Lo sentía mucho. Sí, claro.
No era ningún sádico, pero había introducido la cuerda de bondage para despistarnos; el Sevoflurane para mantener a las víctimas con vida y maleables; el Xanax para que estuvieran más o menos serenas si recobraban el sentido (una faceta humana en un acto inhumano). No quiso que sufrieran, como tampoco que sufriera yo. Sólo quería una cosa, a toda costa: que su mujer viviera. ¿Se habría disculpado con sus víctimas como había hecho conmigo? ¿Habría llorado al ponerles la mascarilla para que dejaran de forcejear, o cuando situó adecuadamente el cuchillo de deshuesar para la puñalada final?
– Hay dos correspondencias en Los Ángeles -dijo Big Brontell.
El aliento que contuve me ardió en el pecho. Recé en silencio. «Que el nombre de Genevieve sea uno de ellos, y así yo seré inocente.»
– Vamos a ver… -dijo Big, con tanta parsimonia que me dieron ganas de chillar-. Kasey Broach, pero parece que se borró de la lista activa.
Pero a Lloyd le habría resultado muy fácil obtener autorización para acceder a la base de datos de médula ósea, encontrar correspondencias actuales o antiguas.
– ¿Y el otro nombre? -pregunté con un hilo de voz.
– Sissy Ballantine.
Apoyé la frente en mi mano. Estaba resbaladiza y caliente.
– Consta como hermana donante. Pendiente de trasplante.
Eso quería decir que su médula se reservaba para un hermano o hermana, y por tanto no iba a estar disponible para Janice. Lo cual, a su vez, significaba que Lloyd tuvo que extraer la médula de una de las dos y matarla para eliminar el rastro. Kasey Broah, inactiva en la lista de donantes y por tanto más alejada de cualquier pista, había sido la mejor elección.
– Gracias, Brontell. No sabes cuánto…
– Un momento -dijo. Y le oí gritar a alguien-: ¡Busca el Haloperidol! -Otra vez a mí-: Te dejo, Drew. Se requiere mi humanidad en la unidad de psiquiatría.
Desconectó, y yo cerré el móvil y lo dejé en el asiento contiguo.
Cuando levanté la vista, tenía a Lloyd en la ventanilla.
Capítulo 42
Me hizo señas con una mano para que bajara la ventanilla. Su otro brazo quedaba fuera de mi vista puesto que estaba medio subido al bordillo, inclinado bajo una larga rama. Pulsé el botón sin dejar de vigilar la mano escondida. Por el modo en que tenía flexionado el brazo, sostenía alguna cosa. El móvil me resultó duro y bruñido al tacto.
– Hola, Lloyd.
Un anticuado cinturón de tela sujetaba sus Dockers beige. Llevaba un polo rojo ladrillo metido por dentro del pantalón, aunque se le había salido de un lado tras un esfuerzo reciente. Su cabello rubio ondulado brillaba de sudor en la frente y las sienes.
– Hola -dijo-. ¿Qué quieres?
Hice un gesto hacia el manuscrito que teína en el regazo, concediéndome un segundo para que mi voz no revelara la adrenalina que me corría por las venas.
– Pasaba para ver si le echábamos otro vistazo. Ahora estaba revisando…
Cambió de postura, su brazo se movió, y estuve en un tris de aplastarle la cara con mi puño reforzado por el Motorola. Pero lo que apareció no fue un arma, sino un rollo de cinta aislante que él hizo girar distraído alrededor de un dedo.
– Ahora mismo estoy agobiado, Drew. No puedo ayudarte. Ni dedicarte unos minutos. Es muy mal momento. Imposible.
Pese a lo repulsivo de sus actos, Lloyd estaba siendo sincero. Parecía agobiado, sí, abrumado por la pena y el desconsuelo. Como si la sirena del pánico hubiera sonado tantas veces que su cabeza ya no registrara el ruido. Al igual que yo, había llegado a esto por desesperación, escogiendo el menos horrible de dos panoramas. Por su cara adiviné que él también había tenido su ración extra de dudas.
– Está bien. Tranquilo. Perdona que te haya molestado -dije, poniendo la primera-. Ya nos veremos.
– Vale, Drew -repuso en voz queda.
Arranqué, mirándole por el retrovisor. Lloyd se quedó en el bordillo viendo cómo me alejaba y luego echó a andar encorvado hacia la casa, como si sus pensamientos le hicieran doblar la cerviz.
Giré en la primera esquina, paré y marqué un número.
