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– Pues, la verdad, no sé si soy capaz. -Estaba temblando, cruzada de brazos, y sus dedos jugueteaban nerviosamente con un hilo que se había soltado de su camisa. Pensé que quizá tenía frío, pero entonces dijo-: Te echaste atrás la primera vez que me viste, en el patio de Hope House. Te causé repugnancia. Es la única reacción pura que podías tener conmigo. Mi cara no puede suscitar ninguna otra reacción verdadera.

– No sentí repugnancia, sino sorpresa.

– Oh. Qué romántico.

La tomé suavemente por los hombros y ella se dejó. La atraje hacia mí. La cicatriz inferior partía sus labios en el borde, la carne era blanda y cálida. Me retiré y por un momento ella mantuvo los ojos cerrados, la cabeza ladeada, la boca entreabierta.

Abrió los ojos, verde pálido con motas de óxido.

– ¿Sorprendida? -pregunté.

– Sorprendida.

– ¿Repugnancia?

Negó con la cabeza, pero arrugó la frente.

– No puedo quedarme. Me gustaría, pero no puedo.

– Te acompaño al coche, ¿de acuerdo?

Mientras íbamos hacia allá, Caroline me cogió la mano con mucha timidez. Fue una tentativa, no duró ni tres pasos. El aire era húmedo y fragante, los jazmines con sus flores abiertas. Al llegar a su coche nos sentimos incómodos: hacia qué lado inclinar la cabeza para abrazarse, yo sin decidirme a besarla otra vez. Lo intenté, pero ella subió y cerró la puerta. Me aparté. Su rostro había adquirido un ceño de preocupación. Con la mano en la palanca del cambio, dijo:

– Hacía mucho que no pasaba una velada tan agradable.

Como si eso fuera algo tremendamente preocupante.

– Yo también.

– Ya nos veremos, Drew -dijo sonriendo. Y arrancó.

Como si hubiera estado esperando ese momento, el chico de los vecinos comenzó su serenata trompetera.

Entré silbando en casa, subí arriba e indulté a Xena de su encierro en el cuarto de baño. Allí no había cosas tapizadas que morder, pero se había empleado a fondo con la esterilla de la bañera, además de volcar el cuenco que le había dejado con agua.

Me siguió al despacho. Saqué la libreta que llevaba en el bolsillo de atrás y la dejé a la izquierda del teclado del ordenador. Y al lado la 22. Herramientas del oficio.

¡Cómo habían cambiado los tiempos!

Me dejé caer en la silla y encajé un Bic en mi oreja izquierda. Treinta y cinco kilos de dóberman-rottweiler ovillados a mis pies. La casa estaba en silencio, las ventanas eran rectángulos negros con alfilerazos de luz procedentes del Valle. Un avión pequeño ascendió guiñando su luz desde el aeropuerto Van Nuys y se perdió en la noche. Mis dedos buscaron la línea abultada de mi cicatriz quirúrgica y luego las letras del teclado.

En ese momento Kaden y Delveckio podían tener a Morton Frankel bajo el reflector del interrogatorio. Quizás empezaban a salir respuestas: qué le había hecho a Genevieve y a Kasey Broach.

A todos nosotros.

O quizá no estaba siendo tan fácil. Quizás el interrogatorio derivaba en más preguntas, más vaguedades, más callejones sin salida, más complicaciones. Quizá Morton Frankel era un buen tipo que casualmente tenía un Volvo abollado y le sentaba muy mal que la policía lo restregara como una fregona.

Miré la página en blanco. Allí estaba, esperando, igual que yo, que alguien pusiera un poco de orden en el caos.

Capítulo 32

La voz me llegó demasiado alta a través de los cascos de mi móvil.

– Estamos en tu casa. ¿Dónde demonios te has metido?

– ¿Kaden?

– ¿Y qué le pasa a tu teléfono fijo?

– Estoy esperando el excelente servicio de Pac Bell.

Xena soltó un eructo en el asiento de atrás. Junior rio, pese a que, desde que había ido a buscarle para llevar la perra al nuevo hogar que decía haber conseguido, se había empeñado en estar de morros. Pero era demasiado locuaz para eso.

– ¿Dónde está el arma? -preguntó Kaden.

– Arriba, en mi mesa.

– ¿Dónde estás tú?

– Camino de devolver un perro.

– No te pases de listo.

– Suponía que no os gustaría que dejara un sobre en el porche con el veintidós dentro.

