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Salí al carril ahora vacío y me lo quedé mirando mientras el autobús aceleraba.

Sus labios dibujaron esta frase: «Te estoy viendo».

– Y yo a ti -dije.

Mientras volvía al Highlander a paso rápido, el móvil empezó a vibrar.

– Estoy en la esquina de Daiy con Main -dijo Junior-. Gasolinera.

Sentí más alivio del que habría creído posible.

– ¿Cómo has conseguido mi número?

– La señorita Caroline.

– ¿Qué le has dicho?

– Que has dejado que me persiguiera una banda de negratas mientras tú te dedicabas a robar en el Volvo de un asesino. -Se rio-. Es broma, tío. Le he dicho que me había ido por allí a buscarme la vida.

Subí al coche y fui a recogerle. Junior había conseguido correr más de cuatro kilómetros. Lo encontré sentado en la tapia de piedra al lado de los lavabos, fumando un cigarrillo. Era novato en esto, pero ya conseguía sacar el humo con gesto interesante. Aparqué el coche y me acerqué andando. Pensé si decirle que había estado muy preocupado por él, pero habría sonado impostado.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó.

Se lo expliqué.

– Vaya, Gran Hermano sabe moverse deprisa. -Levantó la mano para chocar esos cinco-. A pesar de su vejez.

– Tengo treinta y ocho.

– Por eso.

Intentó hace girar la cajetilla de Marlboro entre los dedos, un truco que a buen seguro había aprendido hacía poco.

– Cuando yo era un chaval, mi abuelo me pescó fumando y me obligó a terminarme todo el paquete -le aleccioné-. Hasta el último pitillo. Me mareé tanto que nunca volví a fumar.

– No me digas. ¿Alguna otra historia con moraleja que quieras contarme?

– No, pero ¿por qué no lo pruebas?

Se encogió de hombros.

– Vale.

Sacó otro cigarrillo y lo sostuvo en alto con gesto ceremonioso antes de encenderlo. Empezó a fumar a caladas rápidas, con fuerza suficiente para quemar varios milímetros de una sola. Cuando sólo le quedó la colilla, utilizó ésta para encender otro.

Después de fumarse un par de pitillos más, pregunté:

– ¿Cómo te sientes?

– Estupendamente.

Los tres siguientes pareció disfrutarlos aún más.

– ¿Y ahora? -dije.

– De fábula.

Hacia el noveno, ya dominaba la calada a la francesa. Cuando iba por el decimotercero empezó a hacer anillos de humo. Aplastó el demimoquinto en la pared, estiró los brazos y encendió otro.

Me subí a la tapia y me senté a su lado.

– ¿Puedo gorrearte uno? -dije.

Caroline me miró a los ojos como si estuviera tomándole las medidas a un contrincante en un combate de boxeo. Su dedo índice fue de su pecho al mío.

– Aquí no hay química -dijo.

– Es sólo una cena -repliqué.

Cruzó la alfombra raída y se sentó a su escritorio, como si se sintiera mejor con un objeto grande entre ambos.

Miré las fotos que había en la estantería de libros. Un grupo de chavales de todas las etnias puestos en fila como una cuidada foto para un folleto de Disney. Un equipo de monitores alrededor de una fogata, los chavales tumbados en primer plano o sobre el regazo de los adultos. En un lado del escritorio había una foto de ella riendo con el brazo sobre los hombros de un chico negro de poco más de diez años. Ella era más joven y su cara no estaba estropeada por las cicatrices. Irradiaba belleza. Señalé la foto.

– ¿Quién es?

Caroline dio un manotazo al marco y guardó la foto en un cajón.

– Me refería al chico -dije.

Se sonrojó. El cuello de su blusa se agitaba con el aire del ventilador de techo. Con callada dignidad volvió a abrir el cajón, sacó la fotografía y la colocó nuevamente sobre la mesa.

– Era J. C. Tuve muchos empleos antes de venir aquí.

Miré mi reloj.