– Con el inspector Unger, por favor.
Momentos después, Cal se puso al teléfono.
– Soy Drew. Estoy cerca de la casa de Lloyd Wagner. Necesito que vengas ahora y que traigas la caballería. Lloyd tiene un Volvo con la abolladura en el lado derecho, repintado de marrón. Su mujer padece leucemia. Hay sólo dos correspondencias en Los Ángeles con su tipo de médula. Una era Kasey Broach.
Oí crujir madera cuando Cal se sentó.
– ¿Y la otra era Genevieve?
– No -repuse-. Una tal Sissy Ballantine.
– ¿Sissy, has dicho?
– Sí. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
– Acabo de recibir una alerta naranja -dijo, tensando la voz-. Esa chica ha sido secuestrada hace unas horas frente a su casa en Culver City. Un vecino vio que un tipo la metía a la fuerza en una furgoneta blanca.
Apagué el motor del Highlander.
– Quédate donde estás -dijo Cal-. No te acerques a la casa. Vamos para allá.
– Os espero.
– No te acerques a esa casa. Promételo, Drew.
Cerré el teléfono con rabia, cogí del maletero la llave desmontadora de neumáticos y eché a andar.
Capítulo 43
Con el máximo sigilo, fui acercándome entre los setos vecinos. La puerta del garaje estaba bajada y pude oír en el interior el ruido de un trozo de cinta aislante arrancado del rollo. Acompasé la respiración y me icé hasta la ventana lateral del garaje, metiéndome entre unos olorosos enebros. Una polvorienta persiana protegía el cristal, pero allí donde habían pellizcado las rígidas lamas para bajarlas, pude ver algo del interior en penumbra.
La cintura y las piernas de Lloyd sobresalían de la trasera de la furgoneta. A sus pies una lona protectora hecha un guiñapo. Lo vi emerger con el rollo de cinta entre los dientes y una navaja en la mano. Al parecer, estaba en la fase final del trabajo.
Me aparté, mirando a intervalos por encima del hombro. Lloyd había dejado la puerta de la cocina sin cerrar, y me colé. Platos sucios, restos de comida y recipientes vacíos tapizaban las encimeras que yo había dejado limpias unos días atrás; un burrito a medio comer descansaba encima de la goma que protegía el triturador: Lloyd haciendo lo posible por seguir adelante.
Empuñando la llave con firmeza, enfilé el oscuro pasillo y la franja de luz que se filtraba bajo la puerta del dormitorio. Entre el nervioso tictac del reloj de la cocina y el más suntuoso y rotundo del reloj de pie en la sala de estar, distinguí el susurro del equipo médico. Avancé escoltado por las fotos de Lloyd y Janice. La del día de la boda, los dos radiantes y abrazados como buenos novios; el parachoques de su Gremlin arrastrando papel higiénico y latas, la palabra «¡Felicidades!» escrita en la ventanilla trasera; junto a la piscina en Hawai, periódicos abiertos sobre las tumbonas, combinados con rodaja de fruta en el borde del vaso. Fui consciente de mis pasos en el entarimado ligeramente alabeado, del aire que me quemaba el pecho, de la tira de luz filtrada cada vez más cerca. Janice ya tenía algunas canas cuando los fotografiaron delante de El Capitán en Yosemite. Sonrisas joviales iluminaban sus rostros, sentados a una mesa de hierro forjado en una plaza de Venecia. En la mayor parte de las instantáneas se miraban el uno al otro, no a la cámara, como si no pudieran evitarlo, como si guardaran un secreto que no querían compartir con el resto del solitario mundo.
Llegué al dormitorio y cogí el abultado tirador de anticuario; el rumor monótono del equipamiento médico ahogó el sonido de los relojes y también mis pensamientos. Por manida tradición novelística, no pude evitar acordarme de otro día y otra puerta, temeroso de franquearla.
Antes de que el valor me abandonara, entré en la habitación.
La cama estaba de través en el amplio espacio, incongruentemente elevada sobre un somier con barandillas metálicas alrededor. La habían ladeado hacia la ventana para que Janice pudiera ver el trecho de árboles en pendiente. El cuarto olía a comida rancia, a sábana impregnada de sudor y a restos de excrementos no debidamente limpiados de las cuñas y la ropa. La suma de antiséptico, monitores varios y goteros como brotes electrónicos me devolvió a la habitación donde hacía cuatro meses yo había despertado para descubrir sangre de Genevieve debajo de mis uñas.