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– Y también la mujer, Caroline, la que está a cargo de él. Ese chico ha tenido suerte.

– Puede que ella sea demasiado inteligente para su propio bien.

– Ya lo sé, cariño -dijo Angela a Jamaal-. Cuéntaselo a papá, anda.

Y Jamaal dijo:

– Vale, vale, vale-vale-vale-vale…

– Respira hondo -aconsejó Chic.

– El año que viene quiero jugar en el equipo.

– No le veo nada malo.

– De fútbol, no de béisbol.

Chic soltó el tenedor.

– Y esas cicatrices -añadí en voz baja, para Angela-. No sé si sería capaz de acostumbrarme a ellas.

– Te entiendo, cariño -contestó Angela, pero sin apartar los ojos de su marido.

Él la miró, y ella asintió lentamente con la cabeza. Admirado, vi cómo Chic se recuperaba de la sorpresa, apretaba las mandíbulas y luego decía, obligándose a sonreír:

– Tampoco le veo nada malo a eso.

Jamaal rodeó la mesa y abrazó a su padre, y Chic le hizo una llave y fingió aplastarle la cabeza contra la mesa. Angela se levantó para recoger platos.

– A lo mejor le pido para salir -dije.

Angela apoyó una mano en mi hombro.

– Te entiendo, cariño.

Chic me acompañó hasta el coche. Subí, bajé la ventanilla, y él se acodó. Reparó en la foto de Frankel que había dejado en el asiento de atrás.

– Ten cuidado con lo que haces, ¿entendido?

Apoyé las manos en el volante y me miré los pulgares.

– Kaden tenía razón: pienso como un escritor. Pero esto es el mundo real.

Chic me palmeó el antebrazo al tiempo que se incorporaba.

– Todo es el mundo real, Drew.

Capítulo 27

– Hola, Gran Hermano.

– Hola, Junior -dije por decimoquinta vez.

– ¿Te importa si pongo la radio, Gran Hermano?

– ¿Quieres dejar de llamarme así? -pedí, rendido.

Batiendo palmas, Junior se dejó caer contra la puerta del pasajero, desternillándose de risa. Llevaba una sudadera con la capucha puesta sobre su gorra de béisbol, por si teníamos que parar a robar en un 7-Eleven.

– Haz el favor de mirar las malditas fotocopias antes de que lleguemos al tribunal.

Había pasado por mi casa después de almorzar con los Bale para darle a Xena unos huevos revueltos con trocitos de pimiento. Ella me lo había agradecido cagándose en la chimenea. Después de limpiar sus excrementos, había entrado en internet y había impreso fotos de camionetas Volvo de diversos modelos. La atención de Junior era una mercancía escasa, pero habíamos determinado que la que él vio no fue, decididamente, un último modelo. Junior no sabía distinguir entre los modelos 200, 700 y 800, pero estaba casi seguro de que no era de la serie 900, la de cantos redondeados que empezó a distribuirse en 1991. Aunque abarcaban demasiados años, los modelos por los que se decantaba incluían el 760 de Morton Frankel.

– Ya te lo dije, colega, a mí toda esa mierda suburbana me parece igual. ¡Jo!, si al menos tuvieran unos buenos tapacubos… -se lamentó sin dejar de botar en el asiento-. Sí, tío, entonces te diría quién, qué, dónde, cuándo y por qué.

– ¿Y estás seguro de que la poli no te ha llamado aún?

– Claro que estoy seguro. ¿Crees que la señorita Caroline no se iba a enterar si la poli viniera a tocarme las narices?

Caroline no estaba cuando yo había ido a recoger a Junior.

– ¿Habrá vuelto cuando te deje después en Hope House? -Vi que se encogía de hombros y añadí, previo carraspeo-: Oye… ¿tú sabes qué le pasó? Quiero decir en la cara.

– Y ¿qué te ha pasado a ti en la tuya? -Donde las dan las toman-. Claro que lo sé. -Me miró detenidamente con sus ojos castaños-. Eh, colega. ¡Colega! -Ahora meneándose sobre el trasero con los codos en alto-. Gran Hermano y Caroline sentados en un árbol. Besándose. Primero llega el amor, después el matrimonio…

Derrapé hacia una plaza libre y salté del Highlander antes de que llegara la cigüeña. Esta vez, por suerte, éramos puntuales, pero el juez Celemín no. O al menos fingía retrasarse; sus miradas ocasionales fueron un indicativo de que se complacía en hacernos esperar en un incómodo banco de la parte trasera de la sala.

