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Abrí la mosquitera, salí a la terraza y dejé a Xena dentro para poder moverme con sigilo. Igual que antes, la verja lateral chirrió. Colina abajo se oían aullidos de coyotes, probablemente acechando la mascota de algún vecino. Con la 22 en el extremo de mi brazo estirado, rodeé la casa entrando y saliendo de las sombras hasta llegar a la calle.

Bajo la entrada del garaje sólo se encontraba el monovolumen del vecino y charcos de sombra. ¿Estaba perdiendo facultades? ¿Otra vez? De una carrera me acerqué al garaje, miré detrás y debajo del vehículo, volví a salir y me planté de nuevo en mitad de la calle. Ningún movimiento salvo el del follaje con el viento.

Y el rumor distante de un coche.

Agucé el oído, pero no percibí que el sonido se acercara o se alejara.

Avancé calle abajo por la acera, el ruido cada vez más fuerte. Dejé atrás dos solares y me detuve frente a la tapia de estuco que separaba el camino particular de la casa de la esquina. La pared alteró la acústica y no supe si el coche en marcha estaba justo detrás o más adelante, en la siguiente travesía.

Dispuesto a hacer fuego, llegué al extremo de la pared, pero el vehículo -si estaba allí- se encontraba demasiado apartado para entrar en mi campo visual. Aguantando la respiración, me aparté de la pared y entré en el camino particular. El perfil de un coche, unos diez metros delante en el estrecho camino, el parabrisas una lámina negra, humo del escape por la parte trasera. La casa estaba justo al doblar la esquina, encaramada a una cuesta. Noté en el aire un rastro de humo de tabaco. A mi derecha la pared, donde podía protegerme; a mi izquierda una mata de hiedra.

¿Acaso el conductor había dejado el motor en marcha para arrancar cuando regresara? ¿O estaba allí en ese momento, observándome?

Atento a una posible emboscada por el flanco o por detrás, avancé unos pasos apuntando con la pistola al parabrisas, listo para echar a correr. Pese al miedo y el frío, conseguí mantener el arma recta. Las repetidas nubéculas de vaho que me precedían indicaban que mi respiración se había acelerado.

El coche era un Volvo. Pintura oscura. Le habían quitado la placa de la matrícula. Unos pasos más y podría ver si había alguien en el asiento del conductor.

De pronto los faros se encendieron y me cegaron. El motor rugió y los neumáticos chirriaron, buscando agarre. El Volvo arrancó con un brinco. Disparé y la bala abrió un agujero en la esquina superior derecha del parabrisas. Di un salto hacia la izquierda, y me encontraba en el aire cuando el capó me alcanzó de lleno. Rodé sobre el parabrisas (vi al conductor, borroso) y salí despedido contra la hiedra. El Volvo salió derrapando a la calle, cruzó la intersección y se perdió de vista. Me quedé tumbado de espaldas, jadeando, un aspersor clavado en la zona lumbar. Correteaban ratones en torno a mí por la húmeda alfombra verde. Al cabo de un rato los grillos volvieron a lo suyo. El vecindario permanecía en silencio, sin inmutarse por mi disparo.

Arrancándome ramitas de la ropa y el pelo volví a notar el olor a tabaco. Me arrastré por el camino y busqué alguna colilla liada a mano. A un lado, sobre una hoja grande de hiedra, había un sobre de cerillas. ¿Adivináis la ilustración de la solapa?

Cogí una ramita para levantarlo sin dejar huellas dactilares. No quedaba ninguna cerilla, pero en el reverso de la solapa, en mayúsculas que ya me eran familiares, estaba escrita una dirección.

Una dirección que yo difícilmente olvidaría jamás.

