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– No lo creo. Ni siquiera probaba mi tarta de chocolate con Kirsch.

En la cocina, al señor Broach se le cayó una cafetera al suelo, que se partió con estrépito. El hombre se la quedó mirando sin expresión.

Pasaron tres segundos hasta que su mujer dijo:

– Bueno, ¿y qué íbamos a hacer con esa cafetera?

– Creo que les he retrasado -dije-. ¿Les importa que eche una mano?

El señor Broach dijo:

– No nos importa en absoluto.

Estuve una hora ayudando a empaquetar y cargar, mientras el tráfico iba disminuyendo y en la calle los chavales continuaban persiguiéndose a gritos.

En un momento dado, al salir con una lámpara de pie halógena y una reproducción de Matisse, me encontré a la señora Broach sentada en el suelo, pasando un dedo por la cinta blanca de un pasador para el pelo que había caído de una bolsa.

Su marido la ayudó a ponerse de pie.

– Creo que es suficiente por esta noche -dijo.

Terminamos de amontonar las cosas en el pequeño camión y el hombre se giró para darme la mano.

– Quizá se equivocan con usted. Me refiero a lo de Genevieve Bertrand.

– Eso espero -respondí.

La señora Broach me sonrió con tristeza.

– Cuídese, Andrew.

Jennifer me saludó con el brazo desde la ventanilla cuando arrancaron, y yo me quedé mirando las luces traseras hasta que sólo fueron dos distantes ojillos rojos en la oscuridad. Los chavales pasaron con sus cortes de pelo militares y sus gritos, chillando por imaginarios atracos e imaginarias heridas. Sus armas de juguete emitían ráfagas y pitidos electrónicos, y los cañones se iluminaban de rojo.

Había llegado casi a mi coche cuando advertí que la pistola de uno de los chavales era silenciosa y el cañón no se iluminaba, sino que tenía una boca negra. Le seguí unos pasos.

– Eh -le llamé-. ¡Eh!

Se dio la vuelta con una sonrisa aviesa y dijo:

– Bang, bang, estás muerto, amigo.

La pistola con la que me apuntaba era de verdad.

Capítulo 30

Levanté las manos.

– Está bien, las tengo bien arriba. No dispares.

Sonrió dejando al descubierto un buen hueco entre sus dientes delanteros. Vi cómo cerraba el dedo sobre el gatillo y exclamé:

– ¡Espera! Te daré mi cartera.

Avancé unos pasos y saqué del bolsillo mi cartera de piel, patéticamente liviana. Eso le distrajo, como yo esperaba, cosa que aproveché para apartar el cañón y arrebatarle el arma de un tirón. Se me quedó mirando mientras se frotaba la muñeca, pasmado.

– Sólo estaba jugando -dijo.

– Esta pistola es de verdad.

Del calibre 22, para ser exactos. Accioné el cerrojo: afortunadamente no había balas en la recámara; de lo contrario podría haber alguien tirado en la calle, sangrando. Extraje el cargador y lo comprobé: estaba lleno. Volví a encajarlo y accioné el seguro.

– ¿De dónde la has sacado?

– No es robada. Estaba en un cubo de la basura. -Señaló las casas cuyo patio daba al aparcamiento. Había una hilera de cubos junto a la desvencijada cerca de madera, esperando al camión-. Me la encontré. Estaba en mi propiedad. Es mía.

Giré el arma para mirar el número de serie en el bastidor, encima del gatillo, y no me sorprendió ver sólo una tira de metal raspado.

– ¿Cuándo?

Los otros chavales nos rodeaban a distancia, asustados. Uno que llevaba una gorra de los Angels corrió hacia la hilera de casas.

– No sé. Hace un par de días.

– ¿La noche que estuvo aquí la poli?

– El día después. Pero no estaban buscando esto. Secuestraron a una chica que vivía ahí mismo. Por eso ahora jugamos todos juntos.

– ¿Le contaste esto a la policía?

Negó con la cabeza, asustado. El chico de la gorra de los Angels ya volvía, de la mano de un hombre corpulento con camisa de franela. A través de una ventana, me pareció distinguir trofeos y banderines de béisbol.

