– Te ayudé a escribir todos esos libros -dijo Lloyd-. Así que supuse que tú podrías ayudarme a escribir éste.
– Sé que tenía una deuda contigo -dije-. Pero ¿tan grande era?
Nos miramos. Había inclinado su peso hacia delante y no podía ver sus manos, lo que me puso nervioso. Pasé las mías a la espalda y agarré la bandeja metálica. La llave estaba lejos de mi alcance, sobre la cama.
– Bueno -dije.
– Bueno. -Frunció el ceño y su boca se contrajo un poco, como a punto de hacer pucheros, pero sus facciones recuperaron enseguida la serenidad-. ¿Y qué vamos a hacer ahora?
– Pedir una ambulancia para Sissy. Y para Janice. Unos polis a los que probablemente conocemos vendrán por ti. Iremos con ellos y lo explicaremos todo.
– No. -Meneó la cabeza-. Te diré cómo irá la cosa. Yo te mataré. Y luego mataré a Sissy. Y después le inyectaré su médula a Janice.
Noté un calor repentino en mi cicatriz, y enseguida un escozor insoportable. Mis dedos rozaron el mango del cuchillo de deshuesar que tenía a mi espalda.
– ¿Cómo piensas hacer todo eso? -pregunté.
Lloyd se inclinó y alcanzó algo que había detrás de la puerta.
Me sobrevino un mareo. Percibí no un olor sino un cambio en la consistencia del aire. Perdí momentáneamente el equilibrio, pero lo recuperé. Cuando levanté la mirada, una máscara antigás me estaba mirando desde el umbral, sus filtros cilindricos como mandíbulas de insecto. Ahora la puerta estaba abierta del todo, y eso me permito ver el bote que Lloyd había estado escondiendo. Su mano descansaba sobre la válvula que tenía en la parte superior. En la otra mano sostenía una mascarilla de plástico con la forma de la nariz y la boca, y el tubo conectado a la cánula. Miré medio mareado el extremo de tubo que tenía a mis pies, reparando sólo ahora en el leve siseo que había sonado todo el rato, y que el zumbido del filtro había hecho casi inaudible.
Lloyd arrancó la válvula, desvió el gas hacia la mascarilla, y se abalanzó contra mí. Tanteé en busca del cuchillo y lo frené con el otro brazo, pero él consiguió plantarme la máscara en la cara. Inhalé gas puro y al punto las rodillas me fallaron. Al sacudir los brazos golpeé la bandeja, y caí en medio de un estrépito metálico.
Mi mano buscó el cuchillo entre los pliegues del plástico de pintor, y finalmente tocó el frío mango. En el momento en que Lloyd se me venía encima y me apretaba de nuevo la máscara contra la cara, adelanté el cuchillo y presioné su abdomen hasta que finalmente rompió la tensión epidérmica con un ruido sordo y se hundió. Lloyd cayó sobre mí, su máscara antigás fuera de sitio, cubriendo ahora sus rizos. Al agitar las piernas, volqué el bote de pyrex: un tintineo de cristal roto seguido del hedor a formol típico de la clase de Ciencias. Lloyd lloraba sobrecogido; la cara, una máscara de dolor. Mis dos manos, que aferraban el mango del cuchillo, estaban atrapadas bajo el peso moribundo. Sus dedos se hincaron en mis mejillas, tratando de mantener la mascarilla pegada a mi boca y mi nariz.
Farfulló algo y luego se desplomó, babeando sangre en mi pecho.
Caucho quemándose.
El olor acre inunda mi cabeza, impregna mis cavidades nasales, envuelve mi cerebro. No puedo sacármelo de dentro.
Voy en coche. El reloj del salpicadero marca la 1.21.
Aparece la casa de Genevieve. Doy un volantazo y me subo al bordillo, rompiendo un aspersor en el margen del césped decorativo.
El ruido de la puerta del coche al abrirse, corro hacia la casa, noto caliente la musculatura de los muslos. Mi carne está pegajosa, vibra con un terror desconocido. Llego al porche. Dentro suena música.
Agarro el tiesto, me resbala, el platillo se agrieta. Lo intento de nuevo, cojo la llave de latón que hay debajo. Mis manos tratan de abrir el cerrojo. Se me cae la llave y rebota en el suelo, pero no se cuela por los resquicios.
