Me miró con hosquedad.
– Sólo intentaba ayudar.
Le lancé las llaves.
– Vigila la calle y dale al claxon si ves venir a Frankel.
Hubo dos segundos de demora, pero enseguida se le iluminó la cara.
– De acuerdo, Hermanito Mayor.
Dejándole con esa misión, volví a cruzar la calle y subí las escaleras, ahora con más sigilo. Cuando abrí un poco más la puerta, los goznes produjeron un chirrido de película de miedo. La parte de habitación que se veía parecía desierta. Lío de sábanas sobre colchón. Sin somier. Despertador sobre caja de zapatos puesta de costado. Persianas echadas, aire viciado. Empujé la puerta con el hombro y amplié unos grados mi campo de visión. Naturalmente, el presupuesto para mobiliario había ido a parar a un televisor de pantalla gigante y a un caro sillón de color granate, con compartimento para el mando a distancia y un posavasos en forma de hoyo al extremo de uno de los mullidos brazos.
Una carrera, arrancar un pelo del peine o el cepillo, y listo. Me adentré un poco más y advertí el olor a polvo de cortinas y a cañería cansada. Mantuve la puerta entreabierta detrás de mí, por si era preciso huir precipitadamente.
Pese a la austeridad y el aire rancio, la estancia estaba limpia y bien ordenada: cajas de cartón en una esquina, moqueta sin borra, encimera bien fregada. El goteo del grifo de la cocina era ensordecedor.
Abierto y boca abajo en el suelo, detrás del colchón, había un ejemplar de bolsillo de La ley de Chainer. Con el corazón a cien, me quedé mirando aquella cubierta que conocía tan bien, mi nombre en vibrantes letras rojas. Después de tanto buscar e investigar, por fin una conexión directa entre Morton Frankel y yo. Cogí el libro, buscando algún párrafo marcado. Mort había llegado a la página 24. Un recibo escapó de entre las páginas y cayó al suelo. Lo recogí. «La ley de Chainer, 7,99 dólares, impuestos aparte.» ¿Fecha de la compra? Hoy.
Después de reconocerme en la calle, Frankel había empezado a investigar por su cuenta. ¿O acaso la cosa venía de lejos y esto era una muestra más de su obsesión por mí? Allí de pie, violando justamente la clase de derechos de intimidad que yo había defendido de boquilla en momentos más propicios de mi vida, me vi forzado a considerar una vez más si estaba haciendo avances o sólo encontrando obstáculos que yo mismo había puesto en mi camino: el principio de incertidumbre de Heisenberg. Estaba perdido en mi propia historia, en mi propio argumento, chocando a cada momento con las laberínticas paredes de mi investigación.
Dejé el libro en su sitio y no me molesté en decirme que debía marcharme. ¿Para qué? Yo nunca escucho.
Un pasillo corto, interrumpido por un pequeño armario ropero y un mueble metálico para zapatos, llevaba al cuarto de baño. Sin encender las luces avancé a tientas. Pares de zapatos junto a la pared del fondo, alineados casi como parte de la decoración. Un apropiado cuadro al óleo de una casa de campo en un haz de luz violeta. Unas cuantas perchas metálicas dobladas y metidas en una bolsa de supermercado a modo de cubo de basura. El zapatero bloqueaba el pasillo, y las marcas de polvo indicaban que había sido movido hacía poco. Me detuve y reparé en el grueso candado que colgaba del cierre. Tal vez Frankel lo había apartado después de la visita de Kaden y Delveckio, como recordatorio de que debía deshacerse de lo que contuviera.
Una gota de sudor me bajó por la espalda antes de pegarse a mi camisa.
Me puse en cuclillas y agarré el zapatero, y al inclinarlo su contenido se deslizó con ruido en el interior. Después de tirar como un idiota del candado, seguí hacia el cuarto de baño y retiré la cortina de la ducha para asegurarme de que estaba a solas. En el armarito con espejo de los medicamentos había un cepillo de dientes metido en un tazón de café. Debajo del lavabo había un cajón y dentro un revoltijo de maquinillas de afeitar desechables, un número de Hustler, una pastilla de jabón por estrenar y, al fondo, un peine verde.
