Me tendió la mano, pero no fui tan tonto de aceptarla. Los dos rieron con ganas. Kaden dijo:
– La cosa no funciona así, como ya intentamos explicarte una vez. Te negaste a ser buen chico y ahora se te acusa de obstrucción a la justicia, agresión con violencia y un par de allanamientos de morada. Te lo pedimos amablemente, te lo pedimos menos amablemente, te advertimos de que esto acabaría fatal. Pero tú querías seguir jugando a ios detectives y no pensaste que habláramos en serio, que esto tendría consecuencias. De modo que habrá cargos, porque, ya ves, nos hace gracia saber por qué te empeñas en colgarle a otro el asesinato de Kasey Broach. Sí, vale, tienes la coartada de tu vídeo, pero nosotros vamos a atar cabos porque sabemos que están ahí para ser atados. Y mientras nos ocupamos de eso, a ti te dejaremos con los presos comunes en Twin Towers.
Kaden se incorporó y me agarró el brazo con fuerza para sacarme al pasillo. ¿Qué podía hacer? ¿Patear y gritar? ¿Resistirme a golpes?
Bajamos en ascensor, subimos al coche y fuimos a Twin Towers. Me sacaron a la fuerza, yo medio entumecido, sin acabar de creer que fueran a encerrarme en la pecera con homicidas y violadores, pero al mismo tiempo creyéndomelo. Me asignaron a la Torre Uno. La forma hexagonal del edificio, que contribuía al muy promocionado diseño panóptico, convertía el interior en una casa de espejos, cada rostro modulado y flanqueado por su múltiple imagen reflejada. El olor del edificio estaba grabado en mi memoria, devolviéndome a aquellos cuatro meses infinitos. El hormigón sucio, el alboroto metálico, el eco de gritos amortiguados por las paredes. Noté que el aire denso se alojaba en mi faringe.
– Primero tenéis que presentar los cargos y dejar que llame a mi abogado -dije.
Ambos dejaron sus Glocks en el armero. Cruzamos la doble puerta de seguridad y entramos en la tierra de nadie de ayudantes de sheriff con sus uniformes verde y beige y aerosol de pimienta colgado del hombro. Más allá de otra verja de barrotes vi a los reclusos moviéndose en círculo por el enorme recinto de recreo, sus improperios, sus carcajadas llenas de amenaza. Frankel no estaba entre ellos, pero lo estaría pronto. Mientras dos adláteres observaban, un preso con perilla y la cabeza rapada se arrimó a un chaval negro flaco, inmovilizándolo contra una ventana con barrotes. Una oleada recorrió al grupo y todas las cabezas bascularon hacia la verja, para mirarme a mí.
Me solté.
– Es increíble. No podéis hacerme esto.
Kaden me quitó las esposas. El ayudante de sheriff hizo un gesto a un colega situado detrás de un cristal antibalas, y la verja empezó a chirriar. El tipo la apartó del todo y me empujó para que pasara, lo sabía que era mejor no suplicar, de modo que avancé y me encaré a los demás. El recinto estaba a tope, al menos un centenar de monos azules en los bancos metálicos y en las espalderas y paralelas. El aire estaba inmóvil y el calor de todos aquellos cuerpos en pleno esfuerzo hacía vibrar el aire como una nota grave y sostenida.
Detrás de mí la verja se cerró con determinación de acero.
Unos quince presos se aproximaron a mí, aparentemente picados por la curiosidad. Un hombre con sendas cruces grabadas a fuego en los antebrazos se adelantó al resto, estirando los dedos como si los flexionara. Me hice a un lado, de espaldas al hormigón, mientras los demás se situaban estratégicamente y continuaban acercándose.
Capítulo 40
El recluso de los brazos tatuados sonrió, y su bigote pelirrojo pareció extenderse. Hizo una finta, y yo lancé un puño, pero fallé.
Los otros silbaron y rieron, y alguien dijo:
– Menudo Mike Tyson.
– Y una mierda -lo corrigió uno de los reclusos negros-, en todo caso Jack Dempsey. Nos vamos a reír de lo lindo.