Volví a mirar el reloj: las 14.15. Al cabo de cuarenta y cinco minutos Morton Frankel saldría del trabajo. Yo suponía que se pasaría por su casa para darse una ducha, y quería estar aparcado allí delante para ver qué coche conducía.

El juez atendió unos cuantos casos más antes que el nuestro y luego se lio a ordenar papeles. Cuando por fin llamó a Junior (el defensor de oficio se materializó como por arte de electrónica) y añadió tres meses más a su condicional, eran ya menos diez.

Me llevé rápidamente a Junior hacia el coche. El chaval parecía contento con la decisión del juez.

– No pienso abandonar nunca a la señorita Caroline. ¡Es la mejor! -Me miró-. ¿A que sí?

El piso de Frankel quedaba cerca de los juzgados. No dejar a Junior en Hope House y regresar a tiempo. Conduje deprisa, dejando que él toqueteara la radio como si fuera un videojuego. La estratagema no sirvió de mucho.

– ¿Adónde vamos?

– Te llevo a que te castren.

Frené delante de un destartalado bloque de tres plantas en una calle con tiendas de tejidos y taquerías. Había cinco adolescentes negros acuclillados en un pequeño trecho de hierba seca, jugando a los dados. En el escueto aparcamiento, el espacio correspondiente al número del apartamento de Frankel estaba vacío. Recorrí despacio los bloques vecinos en busca de un Volvo.

No era la mejor opción en Lincoln Heights.

A las tres y diez pasé a la acera opuesta al bloque y metí unas monedas en el parquímetro. El aire olía a tubo de escape y perritos calientes del carrito aparcado un poco más allá, junto a una parada de autobús. Me preocupaba que los adolescentes pudieran fijarse en mi coche, pero de momento parecían enfrascados en su partida.

– Ahí es donde vive el tipo, ¿verdad, colega?

Una camioneta se aproximó a la parte delantera del bloque. Morton Frankel dio una palmada en el hombro al conductor -un trabajador que me sonaba haber visto en el patio de la fábrica- y se apeó. Junior notó que me ponía rígido pero no dijo nada. Frankel subió por la escalera descubierta hasta la segunda planta. Abrió la puerta de su piso, tiró la chaqueta y la fiambrera al interior y volvió a bajar. Al llegar a la planta baja, echó a andar hacia nosotros.

Antes de que mi corazón pudiera recuperarse, Frankel se desvió a la izquierda. Junior exhaló el aire que estaba aguantando. Me recordé que los adolescentes, por muy execrables que fuesen, también se asustaban. Supuse que acechar a un violador con mi delincuente juvenil me impediría optar a Gran Hermano del Año.

Una vez que Frankel hubo llegado al final de la manzana, arranqué.

– ¿Dónde está su puto coche? -dijo Junior.

– Eso mismo me preguntaba yo. Quizá va a tomar el autobús.

– Esto es Los Ángeles, colega. Nadie va en autobús.

– Y no todo el mundo tiene una Huffy -repuse.

– Manten la distancia, colega. ¿Es que no miras T.J. Hooker?.

– Yo miraba T.J. Hooker antes de que tú mangaras el primer coche.

– ¿Mangara? Estás muy anticuado, abuelo. Ahora se dice «trincar».

Y así sucesivamente.

Seguimos a Frankel varias manzanas más, hasta que entró en un taller de chapa. Aparqué en la otra acera junto a una tienda de coches de alquiler; había suficientes vehículos como para pasar inadvertidos en mi Culpablemóvil. Mort se metió en la oficina, una estructura prefabricada. Salió poco después, lio un cigarrillo y se puso a fumar.

Una de las puertas del garaje se elevó, dejando al descubierto una camioneta Volvo marrón.

Para ser un coche antiguo, estaba en magnífico estado. Algunos desperfectos en la pintura, pero por lo demás impecable. Era evidente que Frankel estaba muy orgulloso de su 760. O que se tomaba muchas molestias para limpiarlo de pruebas.