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La señora Cameron estaba lavando ropa en la pila de la cocina. Sus brazos estaban sumergidos en la espuma y Elsie contempló aquella espalda inclinada con una mirada llena de desprecio.

– ¿Por qué siempre tienes que estropeármelo todo? -preguntó.

– No es mi intención -dijo su madre con un suspiro-, pero tanto papá como yo estamos… -Se interrumpió bruscamente. Aquel día estaba demasiado cansada para discutir, y al fin y al cabo Elsie nunca seguía sus consejos.

Había perdido la partida con aquella chica. En la vida de Elsie no había zonas grises: el amor debía ser absoluto; el apoyo, infatigable; las críticas, inexistentes. El menor comentario negativo, pronunciado con la mejor de las intenciones, provocaba un ataque de ira… o, en el peor de los casos, amenazas de suicidio. Elsie podía pasarse semanas sin dirigirles la palabra a sus padres; en otras ocasiones, los adulaba sin medida.

El conflicto desempeñaba un importante papel en todas sus relaciones. Tanto en casa como en el trabajo. Una persona podía caerle bien un día y fatal al siguiente. Pero Elsie nunca entendió por qué eso alejaba a la gente de ella.

– No es justo -solía decir, con los ojos anegados de lágrimas-. ¿Por qué todos son tan malvados conmigo?

Ni su padre ni su madre le auguraban un final feliz. La señora Cameron rezaba para que conociera a un hombre entrado en años que estuviera dispuesto a soportar sus manías. El señor Cameron afirmaba que ya no existían hombres así. Si había alguno, habría muerto en la guerra.

La guerra había acabado con las vidas de muchos hombres, lo que implicaba que una generación de chicas jóvenes tendría problemas para encontrar marido. Por cada Norman Thorne había cinco damiselas intentando llamar su atención. Y la señora Cameron conocía a Elsie lo suficiente para saber que su hija era demasiado exigente para mantener el interés de Norman durante mucho tiempo.

Pero, al igual que las compañeras de trabajo de su Elsie, ya se había hartado de sus petulantes cambios de humor.

– Haz lo que te dé la gana -le dijo, al tiempo que sacaba una funda de almohada del agua y la arrojaba con fuerza sobre la tabla de madera-. Pero no me vengas hecha un mar de lágrimas cuando Norman Thorne desaparezca de tu vida.

2

Norte de Londres. Verano de 1921

Norman arrastraba los pies sobre la acera. Le habían despedido de Fiat Motors y se veía obligado a vivir con los diez chelines -cincuenta peniques- semanales del subsidio de desempleo.

– Los han echado a todos -le explicó a Elsie-. Está pasando en todas partes. Papá dice que hay tres millones de parados y que esto sólo es el principio.

Elsie tenía que andar con rapidez para mantener el paso de sus largas zancadas.

– ¿Qué piensas hacer?

– No lo sé.

– Ya encontrarás algo, cielito. No puedes vivir del subsidio para siempre.

Lo que Elsie quería decir era que si no encontraba pronto otro empleo, pasaría mucho tiempo antes de que pudieran casarse. Pero como de costumbre, Norman eludió la cuestión.

– Nos engañaron -se lamentó-. A los chicos que servimos en la guerra nos aseguraron que el país «recibiría a sus héroes con los brazos abiertos». ¿Te acuerdas? Nos prometieron trabajo y dinero… -le asestó un golpe a un arbusto- y ahora no nos dan una mierda.

Elsie dejó pasar el taco. No era el momento para regañarle por su lenguaje soez. Le habría gustado decirle que estaba más disgustada que éclass="underline" las cosas habían ido viento en popa mientras él ganaba dinero. Tanto que sus insinuaciones sobre matrimonio habían llevado una sonrisa a los labios de Norman. Pero desde que se había quedado sin empleo, todo era distinto.

Cualquier plan de boda quedaba fuera de lugar mientras estuviera en paro. Las esposas y los hijos costaban dinero. Un hombre no debía hacer promesas que no podría cumplir. El matrimonio implicaba algo más que besos. Las penalidades y la pobreza desembocaban en ira y odio.

N o eran mensajes que Elsie quisiera oír. Su vena romántica le decía que el amor superaba todos los problemas. ¿Qué importaba que fueran pobres si se tenían el uno al otro? Ella sabía que sus sentimientos hacia Norman eran más fuertes que los de él hacia ella. Le llamaba «amorcito», «tesoro», «cielito», pero él sólo utilizaba «Elsie» o «Else»..

Le cogió del brazo y compuso su- sonrisa más radiante.

– Siempre me has dicho que las aves dan mucho dinero. ¿Por qué no montas una granja?

– ¿Dónde? -Parecía molesto, como si la idea le pareciera una estupidez, pero no se zafó de su abrazo.

– No en Londres. En algún lugar de las afueras… Sussex o Surrey, por ejemplo. El terreno es más barato conforme te alejas de la ciudad.

Él se detuvo.

– ¿Y cómo voy a pagarla?

– Podrías pedirle un préstamo a tu padre. Dijiste que había ahorrado mucho durante estos años. Podrías tener el dinero sin tener que esperar a su muerte. Al fin y al cabo, tampoco tiene a nadie más a quien dejárselo.

– ¿Tú crees?

– No veo por qué no. Mejor criar pollos que vivir del subsidio.

Fue asombroso lo rápido que él se animó.

– Tal vez tengas razón, Elsie. Siempre ha dicho que me echaría una mano si la necesitaba.

– Pues ahí lo tienes.

Él dio un ligero apretón a sus dedos.

– No nos veríamos mucho. Sussex está a un buen trecho de Kensal Rise.

– Ya nos las arreglaremos -dijo ella-. Nos escribiremos todos los días. Eso reforzará nuestro amor.

Norman se quedó asombrado por la rapidez con que su padre le entregó las cien libras que necesitaba para el proyecto. Aunque Elsie afirmó que era porque tenía fe en su hijo, Norman creía que debía agradecer tanta generosidad a sus deseos de separarlo de su novia. El señor Thorne se mostraba muy ansioso, quizá demasiado, por verlo partir hacia Sussex. Tal vez esperaba que la distancia comportara el olvido.

– El cambio te sentará bien -le dijo con alegría-. Ya es hora de que conozcas gente nueva y extiendas las alas. Aquí estás atascado, chico.

A veces también Norman se sentía así. Le tenía cariño a Elsie. Cuando ella estaba de buen humor incluso se preguntaba si estaba enamorado. Pero luego había esos otros momentos, imprevisibles, que le deprimían. Había días en que ella estaba contenta, y otros en que no. Pero siempre era él quien tenía que adaptar su humor al de ella; nunca al revés.

Ella achacaba esos altibajos a los «nervios».

– Las cosas me agobian, cielito. Me altero. Mamá dice que se me pasará cuando tenga una familia. No tendré tiempo de preocuparme de mí misma cuando haya niños a los que cuidar.

Norman lo dudaba -¿acaso un bebé no le supondría más preocupaciones?-, pero se abstenía de decirlo en voz alta. Era más fácil manejar a Elsie cuando la dejabas hacer planes… planes de futuro donde, por descontado, él estaba incluido.