Otro tipo se me acercó por la izquierda y yo giré en redondo, alcanzándole en la mandíbula. El impulso me hizo perder el equilibrio. El recluso de las cruces se me coló por la derecha y me inmovilizó por detrás con un abrazo de oso. Noté su aliento a tabaco en la mejilla. Giré sobre mí mismo, dando codazos, e intenté colocar un golpe, pero el tipo me alzó en vilo. Entonces choqué contra el hormigón y vi docenas de zapatillas de lona blanca acercarse rápidamente hacia mí.
Se oyó un ruido metálico y de pronto la gente se dispersó. Alguien me quitó al oso de encima. Con dos ayudantes, uno a cada lado, Kaden me levantó del suelo y me llevó por un pasillo hasta el ascensor. Delveckio y él guardaron silencio como dos ejecutivos saliendo de la oficina. Antes de que mi respiración recuperara el ritmo normal, me habían sacado al vestíbulo y finalmente al sol de la tarde.
Kaden me hincó un dedo en la mejilla.
– Deja que te demos un buen consejo. No metas las putas narices en esta investigación. Para nada. No, permite que me corrija: en todas las investigaciones y todas las actividades del departamento de policía de Los Ángeles. ¿Queda claro?
Todavía me costaba respirar, pero dije:
– Sí.
Delveckio me pasó de mala manera una caja de zapatos con mis pertenencias. La puerta de cristal despidió un destello, y los inspectores se marcharon. Di unos pasos vacilantes y me senté en una jardinera.
Dos segundos de quietud y, de repente, empecé a temblar como un flan.
La gente pasaba hablando de planes para el fin de semana, quejándose de lo malo que era el café.
Al cabo de unos minutos fui capaz de pensar con cierta claridad. ¿Mi letra en el sobre de cerillas? Quizás estaba más loco de lo que creía. Pero también había pruebas de lo contrario. Que uno esté paranoico no significa que alguien no vaya por ti. De hecho, sería más fácil cargarle el mochuelo a alguien que tiene los nervios constantemente de punta.
La noche del asesinato de Kasey Broach, Frankel estaba ocupado en otra violación. Pero lo habían descrito como asesino de Broach, igual que a mí. ¿Era el cabeza de turco suplente, o le habían colgado el papel del que me echaba a mí el muerto? ¿Iba realmente por mí, o alguien me estaba enredando para que yo eliminara a Frankel? Me sentía al borde del abismo, como en la típica secuencia de Vértigo.
Al final saqué el móvil de la caja de zapatos y marqué el número de Chic.
Respondió al instante.
– Ven a buscarme -dije-. Tengo muchas cosas que hacer.
Me había serenado bastante para cuando llegó Chic, pero pensar en aquellos minutos desprotegido en el recinto de recreo de la cárcel todavía me producía ardor de estómago.
Chic aparcó y dijo:
– Empiezo a estar harto de venir a recogerte a la cárcel.
– Haz ver que eres mi chulo.
Cuando le expliqué que le había dado la muestra de pelo a Johnnie Ordean, Chic meneó la cabeza.
– Pero, Drew…, eso es apuntar al blanco equivocado. Eres demasiado inteligente para confiar una prueba importante a un histérico vocacional.
– ¿Qué debería haber hecho?
– Seguro que alguien del negocio de las pruebas de paternidad podría analizar un cabello. Es un sitio tranquilo, cuando no están encendidos los focos klieg.
No fue la primera vez que deseaba haber nacido con el sentido común de Chic.
Continuamos un rato en silencio mientras yo meditaba sobre mi próximo paso.
Sonó el móviclass="underline" era Preston, exigiendo novedades. Le puse rápidamente al corriente, y luego Chic empezó a hablarme por el oído libre, de modo que conecté el altavoz. Hablábamos los tres a la vez y, naturalmente, fue Preston quien dominó la situación.
– Bueno, vale, a ti y a Mort os tendieron una trampa. Has estado perdiendo el tiempo.
– Es lo que yo intentaba decirle -intervino Chic-. Si Mort Frankel no es el tipo que buscas…
– ¿Por qué actuó de manera tan estrafalariamente hostil contra ti?
Molesto por este dialogo de ping pong, me tomé mi tiempo para responder. Pero Chic no me dio respiío.