La cama estaba hecha, un detalle que me emocionó. ¿Quién había arreglado todo esto después de los hechos? ¿La madre de Genevieve? ¿O acaso un perito forense de buen corazón había adecentado la cama antes de marcharse?
Regresé a mi cometido y registré el vestidor, el lavabo, la lujosa bañera rosa con su reposacabezas inflable, que ahora tenía un toque de moho.
Volví a aquel punto en la moqueta y me senté cruzado de piernas.
Allí habían acuchillado a Genevieve.
Allí se había extinguido su vida.
Allí había hundido yo mis manos en el pozo sangriento de su cuerpo, allí había sufrido mi ataque y me había desmayado.
El recuerdo estaba ahí, al acecho, perdido en los remolinos de mi lóbulo frontal.
Yo quería -necesitaba- respuestas. Quería ver repentinamente claro, sentir el relámpago de la epifanía. Pero allí no había otra cosa que la quietud acendrada de un dormitorio desierto.
Pasados unos momentos capté un débil siseo. Me puse de pie y giré sobre mí mismo buscando el origen, y acabé con la oreja pegada al altavoz empotrado junto al cabezal de la cama.
Fui hasta el umbral del comedor, donde una pared de armarios de madera buena describía un arco hacia la cocina. Una ventana panorámica, la más grande de la casa, ofrecía una magnífica vista de la colina e intervalos de la calle que bajaba serpenteando hasta Coldwater. El armario de la izquierda, donde, obedeciendo a la extraña lógica de los galos, Genevieve guardaba el equipo de música, se abrió suavemente dejando escapar una vaharada de calor electrónico. Entre los diversos aparatos oscuros, un puntito de luz verde. El lector de compactos había quedado encendido. ¿Sonaba un disco la noche de su muerte? La música que yo había oído en mi sueño -recuerdo al subir al porche quiza no estaba sólo en mi cabeza, como el fuerte olor a caucho quemado. El contador digital indicaba que el CD había llegado al final. Pulsé eject y la bandeja salió obediente, portando un compacto sin etiqueta, seguramente algo que Genevieve habría copiado de su lista de iTunes.
Me disponía a empujar de nuevo la bandeja para hacerlo sonar cuando mi móvil pitó, rompiendo el tenso silencio. Levanté la vista hacía la ventana.
Dos todoterrenos grandes, oscuros y de lunas tintadas bajaban sin luces por Coldwater, torcían hacia la calle de Genevieve y empezaban a subir la cuesta.
La voz de Chic por el móvil sonó apremiante:
– Lárgate ahora mismo.
Salí de allí a la carrera, dejando una estela de losas bamboleantes. Subí al coche y deslicé el CD sin etiqueta bajo la esterilla del suelo. Mientras arrancaba a toda prisa y me ponía el auricular, vi cómo parpadeaban las luces traseras de Chic en el trecho de calle visible a mi izquierda, colina abajo.
– ¿Dónde están?
– Una manzana más abajo -dijo Chic-. Teddie acaba de ejecutar el giro de tres puntas más lento de la historia, para retenerlos un poco. Las lunas tintadas no me dejan ver quiénes son. ¿Llevas eso encima?
Dejé la 22 en el asiento del pasajero.
– Sí.
– Tú tranquilo. Sigue cuesta abajo sin inmutarte. La calle es estrecha; necesitarán tiempo para dar media vuelta. Cuando lleguemos al pie de la colina, nos abrimos en cinco direcciones diferentes.
Aferré el volante y anclé la pistola en el hueco entre los asientos; si había problemas, no era plan que se me cayera al suelo.
Varias curvas cerradas y luego, por fin, unos faros iluminaron un chaparral en el arcén derecho. Aminoré la marcha, me pegué a la pared del cañón, y dos Tahoe negros pasaron a toda pastilla haciendo balancearse mi coche. Imposible ver la matrícula; negro infranqueable en las ventanillas de ambos coches.
Estaba ya en la curva cuando vi por el retrovisor que las luces de freno de los Tahoe se encendían. Mi estómago se crispó.
Acelerando por la peligrosa carretera le dije a Chic:
– Me han identificado.
– Bien. Sigue con el auricular. Dime dónde estás.