– Esta mañana he llamado al administrador del piso de Kasey Broach. Si hay que hacer caso del contestador automático, el hombre sólo está disponible de seis a seis y media. Así que debería irme ya. Me encantaría que aceptaras mi invitación a cenar esta noche, pero tu parsimonia me resulta poco halagüeña, y yo me siento frágil.

Movió los labios, no fue del todo una sonrisa.

– No me invites a cenar por caridad -dijo mirándome fijo-. Sola estoy bien.

– Sí, eso parece: das la imagen del equilibrio perfecto. Igual que yo. Por eso creo que podríamos sernos útiles el uno al otro. -Fui hacia la puerta y me detuve-. ¿A las ocho?

Asintió ligeramente con la cabeza.

La monitora de las uñas comidas estaba en el pasillo, fingiendo que ordenaba la mesa del teléfono.

Levantó la vista al pasar yo y dijo:

– Si le haces daño, te patearé el culo.

– Si le hago daño -dije-, yo mismo te ayudaré.

Capítulo 29

La familia de Kasey Broach salió del portal del apartamento 1B, fue hasta un vehículo de mudanzas y regresó acarreando lámparas, cubos llenos y cajas de cartón. Fuerte parecido familiar en los padres y la hermana menor, a quien reconocí de verla en las noticias. Se movían en un silencio de autómatas a través de los potentes faros del vehículo. De vez en cuado uno de ellos se detenía en el breve trayecto del camión a la puerta y se apoyaba contra un poste, medio doblado por la cintura para recobrar el aliento.

Alimentos congelados iban derritiéndose en una bolsa de basura translúcida junto a la entrada. El padre de Kasey metió un montón de artículos de tocador mientras su hija enrollaba un cable de teléfono en torno a la base del aparato y lo encajaba en una fuente para ensaladas. La logística de la pérdida. Las espantosas minucias.

El tráfico de la 110 sonaba detrás de una gran valla de hormigón a media manzana de allí. Un grupo de chavales corría por la calle agitando pistolas de juguete que parecían lo bastante reales como para que a un poli derrengado se le ocurriera sacar su arma y disparar. Las risas parecían una burla del sombrío desfile de los Broach.

Después de todo, no iba a tener que recurrir a la buena voluntad del ajetreado administrador. Lo que sí necesitaba, quizás, era más valor del que en ese momento creía tener. Esta oportunidad, debido a los avatares del juicio, no la había tenido con los Bertrand, la oportunidad de hablar con la familia afligida y ofrecer lo poco que podía ofrecerse en tales circunstancias. Por un momento odié ser quien era, ya que eso enturbiaría mi presencia. Y odié también los motivos que en el fondo me movían a actuar, más turbios todavía.

La madre, una mujer regordeta, compacta y rubia, miró varias veces hacia mí. Me di cuenta de que les estaba metiendo miedo al observarlos desde mi coche, habida cuenta de que el asesino todavía andaba suelto.

Bajé y la abordé, manteniendo una respetuosa distancia:

– ¿Señora Broach? Soy…

– Sí. -Se detuvo con una pila de vestidos, percha incluida, sobre un brazo-. Andrew Danner. Le he reconocido.

– Lamento importunar. Sé que parecerá raro que me presente aquí y… bueno.

La luz del porche se había roto hacía poco, a juzgar por los cristales retirados hacia un lado. Por eso se servían de los faros del camión como iluminación: el asesino había roto la lámpara de la entrada pensando en sacar después el cuerpo inconsciente de la hija.

– Bueno, ¿qué? -dijo el marido, detrás de mí-. ¿A qué ha venido?

A lo lejos, los chavales se gritaban unos a otros con voces de soprano prepubescente: «¡Ya te tengo!», «¡Te voy a matar!».

De pronto algo me dejó sin respiración. Boqueé tratando de recobrar la compostura.

La señora Broach dejó los vestidos en el suelo, avanzó y me dio un abrazo. Me frotó la espalda con movimientos circulares, mucho más eficiente de lo que yo había sido cuando Lloyd se vino abajo. Estaba ligeramente húmeda de transpiración y olía agradablemente a champú. Por un momento fue como ser abrazado por mi madre, por April, por Francoise Bertrand. Sus arrullos eran un modo de perdonarme.