– ¿Viste algo la noche en que secuestraron a la chica? ¿A eso de las diez o las once?

– Un coche estuvo allí parado un rato. -Señaló un espacio a la izquierda de la casa de los Broach; el coche de ella debió de ocupar la plaza delantera-. Después se marchó. Y ya está. Yo estaba mirando la tele, o sea que no vi a nadie.

– ¿Qué tipo de coche era?

– Tenía el culo grande y con ventanas.

La mejor descripción de una camioneta Volvo que había oído nunca. Abrí la puerta del Highlander y me puse a buscar entre las fotocopias.

– ¿De qué color? -pregunté.

– Marrón, o quizá negro. No había luz suficiente.

Le pasé la foto de un Volvo 760.

– ¿Como éste?

– Sí -respondió, tocando el papel con una uña mugrienta-. Igual que ése. Bueno, ¿me devuelve la pistola?

– ¿Puedo ayudarle en algo? -dijo el hombre de la camisa de franela, acercándose rápidamente.

– El chaval estaba jugando con una pistola.

– Mis chicos pueden jugar con lo que les dé la gana.

– Es de verdad.

– ¿De dónde quiere que saque una pistola de verdad, con sólo diez años?

– No es de verdad, papi. Te lo juro.

El hombre no se detuvo. Yo no quería pegarme con un padre delante de su hijo, de modo que metí una bala en la recámara, apunté hacia el cielo y disparé. El estallido hizo que todos los chavales se tiraran al suelo, mientras el hombre caía de rodillas y se protegía la cabeza con los brazos.

– Es de verdad -repetí.

Observar la reacción asustada de todos ellos no me hizo sentir satisfecho.

Los chavales no se levantaron del suelo hasta que hube arrancado.

– ¿Recuerdas que para La ley de Chainer me enseñaste cómo restaurar un número de serie borrado?

Me levanté la camisa, mostrando la pistola que llevaba remetida en la cinturilla.

Lloyd me miró desde el otro lado del pulcro papel de estraza con que había cubierto su banco de laboratorio.

– ¿Ahora quieres volarte la pilila? -dijo-. Esto no es una peli, Drew.

Dejé el arma al lado del sobre de cerillas con la calavera y las tibias. Lloyd tosió nervioso y miró en derredor.

Se había demorado procesando unos restos de pintura y estaba ansioso por volver a casa. Dada mi agitación con respecto a la pistola, había cedido a mi insistencia de que nos viéramos en el laboratorio. Trabajaba hasta muy tarde y suponía que sus superiores ya se habrían marchado. Al entrar yo, algunas personas me habían mirado, pero en los pasillos no había prácticamente nadie.

– Esto no tiene sentido -dijo poniéndose unos guantes de látex-. ¿Para qué llevar un arma encima si pensaba dejarla fuera de combate con el gas?

– No era para Kasey. A ella la quería viva e inconsciente. Era por si se tropezaba con algún vecino o sucedía un imprevisto cuando volvía a su coche.

Examinó la pistola en busca de huellas dactilares, pero cinco días en manos de aquel chaval habrían borrado cualquier posible huella. Además, sin contar las mías, Lloyd sólo obtuvo marcas tamaño infantil, que a continuación comparamos con las que el chaval había dejado en el prospecto de Volvo que yo le había enseñado. El cargador y las balas (que Lloyd examinó una por una) habían sido limpiados a fondo.

Usando una herramienta giratoria equipada con una rueda pulidora, limpió la tira donde había estado el número de serie.

– ¿Y no conocería los movimientos de los vecinos? Todo apunta a que este tipo realizó los preparativos meticulosamente.

– Sí, pero creo que empezaba a desesperar -dije-. Quizá necesitaba una dosis. Está claro que en este caso no atinó; debería haber elegido a alguien que viviera en un sitio apartado, como Genevieve. Pero, por alguna razón, quería cargarse a Kasey Broach. Y eso entrañaba el riesgo de los vecinos. De ahí que llevara un arma, por si acaso. Una vez tuvo a Kasey en el Volvo, ya no necesitaba la pistola. Los cubos de basura estaban colocados en la acera, de camino hacia la autovía. Pudo aminorar la marcha y arrojar la pistola a uno cualquiera.