Torcí por Coldwater lanzando una rociada de piedras y gravilía al carril contrario y pisé a fondo colina arriba, saltándome el semáforo para gjrar a la izquierda al llegar a Mulholland.
– Voy hacia mi casa.
– Estoy detrás de ti.
El morro del Tahoe que iba en cabeza apareció en mi retrovisor, pero lo perdí al tomar una curva. En Benedict Canyon el semáforo estaba en ámbar; vi otro todoterreno grande esperando en el cruce y pisé el acelerador, colándome cuando ya se disponía a cortarme el paso. ¿Tres coches persiguiéndome? ¿El FBI? ¿La mafia? ¿Gánsteres? Manteniendo el acelerador peligrosamente apretado e invadiendo el carril contrario para apurar las curvas, conseguí mantener a mis perseguidores a cierta distancia.
– ¿A qué altura estás ahora? -preguntó Chic.
Cerca ya del cruce con Beverly Glen, Mulholland se ensanchaba en varios carriles.
El viento me trajo jirones del sonido de un megáfono: «Acerque su vehículo al bordillo…». Pisé el freno, entré derrapando en la curva y vi lo que me esperaba: seis coches patrulla aparcados morro contra morro bloqueando el paso, con las luces destellando, las puertas abiertas, y armas de fuego apuntando hacia este servidor. Un poco más allá, varios conductores confusos empezaban a dar marcha atrás previendo jaleo.
Cuando el chirrido de mis neumáticos calló, oí las sirenas poniendo música detrás de mí.
– Es la poli -dije.
Chic respondió:
– Me voy a casa.
Por el retrovisor vi alejarse tranquilamente la camioneta rojo cereza por una travesía. Encendí la luz cenital y puse ambas manos sobre el volante. Uno de los Tahoe se detuvo a mi altura y la ventanilla oscura empezó a bajar.
– Tengo un veintidós cargado en el asiento del pasajero -dije.
Sobre el cañón de su Glock, que me apuntaba, Bill Kaden dijo:
– Sí, creo que me suena.
Capítulo 39
Apoyé las manos esposadas en la mesa de interrogatorio y contemplé las ya familiares paredes amarillentas, el espejo salpicado de óxido. Era de día, pero allí dentro era imposible saberlo con certeza.
Kaden y Delveckio me habían puesto en manos de dos polis rudos que olían a tabaco y se negaron a hacerme el menor caso hasta que me sacaron del asiento de atrás. Algunos periodistas se habían acercado a Parker Center movidos por el rumor de que un violador convicto iba a ser trasladado para un juicio. No habiendo tal, se habían contentado con fotografiarme en plan sospechoso escoltado por la policía. Una vez arriba, habían dejado que me entretuviera solo un par de horas; quien dijo que el agobio fomenta la creatividad era un capullo.
La puerta se abrió de golpe y, entró Kaden. Las mangas subidas, la pistolera puesta, oliendo a tiza y café. Detrás de él, Delveckio sonándose con un pañuelo de papel.
– Hemos encontrado la blusa de Kasey Broach en el lavadero de la casa de Genevieve Bertrand -dijo Kaden.
El lavadero. Yo no había estado lo bastante alerta como para dar con la prueba que me habían dejado allí.
– Y tus huellas por toda la casa -añadió Delveckio.
– Pues claro. Yo iba mucho a esa casa, antes de que cortáramos.
– Estabas en su calle -dijo Kaden.
– Había ido a dar una vuelta.
Kaden se agarró a los bordes de la mesa, flexionando los brazos.
– ¿Niegas que hace sólo unas horas forzaste la entrada de su casa?
– No pienso confirmar ni negar nada hasta que no hable con un abogado.
– Ya, ¿y por qué no solicitas uno ahora?
– Porque tendríamos que dejar de hablar. Sé que pensáis que habéis encontrado algo. Probablemente es algo horroroso. Quiero saber de qué se trata. -Estaba empapado de sudor-. Lo adivino por todo el montaje. Nueve coches patrulla persiguiéndome, esposas, el gesto presumido con que me miráis. Bueno, ¿qué es? ¿Los dedos de los pies de un ligue mío del instituto escondidos debajo de los tulipanes de mi patio delantero?