Mi cabeza enturbiada por el hedor, introduzco la llave, giro y empujo. Al entrar tambaleándome, golpeo la mesita. El pisapapeles de Murano se desliza como un disco de hockey sobre hielo y se hace añicos, segmentos de millefiori repicando en el suelo de mármol.
Cuerdas etéreas, metales atronadores, el penetrante aullido de una soprano.
«Perché tu possa andar… di là dal mare…»
Subo la escalera como flotando, mis pies apenas tocan la moqueta.
Genevieve yace boca abajo con las piernas recogidas, como si hubiera estado arrodillada.
Muerta.
La sangre ha empapado la moqueta blanca a su alrededor. La ventana está abierta y su bata de seda crema, que ha dejado al descubierto un pálido hombro, ondea con el viento.
Algo se afloja en mi pecho y lanzo un grito, corriendo hacia ella. La agarro suavemente por los hombros y trato de darle la vuelta. Uno de sus brazos se balancea tieso, con el codo doblado, y me golpea la cara.
El crescendo implacable de la música.
«Amore, addio! Addio! Piccolo amor!»
La tengo reclinada en mis brazos, el índice de una mano delicada señalando como el Adán de Miguel Ángel, pero le falta la pareja. El cuchillo está hundido hasta el mango. Sollozando, frenético, agarro la punta de acero inoxidable con ambas manos y estiro. Genevieve cae de mi regazo.
La negrura invadió mi sueño-recuerdo, poco a poco, hasta borrar del todo mi visión.
Entre la bruma del Sevoflurane, me pareció oír sirenas.
Capítulo 44
Era tan tarde que ya era temprano, pero el cielo todavía no lo reconocía. Un Los Angeles Times adornaba mi umbral, el primero desde que había reanudado la suscripción tras salir de la cárcel. Manchado con la sangre de Lloyd Wagner, me agaché para cogerlo. Tal vez las cosas empezaban a volver por fin a la normalidad.
Sobre una foto de mí, pálido y contrariado, el titular -como de costumbre, ya caduco- rezaba: «Danner otra vez detenido».
Tal vez las cosas no estaban volviendo a la normalidad.
Entré en casa, y Xena se me lanzó encima a modo de saludo. Me quité la camisa ensangrentada y la arrojé a la basura, y luego fui a la sala de estar y me senté en mi venerable butaca de lectura. Las cabezas parlantes de la tele comentaban la muerte de Lloyd y, por supuesto, mi participación. Ah, pero no hablaban de que yo no había matado a Genevieve Bertrand, de que ella ya estaba muerta cuando la encontré. La prueba de ese importante detalle estaba encerrada en mi nada fiable lóbulo frontal, y por mucho que lo intentara Fox News no podría conectar con eso.
Pero yo sí podía. Ahora sí.
Entre destellos de flash que daban un efecto de luz estroboscópica, Cal explicó desde un estrado frente a la casa en North Hollywood cómo habían irrumpido allí y nos habían encontrado a Sissy Ballentine y a mí recobrando el sentido en aquella improvisada sala de atención médica. En segundo plano, dos sanitarios forzudos estaban sacando a Janice tumbada en una camilla, y el zoom nos permitió, a los espectadores, visionar cómo la subían a la ambulancia.
El primer plano de Janice fue muy apropiado, no en vano era la estrella involuntaria de la historia. Yo, a fin de cuentas, no había sido el protagonista, sino -al igual que Kasey Broach y Sissy Ballentine- un simple actor secundario. Morton Frankel, segundo cabeza de turco, había hecho su papel al igual que yo, éramos dos prescindibles figurantes que habían ocupado su puesto y recitado sus frases. Reaccioné a los preparativos de Lloyd con una prontitud y un entusiasmo difícilmente superables, llamándole a las pocas horas de salir de prisión, rascando la imaginaria costra de mi culpabilidad hasta hacerme sangre. Sin darme cuenta, libro tras libro, había dejado que Lloyd se implicara mucho más de lo que suponía un mero trabajo de asesoría científica. Algunos de los más diabólicos asesinatos de mis novelas no habrían sido ni de lejos tan ingeniosos de no ser por Lloyd. Y quizá su crimen no habría sido ni de lejos tan «perfecto» de no ser por mí. O no tan rocambolesco.