– Vuelve y entréganos la maldita pistola. ¿Por qué no nos has esperado?

– Son más de la doce. Dijisteis que pasaríais por la mañana.

Al despertar de madrugada me había costado sacudirme la sensación de pánico. Hacía una semana exacta que había salido de la cárcel, pero aún me despertaba creyendo que estaba en una celda de hormigón. Con la esperanza de levantarme un poco el ánimo, había dejado un bol de pistachos en la terraza por si aparecía Gus, pero no había sido así; seguro que estaba en la panza de algún coyote. Varado como un vagabundo en una obra de Beckett, había vuelto a mi ordenador para aporrear con ira mi ruidoso teclado, una reliquia que conservaba precisamente para estados de ánimo como ése. Antes de salir, Chic había llamado para decirme que, según rumores, Morton Frankel no era un matón a sueldo, sino un feroz criminal. Me sentí más tranquilo respecto a sincerarme con Kaden y Delveckio, y muy intranquilo en lo que a mí mismo atañía.

– Estábamos ocupados -dijo Kaden.

– ¿Con Frankel?

– No, interrogando al chico que encontró la pistola. A Frankel lo interrogamos anoche.

– ¿Y?

– Te sorprenderá saber que él insiste en que no lo hizo.

– ¿Alguna coartada?

– Durmió solo. Cosa que, si no estaba pinchando a Kasey Broach, es razonablemente lo que debía de estar haciendo.

– ¿No podéis tomarle una muestra del ADN? ¿Un simple pelo?

– Oh, pues claro, en cuanto el helicóptero camuflado de la CIA lo deje en Guantánamo. Las cosas no funcionan así, a ver si te enteras. Hace falta lo que nosotros, en el mundo de la no ficción, llamamos «causa probable». Y un Volvo marrón no basta para que un juez firme en la línea de puntos. Bueno, volviendo al arma…

– La dejaré en Parker cuando vuelva a casa.

– Sí, y una mierda.

– ¿Presionasteis a Frankel? ¿Hasta qué punto?

– Al máximo.

Se oyó un ruido, como si fueran a colgar.

– Oye, Kaden. Cuando desconectaste la cámara de seguridad, el día que me interrogasteis, lo hiciste sólo por representar el papel del poli malo, ¿no?

Oí un resoplido en el auricular.

– Por supuesto, Danner.

Al quitarme los cascos, casi desalojé el boli que llevaba en la oreja.

Junior empalmó con lo que había estado diciendo:

– … y dejaron allí esa especie de gimnasio laberíntico, colega. Tiene barrotes y escalas de cuerda y muchas cosas más. El chaval ese, el retrasado, empezó a hacer el mono, se meó en un tobogán tipo sacacorchos. Parece que el artefacto lo ha donado un ricachón gilipollas que no sabe qué hacer con tantísima pasta que tiene.

– Sí, seguro que es un gilipollas.

– A la derecha. Ahora métete por el callejón.

– ¿Hasta dónde?

– Tranqui, Gran Hermano, ya llegamos. A la izquierda. Ahora a la derecha. Recto. Vale.

Estábamos delante de los edificios donde vivía Morton Frankel. Miré a Junior furioso.

– He pensado que… -dijo-. El tipo ese al que andabas siguiendo, ¿no? Necesitas un pelo. -Señaló el apartamento de Frankel-. Ahí es donde lo encontrarás.

– Vale. Llamaré a la puerta y se lo pediré amablemente.

– Buenas, pasaba por aquí…

– Han estado interrogándolo toda la noche, así que no me parece buena idea. Además, ¿cómo voy a colarme en su piso?

Junior se golpeó el pecho con ambas manos.

– ¡Para eso estoy yo!

– No. Oye, ¡no!

Junior se apeó del coche.

– Como Gran Hermano que soy, te ordeno que vuelvas a poner tu culo de delincuente juvenil en este asiento.

Cruzó la calle a la carrera. El semáforo cambió, y tuve que esperar que pasara una ristra de coches antes de poder seguirlo. Subí los escalones de dos en dos. La puerta de Frankel estaba abierta, y Junior recostado en la pared contigua, fingiendo sacarse brillo a las uñas en su jersey de los Lakers. De sus labios colgaba un mondadientes. Le agarré del brazo y me lo llevé de nuevo escaleras abajo. No paró de quejarse y soltar improperios hasta que llegamos al coche. Abrí la puerta del pasajero y lo empujé de mala manera al asiento.