Me enseñó los dientes. Fui a buscar los platos a la cocina. Ambos tuvimos ciertas dificultades con los utensilios de diseño, y la comida se nos caía al plato antes de llegar a la boca. Al final, Caroline levantó un tenedor del MOMA con un solo diente en zigzag.
– No soy experta con estas cosas.
– Pero ¿a que es bello?
– Es un tenedor y ya está. Sólo existe para llevarse la comida a la boca.
– En nuestro caso, está claro que no. -Examiné mi tenedor-. Realmente son una mierda, ¿no?
Por fin sonrió, y con ganas.
– ¿Tienes algo más cómodo? ¿Tipo desplantador?
– ¿Palillos chinos? Miraré por ahí.
Cogí los tenedores y los tiré al compactador de basura. Encontré unos cubiertos de plástico que todavía estaban en su bolsita desde mi última comida rápida y reanudamos la cena.
– Esto está muy bueno -dijo-. ¿Qué es?
– Ensalada israelí. Vigila: acaba de lanzar una ofensiva contra el schnitzel vienes.
– Contraatacaré con el cuscús.
– Por ese camino acabarás con un Big Mac.
– ¿No vas a probar el vino?
Me vino algo a la memoria: el Mustang aparcado de lado entre los geranios enfrente de mi casa, la radio a tope, y yo de pie encima del capó humeante imitando a voz en grito a Jim Morrison en The End con una rubia que llevaba pasadores de pelo en forma de mariposa.
– Me llamo Andrew Danner y soy alcohólico -dije.
– ¿No se supone que debéis tener las botellas guardadas?
– Necesito echarle el ojo de vez en cuando para que no me pille por sorpresa.
– Como la ensalada israelí.
– Eso mismo.
– ¿Cómo llevas la sobriedad?
– No me deja beber, es un asco.
– ¿Qué clase de alcohólico eras?
– Uno de esos que nunca saben cuándo termina la fiesta, o que ha terminado ya. Mientras hubiera alcohol y los demás estuvieran bebiendo, yo seguía. Piloto automático. Estudiante juerguista peleado con la comida basura. Pero no era de los que ahogan sus penas en vino. Me encantaba el alcohol, nada más. -Pesqué un poco de cuscús con mi tenedor de plástico, que estaba demostrando ser muy eficaz-. Si te crees eso, te aseguro que a mi antiguo psiquiatra no le impresionarías.
– El último en dejar la fiesta -dijo-. ¿No te gustaba estar a solas contigo mismo?
– Y encima escritor. Para más ironía. -Moví mi copa y observé cómo el poso manchaba el cristal-. Imagino que, si la vida fuera más sencilla, no sería tan divertida.
– Claro que lo sería. ¿Tuviste una infancia feliz?
– ¿Estamos en plena sesión, doctora?
– Sí, pero me ha invitado a cenar, así que sólo le cobraré la mitad.
– Fui un niño de sustitución. Mis padres perdieron una hija un año antes de nacer yo.
– Se supone que eso es complicado.
– Mis viejos debieron de saltarse ese capítulo.
– ¿Y eso?
– Me mimaban demasiado. No toqué el suelo con los pies hasta los cinco años.
– Ibas pasando de unos brazos a otros.
– Exacto. ¿Y tú?
– Mi madre murió hace poco. -Bebió un sorbo-. Estábamos muy unidas. Mi padre es estupendo; vive en Vermont. Se volverá a casar en otoño.
– Dos infancias estables. Qué bien. Y henos aquí, cuarentones y solteros.
Aquel comentario hecho a la ligera la dejó cortada. (Aparte de demostrar que yo era un bocazas y un desconsiderado.) Me levanté para recoger los platos, rogándole que se quedara sentada. Vio cómo tiraba el contenido de mi copa por el fregadero.
– ¿Para qué compras vino caro si luego lo tiras?
– He dicho que era alcohólico, no que tuviera mal gusto.
Enjuagué los platos mientras Caroline seguía tomando vino y contemplaba la vista. Nos pusimos a hablar de trivialidades, cosa que, sorprendentemente, resultó muy agradable. Ella vivía en la zona de West Hollywood, en Crescent Heights. Odiaba los gatos e ir de compras. Cinturón marrón en judo, conseguido en sólo tres años. Yo ya había olvidado cuan reconfortante era tener compañía.