Capítulo 38

La calavera y las tibias me miraban con malos ojos desde el sobre de cerillas, convenientemente resguardado en una bolsa hermética. Me paseé de un lado al otro bajo las luces de la cocina, devolviéndoles la mirada. Igual que el humo de tabaco, aquel sobre me parecía una artimaña, pero ¿cómo debía interpretarlo? ¿Acaso Mort había anotado la dirección de Genevieve la primera vez que la acechó? Era improbable que unas cerillas de hacía cuatro meses se hubieran agotado justo ahora. Así pues, ¿había escrito la dirección mientras planeaba el segundo asesinato? Tal vez había utilizado la casa de Genevieve como depósito, llevado allí a Kasey Broach tras el secuestro para no dejar pruebas en su propio piso. La casa de Genevieve, más o menos desocupada, habría sido un piso franco ideal. Mi disparo al parabrisas planteaba nuevas preguntas: si Mort había planeado todo esto para colgarme el mochuelo, ¿qué sentido tenía atropellarme ahora? ¿Sólo porque sabía que yo iba por él? ¿Trataba de liquidarme antes de que acudiera a la policía con pruebas concretas?

Abrí el móvil y marqué. Contestó Angela, aceptó mis disculpas y le pasó el telefono a su marido.

Como siempre, Chic parecía completamente despierto, como si le hubiera pillado dando un paseo de buena mañana. Me escuchó en silencio. Terminé de explicar la situación y le pregunté:

– ¿Puedes reunirte conmigo en la casa de Genevieve?

– Claro. ¿Para qué?

– No me trago lo de las cerillas, como no me tragué lo de la cuerda de sadomaso. Alguien que ha sido tan cuidadoso con las pruebas no aparca delante de mi casa, se fuma un pitillo y luego tira el sobre de cerillas con una dirección tan significativa escrita en la solapa.

– A no ser que pensara que tú ibas a estar demasiado muerto para encontrarla.

No le faltaba razón.

– Creo que está guiando mis pasos.

– Y tú lo vas a seguir.

– Sí. Creo que ese tipo ha dejado algo para mí en casa de Genevieve. Algo que me incrimina todavía más. Y quiero encontrar ese algo antes de que lo haga la policía y escapar antes de que el cepo se cierre.

– Un juego peligroso…

– Por eso necesito refuerzos.

– Y refuerzos vas a tener.

Estaba de pie en la cuneta con Chic y sus hermanos -a dos los conocía, al otro no- a mi lado y la casa de Genevieve delante de nosotros. Habíamos comprobado las calles y terrenos circundantes y Fast Teddie se había colado por la ventana de un cuarto de baño con su Colt 45 para cerciorarse de que en la casa no había nadie.

Chic me dio un codazo.

– ¿Listo para echar una ojeada?

Asentí con la cabeza.

Cruzamos el césped con su aspersor roto y avanzamos por las movedizas losas hasta el porche. Allí estaban los filodendros, allá el tiesto de terracota con el platillo agrietado debajo.

Había venido a este lugar muchas veces, en la realidad y en sueños y en el recuerdo. Ahora tenía la sensación de que las tres cosas se mezclaban.

En unos tres segundos, Fast Teddie hizo saltar el cerrojo de la puerta principal.

Chic empujó la puerta, me pasó una linterna y dijo:

– Estaremos donde ya sabes. Deja el móvil conectado.

Pasé al interior y cerré la puerta detrás de mí.

Estaba solo en casa de Genevieve.

Cada objeto me traía un recuerdo. Bombonera en cristal Baccarat, de tacto resbaladizo. El espacio de la mesita donde solía estar el pisapapeles de Murano. Bufanda a rayas blancas y rosas colgada sobre el pasamanos de la escalera, todavía con un ligerísimo toque de Petite Chérie. El duro mármol del vestíbulo. El taco de los cuchillos me miró desde la cocina, cinco mangos de acero inoxidable y una ranura vacía. Pensando en el baño de lejía que habían dado al cuerpo de Kasey Broach, miré en el lavabo y las bañeras y luego en el garaje. Registré la sala de estar y la glorieta enmoquetada a la que Genevieve solía llamar comedor, buscando alguna cosa fuera de lo normal.

Sólo me quedaba el dormitorio, en el piso de arriba. Las piernas me cosquillearon al empezar a subir. ¿Adrenalina? ¿Miedo? La puerta estaba entreabierta. Incluso con la escasa luz, se veía bastante bien: un borrón ensanchado, más claro que la moqueta de alrededor, donde algún limpiador industrial había blanqueado las fibras de color beige.