– No.
Me había hecho ponerme encima de ella con tanta furia, que yo todavía llevaba un zapato, los calcetines y el calzoncillo enredado en los tobillos. Me desnudé del todo y ella me observó. Una vez tumbado en la cama con las manos a los costados, dije:
– Bien. No tengo ninguna expectativa. Sólo estoy aquí desnudo para que puedas mirarme.
Se puso bien la camisa, se sentó al estilo indio delante de mí y me estudió con ojo clínico.
Al cabo de un rato pregunté:
– Y ahora, ¿cómo te sientes?
– Nerviosa. No he vuelto a… desde…
– Me lo figuraba.
– ¿Puedo tocarte?
– Puedes.
Puso sus manos sobre mi pecho y se apoyó como si quisiera probar mi consistencia. Me acarició los muslos con la punta de los dedos. Luego me tomó el miembro con la mano y dijo:
– Estás muy blando.
– Si continúas dejaré de estarlo.
Se rió, tapándose la boca como si su propia risa la hubiera pillado desprevenida. Se desprendió la goma de la coleta y sus lacios cabellos rozaron mi pecho cuando se inclinó sobre mí. Palpó todo mi cuerpo, centímetro a centímetro, como un ciego aprendiendo una forma nueva. Tras unos veinte minutos de silencioso examen, se quitó la camisa.
Su torso llevaba también señales de lo ocurrido aquella vez, aunque menos llamativas, incrustadas en sus espléndidas curvas. Un trecho de carne moteada en su hombro izquierdo, una cresta de músculo abdominal, una cicatriz en sus costillas, la curva de sus pechos.
– Puedes tocar -dijo-. Tocarme.
Levanté las manos y exploré su delicioso e impredecible cuerpo. Noté que le cambiaba la respiración. Ladeó la cabeza, dejando que el pelo se derramara sobre su rostro. Se dejó caer de espaldas y volvió a atraerme sobre ella, agarrándome por detrás. Noté su aliento cálido en el cuello. Tardó bastante en relajarse; empezamos a movernos lentamente, con paciencia, murmurando y besándonos, todo muy despacio e intenso. Y al final estábamos haciendo el amor, con cierta torpeza pero no sin gracia.
Después se aferró a mí, empezó a llorar y ya no paró. Lloraba con el desconsuelo de una niña y continuó hasta quedar extenuada. Bajo el barniz del cansancio y el miedo, parecía contenta.
Pasó una pierna sobre mi estómago y se apoyó en un codo con su cara junto a la mía.
– Siento haber llorado.
– No me importa. Pídete disculpas a ti misma, si quieres.
Apoyó la barbilla en mi pecho.
– Antes se me daba muy bien, ¿sabes?
– En cambio a mí siempre me han dicho que no era lo mío.
Se rió y me dio un golpecito.
– Dicen que los ojos son el espejo del alma -dije-, pero no lo creo así. Yo creo que el espejo del alma son los dedos de los pies.
– ¿Ah, sí? ¿Cómo son los míos? -Los meneó, enseñándomelos.
– Espléndidos.
Charlamos un poco más y nos quedamos dormidos. A las 23.32 me desperté sobresaltado.
– ¿Que? -dijo ella, soñolienta-. ¿Qué ocurre?
Me incorporé tratando de acompasar mi respiración.
El recuerdo del sueño volvió a mí con todo detalle. Iba en el Highlander, de noche, camino de la casa de Genevieve. Solo. Subía sus escaleras. Solo. Buscaba la llave. Solo.
– No puedo pasar la noche aquí. La última vez que dormí en casa de alguien fue cuando…
– Tú no sabes qué pasó.
– Exacto.
– Hicieras lo que hicieses, o no hicieses, tenías un tumor cerebral
– Desde entonces he hecho, o no, muchas cosas.
Como cuando desperté y me descubrí un corte en el dedo meñique del pie. Con un certificado de buena salud mental, había seguido mi propio rastro ensangrentado por toda la casa. Al volver había encontrado el cuchillo de deshuesar, con mis huellas, al lado de la cama. Había descubierto el bote de cristal hecho añicos en el fregadero y el ganglioglioma metido en el triturador de basura. ¿Y si no me habían drogado con Sevoflurane? ¿Y si Morton Frankel nunca había estado en mi casa? ¿Y si todo era una ficción, producto de mi imaginación de escritor? ¿Una historia hecha a medida, inventada por la misma razón que lo son todas las historias escapistas?
