Un mecánico con los brazos tatuados se apeó del vehículo y Mort le estrechó la mano y le dio un leve puñetazo en el hombro. Si quieres conservar así de bien un coche antiguo, más te vale ser amigo de tu mecánico. El tipo llevó a Mort hasta el frontal derecho y pasó la mano por la curva perfecta del hueco de la rueda. Mort hizo lo propio y luego asintió con la cabeza, satisfecho con la reparación.
¿Por qué hacer arreglar la abolladura? ¿Porque amaba su coche? ¿Para prevenir una posible identificación? ¿Porque la abolladura se la había hecho al meter el cuerpo de Kasey Broach dentro del vehículo?
Sacó un talonario del bolsillo de atrás, se inclinó sobre el capó y rellenó un talón.
Con la mano izquierda.
Ochenta y tres kilos, zurdo, brillo diabólico en los ojos. Igual que yo, pero con mejor brillo.
Me fijé en su cabello castaño.
«Sólo necesito un pelo -pensé-, como el que tú me arrancaste a mí.»
Regresé con el coche a mi puesto de vigilancia frente al bloque de pisos. Unos minutos después Mort llegaba a su plaza de aparcamiento, aseguraba el volante con una barra antirrobo, bajaba la ventanilla hasta la mitad y subía a su casa.
Le di una palmada a Junior en la rodilla.
– He de llevarte a Hope House.
– ¿Ya está? Pero, colega, tienes que conseguir esa prueba. Tienes que abrirle el coche, a ver qué encuentras.
Sí, ése era mi plan, pero no iba a decírselo a Junior.
– Si encuentro algo, la poli puede decir que yo lo metí ahí para salvar el pellejo.
– Por eso me necesitas a mí, tío. Soy un testigo. Además, sin pelo no tienes nada que hacer.
Oír mis propios pensamientos en boca de un chaval de catorce años era claramente indicativo de que me convenía dormir más horas.
– ¿Por qué habrá dejado la ventanilla bajada?
– Para indicar que dentro no hay nada de valor y así evitar que alguien le rompa la ventanilla pensando lo contrarío. Y no vale la pena cortar una barra antirrobo para trincar un Volvo del año de la pera. Venga, ve a mirar el reposacabezas.
– No, gracias.
– ¿Cómo que no? ¿Y la ética, colega?
– ¿La ética? Husmear en un coche ajeno no es muy ético que digamos.
– Mira, yo no pinto árboles ni iglesias luteranas. A eso lo llamo ética. Hay un cruel asesino a dos pasos de aquí, tú eres el único que lo sabe, ¿y eres tan miedica que no te atreves a coger un pelo del reposacabezas?
– ¿Y si viene la poli?
Junior consultó su reloj.
– En la comisaría de Hollenbeck están cambiando de turno. Vía libre.
– ¿Y tú cómo lo sabes? Va, da igual. Soy un imbécil. -Miré nervioso a los chicos negros que seguían jugando a los dados en el césped, muy cerca del aparcamiento-. Esos chavales le han visto llegar. Sabrán que el coche no es mío.
– ¿Tú qué harías si esto fuera una de tus novelas?
– Distraerlos con algo.
Soltó una risita.
– ¿Cómo? ¿Provocando un incendio?
– No. Algo más ingenioso.
– ¿Qué te parece esto?
Sin darme tiempo a impedirlo, Junior se apeó y trepó ai techo del Highlander.
Bajé presuroso, pero él, haciéndose bocina con las manos, ya estaba gritando:
– ¡Eh, eh! ¿Qué coño pasa? ¿Por qué hay tanto negrata por aquí?
Y saltó al suelo -fue como si rebotara en la acera- y echó a correr calle arriba. Yo me pegué al coche cuando los cinco chavales negros pasaron por mi lado en jauría tras Junior.
Una perfecta maniobra de distracción.
Crucé hacia el aparcamiento, vigilando que el alboroto no hiciera salir a Frankel de su piso. Metí la cabeza por la abertura de la ventanilla y examiné detenidamente el reposacabezas. Ni un solo pelo. Parecía recién aspirado. Lógico: en el taller le habían dado una limpieza a fondo. Accioné disimuladamente la palanca del maletero. Antes de abrirlo, inspiré hondo.
