

– No te conviene tenerme como enemiga, Drew, en serio.

– Ya -dije-. Lo paso demasiado bien contigo.

Colgué mientras Chic iba hacia la furgoneta de la comida. Su jersey deforme, de un equipo de una liga secundaria, le caía hasta medio muslo. Eso, sumado a sus botas de baloncesto negras sin abrochar, le daba aspecto de haber entrado a saco en el armario de uno de sus hijos. Volvimos juntos en silencio. El sol arrancaba oleadas de calor del pavimento.

– ¿Era la psicóloga? -preguntó.

– Sí.

– ¿Te gusta?

– Mucho. Pero es un poco nerviosilla. Y temperamental.

– Siempre resulta más fácil hacer inventario de los demás.

– ¿A qué te refieres?

– Te escuché cuando hablaste de ella el otro día.

– Gracias por la aclaración.

Esbozó su amplia sonrisa, orgulloso de sí mismo, satisfecho del mundo.

– Esta vida nos supera, Drew. Y no hay solución. Todo el mundo, los cantantes, los actores, los deportistas, todo el mundo parece más joven que uno. Vale, de acuerdo, puedes acostumbrarte a eso. Pero luego te echas una siesta de diez años y te das cuenta de que has llegado a los cuarenta y que Jimi Hendrix tenía veinticinco años cuando grabó Purple Haze.

– Y veintisiete cuando murió.

Se tocó la sien.

– Uno iba a ser el que haría las cosas de otro modo, el que estaría a la altura de su yo idealizado. No se dejaría contaminar por la mediocridad ni por la vida doméstica. Siempre adelante, siempre luchando. Pero se lía con Sue, la de contabilidad, y luego pasa lo que pasa, empieza a echar tripa. -Se tocó la suya, prominente-. Mucho mirar la tele, mucho comer carne. Ingresos compartidos de lento crecimiento. Te das cuenta de que no van a hacerte ningún monumento ni a estampar tu careto en una moneda. Tú eres tú y eso no se puede evitar. Pero te diré algo: cuando las cosas se calman, cuando uno deja de sorberse el seso sobre lo mucho que anhela las buenas pagas y su foto en el Hall de la Fama, lo único que le queda es la mujer con quien comparte la cama. Nada de lo demás importa. Nada en absoluto. La monogamia me ha costado lo mío, nunca lo he negado. Renuncias a la sonrisita cuando el semáforo está en rojo. A echar miraditas cuando vas en el ascensor. A un romance de cine… No, el matrimonio nunca es tan bueno, pero a la vez es mejor. Ya hace diez años que engañé a Angela, y no pienso volver a hacerlo. Ya no me preocupa lo que pueda perderme en la vida.

La sabiduría de Chic, como de costumbre, llegaba entre curiosos disfraces. Sólo había entendido la mitad de lo que me decía. Su alternancia entre primera, segunda y tercera persona, aparentemente tan torpe como su asociación, no me pareció fortuita en absoluto.

Antes de que yo pudiera comentar nada, un Cámaro amarillo nos adelantó, frenó en seco y dio marcha atrás bruscamente. Un tipo con una espesa mata de pelo y chándal se apeó.

– ¿Chic? ¿Chic Bales? -llamó.

Chic le miró receloso, acostumbrado a que se metieran con él.

– Yo mismo.

El tipo se acercó trotando alegremente y le plantó un abrazo.

– Te quiero, tío -dijo.

Chic le palmeó la espalda:

– ¿Forofo de los Giants?

– Exacto. Gracias.

– Me alegro de dar algo a cambio -dijo Chic.

El tipo reaccionó tarde al verme y frunció el entrecejo.

– Bonita compañía llevas, Chic.

Volvió a montar en el coche y se alejó a toda prisa.

Regresamos a la mesa de picnic literalmente doblados bajo el peso de tanta comida. Los trabajadores estaban recogiendo sus cosas. Miré la gran extensión de hierba hasta la recién montada estructura de juegos, y no pude evitar comparar todo aquel espacio con el mísero rincón de que disponían en Hope House. Me aparté de Chic y fui hacia el que parecía el capataz de la cuadrilla.

– Hola -dije-, ¿cuánto cuesta una estructura como ésta?

– ¿Un Romp-n-Stomp? Tres mil quinientos.

– Me gustaría que instalara una en esta dirección.

Anoté las señas de Hope House en mi libreta, arranqué la hoja y se la di. En uno de los compartimentos de mi cartera llevaba un cheque para emergencias. Lo saqué y empecé a rellenarlo.

– ¿Quiere que pongamos alguna inscripción o algo? -preguntó.

– No; diga que es una donación anónima.

El tipo se encogió de hombros y subió a su camión. Vi una sombra y al darme la vuelta me encontré cara a cara con Chic.

– Hay que ganarse el cielo -dije.

Chic sonrió y asintió. Mientras volvíamos, dijo:

– Tú no tienes dinero para eso.

– Más que esos chicos de Hope House.

– Aun así.

– Venderé la máquina de capuchinos.

– ¿La qué?

Angela nos estaba esperando en la mesa. Dio un beso a Chic en el cuello y luego preguntó:

– ¿Cómo está mi Drew?

– En plan contemplativo -dijo Chic.

– ¿Qué tal? -dije-. He vuelto.

Nos sentamos codo con codo y atacamos las tortillas y las patatas fritas. Pero no me sentía relajado y a salvo como solía cuando estaba con los Bales. Cada vez que me dejaba llevar por una broma o una pequeña disputa doméstica, Morton Frankel se interponía en mis pensamientos. El lóbrego interior de aquella fábrica, iluminado por llamas y chispas; los ojos que irradiaban amenaza; aquellos dientes demasiado largos, como afilados colmillos de fiera.

Repartiendo manotazos a un niño y olro, Angela me escuchó en silencio mientras le contaba lo ocurrido en los cuatro últimos días.

– Ese Junior parece buen chico, por lo que cuentas -dijo.

– Para ser un delincuente habitual…