Algo me vino a la memoria con la viveza de una visión. Genevieve cambiando el paso al borde del precipicio sobre la playa de Santa Mónica, riéndose como una loca y yo menos de dos metros detrás de ella. Un ingenioso chantaje: ¿debía yo tener miedo?, ¿sentir indiferencia? ¿Debía acercarme? Turistas mirando nerviosos, padres apartando de allí a sus hijos. Nos habíamos peleado por una estupidez, y la cosa había degenerado como de costumbre. «¿Qué pasa, Drew? ¿Te avergüenzas de mí?» Vergüenza ajena, sí, pero también pánico al pensar que ella pudiera perder pie, rencor cada vez que yo sólo manoteaba el aire cuando ella parecía a punto de caer. En aquel momento no supe distinguir cuál era la sensación que se escondía debajo de las otras. Era rabia.
«Creo que cualquiera es capaz de cualquier cosa.»
Tenía otros peligros nocturnos que aportar, aparte de mi propio yo inestable. Kaden y Delveckio podían presentarse -después de todo, les debía una pistola- e involucrar a Caroline en la investigación. Morton Frankel podía estar ahora mismo fumando cigarrillos liados a mano en el callejón ele abajo, vigilando esta ventana.
– No me fío de donde estoy, necesito más respuestas.
– Perdona -dijo ella-, pero en esta relación sólo hay sitio para mis problemas.
Eso me hizo esbozar una sonrisa. Mientras me vestía, ella se puso un camisón. Nos besamos en la puerta. Pasé la yema del pulgar por una de sus cicatrices.
– ¿Y si llegas al final de este camino y descubres que fuiste tú? -preguntó.
– Dudo que pudiera vivir conmigo mismo.
– Mira, Drew, ésa es una alternativa de la que nadie suele disponer.
Capítulo 37
Desperté despacio y sereno y supe la hora antes de mirar el reloj de mi mesita de noche. La 1.08. Un estruendo amenazador abajo. El aire helado, más frío del normal en la casa por la noche, incluso en enero. Me di la vuelta y apoyé la mano en la pistola cargada.
El ruido cesó, y acto seguido se impuso de nuevo con renovada energía.
Xena gruñendo.
Retiré las sábanas, corrí al armario y me vestí a toda prisa. Al pasar frente a la ventana del baño me detuve, respirando a jadeos.
Al otro lado de la calle, delante del garaje del vecino, había un hombre de pie mirando hacia mi casa. Era poco más que una silueta; debido al juego de sombras era difícil calibrar incluso su estatura. ¿Morton Frankel, que por fin se decidía a venir?
Estaba inmóvil, y por el modo en que ladeaba la cabeza parecía estar mirando justo a la ventana donde yo me encontraba. ¿Podía verme tras el cristal?
Crucé rápidamente mi habitación y salí con sigilo a la galería. Al asomarme a la barandilla, vi la barra de seguridad en la moqueta, otra vez sacada de las guías de la puerta de corredera. No podía ver la puerta propiamente dicha, pero Xena estaba allí de cara a ella, con el lomo erizado. Una ráfaga de viento hizo traquetear la mosquitera, y momentos después el aire frío subió hasta mi cara.
Quité el seguro de la pistola y bajé rápidamente la escalera, el hombro pegado a la pared de mi derecha. Algo se movía en la puerta, hacia la parte superior donde yo había remendado chapuceramente el cristal. Debajo del contrachapado, en la única tira de cinta de embalar que quedaba a la vista, alguien había hecho un corte. Quienquiera que hubiese sido lo había agrandado unos quince centímetros antes de darse cuenta de que la madera no dejaría pasar una mano hasta la cerradura interior. Metida hacia dentro, la abertura se movía con el viento como una extraña boca acrílica.
Giré al llegar al pie de la escalera. Xena debía de haberme olido, pero seguía concentrada en el espacio de dos palmos que había quedado en la puerta corredera. Un susurro de hojas en la terraza de atrás. Me situé a la altura de Xena. Mort no habría contado con que yo tuviera un perro guardián. En la guía de la puerta, la pintura estaba arañada allí donde habían desalojado la barra de seguridad introduciendo una palanqueta.