Ni rastros de sangre ni de lona protectora, ni cuchillos de deshuesar. El aspirador industrial había dejado marcas en la gastada moqueta.
Cerré el maletero y, al girarme y levantar la cabeza hacia el apartamento de Mort, él me estaba mirando desde la barandilla de la segunda planta. Me aparté rápidamente, sobresaltado y trastabillando.
Era imposible saber si se había fijado bien en mi cara o si me había visto abrir el maletero. Frankel fue hacia la escalera. Yo me alejé como si siguiera mi camino, mientras fingía hablar por el móvil. La adrenalina había puesto mis sentidos a pleno rendimiento. Esperaba oírlo acercarse, notar la vibración de sus pasos airados en la acera. Sentí que lo tenía detrás, siguiéndome a unos veinte metros de distancia.
«Ahora estás en el mundo real. Vigila que no te maten.»
Cuando me arriesgué a mirar atrás, vi que se había desviado por otra calle. Manteniendo una prudente distancia, le seguí. Llegó a una esquina y se detuvo a mirar un escaparate de ropa. Sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y algo del bolsillo posterior del pantalón y luego anotó alguna cosa. Crucé la calle para ver el escaparate pero manteniendo mi reflejo fuera de su vista. Había maniquíes con vestidos de lentejuelas y trajes baratos, algunos medio tirados sobre un montón de telas en un lado. Mort seguía con su contemplación, como en trance. Algunos maniquíes tenían el pecho descubierto o estaban desnudos, rígidos y pálidos como los muertos. ¿Estaba admirando aquella imitación de piel lisa y cerosa?
No sé qué tenía en la mano, pero se le cayó. Dio un paso atrás, sin dejar de mirar las contorsionadas siluetas de mujer, y luego dobló la esquina.
Esperé un momento antes de acercarme. Había tirado un sobre de cerillas, en cuya solapa había una calavera y tibias cruzadas. Me agaché para recogerla y levanté la solapa.
Había algo escrito con letra irregular.
TE ESTOY VIENDO
Me levanté bruscamente, el aire quemándome la garganta. Un movimiento en el escaparate captó mi atención. Entre los cuerpos de plástico en poses diversas, y con su cara lasciva a pocos centímetros del cristal, estaba Morton Frankel.
Capítulo 28
Mort se apartó del cristal, volcando uno de los maniquíes, y saltó de la tarima directo hacia la puerta. Eché a correr.
Esquivando coches, crucé la calle entre bocinazos y me enredé con una moto. Mort estaba en la otra acera, pendiente de una brecha en el tráfico. Conseguí rescatar mi pantalón de la cadena de la moto y de los improperios del motorista y seguí corriendo. Un autobús estaba arrancando de una parada. Corrí hacia allá, aporreando la carrocería y chillando para que me abrieran. El vehículo se detuvo con un resoplido impaciente y las puertas de atrás bostezaron. Mort saltó por encima de la moto y siguió acercándose.
El autobús estaba repleto de oficinistas. Me abrí paso a empellones, tropezando con bolsas y rodillas, esperando oír cómo se cerraban las puertas, pero parecía que todo transcurría a cámara lenta. Sonaron cláxones, y el autobús se incorporó al carril lento.
Llegué a la parte delantera, donde el conductor se sumó a las protestas. Entre cinco o seis brazos colgados de correas, vi que las puertas de atrás empezaban a cerrarse por fin.
Un manaza se coló en la abertura, impidiendo que las gomas de ambos lados se tocaran.
Mientras Mort separaba las puertas de atrás, las de delante se abrieron.
Me agaché, descendí de espaldas los peldaños y salí despedido hacia el bordillo justo cuando el trasero de Mort se introducía en el vehículo. Las puertas se cerraron con un resuello neumático y el autobús arrancó.
Me puse de píe y me sacudí el polvo. El autobús pasaba lentamente por delante de mí y distinguí la cara de Mort borrosa tras un cristal sucio. Él me vio y se volvió hacia la parte de atrás, corcoveando como un perro en agua poco profunda. Apartó a la gente que estaba sentada en el asiento trasero como si fuera una cortina y se inclinó con gesto amenazador, empañando el cristal con su aliento.