El resto de los cubiertos de diseño fue a parar también al compactador. Eso le hizo gracia.
– ¿Me pasas ese salvamanteles cursi? -pedí.
– ¿Es que tengo que hacerlo todo yo?
Sonriendo, dejó su copa en la mesa y me alcanzó el salvamanteles.
– ¿Por qué no vas a sentarte al sofá vandalizado? Enseguida estoy contigo.
– ¿La perra de Junior…? -Esperó a que yo asintiera-. ¿Dónde está?
– La he llevado arriba, a una cámara de descompresión.
Caroline fue hacia la otra habitación y yo le dije:
– Espera.
Se volvió. Había dejado la pashmina sobre el respaldo de la silla y su camisa negra se había abierto otro botón, dejando ver una piel tersa. Clavículas delicadas, cuello esbelto y atractivo. La iluminación tenue reducía sus cicatrices a marcas, pronunciadas desde luego, pero también ellas tenían algo de hermoso. Acentuaban la composición de sus rasgos como pintura de guerra, dándoles mayor definición, fuerza añadida, gracia añadida.
– Esta noche estás espectacular.
Trató de reprimir la sonrisa, un gesto de timidez que no creía posible en ella.
– Te lo dice un alcohólico con tumor cerebral y aquejado de locura temporal. Pero a mis ojos no les pasa nada.
Al darse la vuelta, noté que su perfil sonreía. Cuando hube terminado, fui al salón y la encontré examinando la librería con ejemplares de mis novelas.
Se volvió al notar que me acercaba.
– ¿Dónde está Cuerda de presos?
– Nivelando la mesa de la cocina.
– ¿Estás trabajando en algo nuevo?
– Constantemente. Ya no sé dónde termina mi vida y dónde empieza mi trabajo.
– ¿Estás viviendo una investigación?
– Una historia, más bien. Todos lo hacemos, pero esta etapa de mi vida parece tener una estructura clara y agradable.
– Quizá por eso te pasó.
– No creo en la planificación inteligente.
– Mentira.
Hizo un gesto hacia los lomos de los libros.
Tardé un poco en comprender lo que había querido decir.
– Creo en la narrativa, pero no en que haya una razón para todo y que los problemas se resuelvan solos.
«Díselo a Lloyd y a la foto de su boda colgada en el oscuro pasillo. Díselo a los Broach, inventariando los artículos de tocador de Kasey, sus pasadores blancos. Dímelo a mí, despertando en aquel maldito hospital con la sangre de Genevieve pegada a las uñas.»
Caroline estaba estudiando mi cara, de modo que continué:
– No niego la planificación, no, pero creo que cada cual ha de hacer la suya y que es un trabajo duro y sin valla de seguridad.
– Ya. ¿Y cuando te desvías del rumbo?
– Acabas con un montón de años desperdiciados o con una mierda de primer borrador. Ninguna de las dos cosas es especialmente trascendental.
– El sentido de la vida no está en su aleatoríedad, Drew, sino en cómo respondemos a ello. Pongamos que a tu mujer la atropella un autobús. Puedes pasarte el resto de tu vida lamentándote de este mundo injusto, o puede darte por montar un orfanato.
– O un hogar para los que quedan tetrapléjicos por culpa de la incompetencia de ciertos conductores.
– Si decides montar tu hogar para minusválidos y conductores con sentimiento de culpabilidad, entonces has dado sentido a un accidente que carecía de él. Le has dado su lugar en una historia. Sin hogar, no hay historia. Sin historia, no hay sentido.
– Sin sentido, no crecemos -dije.
– La gente no cambia mucho, al menos de adultos, pero todo esto quizá te dio un empujón. -Se pasó la lengua por los labios-. Yo me vi obligada a cambiar.
– ¿Para bien?
– No lo sé. Soy más lista, creo, pero quizá también estoy peor.
– Según tú, todo depende de lo que uno haga a partir de ahí.
– Exactamente. Pero ¿soy capaz?
– Esta mente inquieta quiere saberlo -la pinché.