Saqué el peine y lo puse a la luz. No tenía ni un cabello. Comprobé el cajón y después la pica del lavabo. Nada, salvo restos de jabón y dentífrico.
Una pequeña mancha de color en el umbral del cuarto de baño captó mi visión periférica.
Me giré poco a poco, como un animal observado por un depredador, pensando que cualquier movimiento brusco podía delatarme. Miré. Era un sobre de cerillas, con la calavera y las tibias en la solapa.
Se me secó la boca. Era imposible que hubiera pasado por encima de las cerillas sin darme cuenta, incluso concentrado como estaba en el armarito, el cajón, la promesa de un peine.
Moviéndome con torturante lentitud, cuidando de que mis zapatos no rechinaran en el linóleo, di un paso al frente e hinqué la rodilla. Recogí las cerillas y levanté la solapa:
TE SIGO VIENDO
Un ruido a mi derecha, y un tremendo puñetazo dio conmigo en el suelo. Pasaron unos segundos, el dolor agudo confiriéndole a todo una intensa claridad: las tablas del suelo, salpicaduras de saliva mía; el bolígrafo, grande ahora junto a mi ojo izquierdo y recuperando la perspectiva normal. Una bota de faena, atada con un nudo flojo sobre la lengüeta de cuero rígido.
Mi instinto sólo me decía: «No te quedes tirado».
Apenas había tomado conciencia de la madera arañando mi mejilla cuando me levanté como un muñeco de cuerda y, medio mareado, traté desesperadamente de fijar la vista en algo pese al dolor en la sien y a que todo se movía. Entonces oí una especie de risa grave, y Morton Frankel apareció ante mi vista, abriendo y cerrando una navaja de resorte. A su espalda, el armario ropero estaba abierto.
Embestí sin pensarlo dos veces. No necesitas valor cuando estás familiarizado con la autodestrucción. Una vez que te han sacado del estómago casi un litro de Gran Patrón, no esperas que Dios, el destino o tú mismo os preocupéis demasiado por tu supervivencia. De modo que no fue valor, exactamente, sino más bien un reajuste de expectativas acerca del paquete de garantía.
Aparté de un golpe la mano con que empuñaba la navaja y arremetí de cabeza contra su nariz. Fallé pero le di en la barbilla, y Frankel giró sobre sí mismo y me asestó una puñalada en el costado. Le agarré como pude la muñeca y caímos al suelo. No hubo puñetazos directos ni ataques de kung-fu, solamente golpes de refilón, agarrones y un casi instantáneo agotamiento. En aquel pequeño espacio forcejeamos tratando de dominar al otro, nos arrastramos pegados a las paredes como a cámara lenta mientras nuestra respiración se volvía más dificultosa. Metódicamente, Frankel consiguió tenerme a tiro, me clavó un rodillazo en las costillas y se abalanzó sobre mí al tiempo que trataba de liberarse de la presa que yo había hecho en su muñeca. Estábamos lo bastante cerca como para besarnos. Una gota de sudor amenazaba con soltarse de la punta de su nariz, y aquellos dientes me parecieron grotescos a tan escasa distancia. El olor acre de su piel -mugre de fábrica y jabón químico-inundaba el breve pasillo. Apoyó su fuerte antebrazo sobre mi nariz y trató de liberar la mano del cuchillo. Mi pie dio contra el mueble zapatero, me afiancé allí y di una voltereta hacia atrás tratando de llevarme su brazo conmigo.
La mano del cuchillo se me escurrió.
Quedé boca abajo y Frankel a horcajadas con los dos brazos libres, la navaja fuera de mi campo visual. Traté de gatear por el suelo, pero me tenía inmovilizado, de modo que corcoveé para hacerle perder el equilibrio. Cada instante parecía durar una eternidad.
Frankel apoyó una rodilla en la pared para sostenerse. Luego oí que tomaba aire y un susurro de tela al echar el brazo atrás para descargar un golpe.