– De acuerdo, no nos sirvió para entrar -admitió él-, pero me sorprendería que no nos sirviera para salir.
– Tenemos que hacer algo -dijo Warren-. Los bomberos están indicando a la gente que vuelva al edificio. Nos quedaremos aquí solos, con este calor horrible.
– Sí, están entrando -confirmó Jack, que escrutaba el aparcamiento con los ojos entornados debido al fuerte resplandor del sol. Sacó las gafas de sol y se las puso-. Intentemos cruzar la plaza antes de que vuelvan los soldados.
Una vez más, procuraron caminar con calma, como si es tuvieran paseando. Cuando casi habían llegado el césped, notaron una conmoción en las puertas del edificio. Se giraron y vieron a varios árabes vestidos con trajes negros, abriéndose paso entre los técnicos del laboratorio.
Los árabes salieron corriendo al soleado aparcamiento, con las corbatas aleteando sobre las camisas y los ojos entornados. Todos empuñaban pistolas automáticas. Detrás de los árabes aparecieron varios soldados. Agitados, se detuvieron bajo el sol ardiente, jadeando mientras miraban alrededor.
Warren y los demás se quedaron paralizados.
– Esto no me gusta -dijo Warren-. Esos seis tipos tienen armas suficientes para robar el Chase Manhattan.
– Me recuerdan a los Intocables -dijo Jack.
– Yo no le veo la gracia -replicó Laurie.
– Creo que no tenemos más remedio que volver a entrar
– dijo Warren-. Teniendo en cuenta que vamos vestidos como técnicos de laboratorio, se preguntarán qué hacemos aquí.
Antes de que pudieran responder a la sugerencia de Warren, Cameron salió por la puerta, acompañado de dos hombres. Uno de ellos estaba vestido igual que Cameron; era evidente que era otro guardia de seguridad. El otro era más bajo y tenía el brazo derecho paralizado. El también estaba vestido con ropas color caquí, pero sin ninguna de las insignias que llevaban los otros dos.
– Caramba -dijo Jack-. Tengo el pálpito de que nos obligarán a usar la táctica de la disculpa.
Cameron apretaba contra su nariz un pañuelo manchado de sangre, que sin embargo no le obstaculizaba la vista. Localizó al grupo de inmediato y señaló.
– ¡Allí están! -gritó.
Los marroquíes y los soldados rodearon de inmediato a los intrusos. Todas las armas apuntaban a Jack y sus amigos, que levantaron las manos sin que nadie se los ordenara.
– Me pregunto si podría impresionarlos con mi chapa de forense -bromeó Jack.
– ¡No hagas ninguna estupidez! -advirtió Laurie.
Cameron y sus acompañantes cruzaron la calle rápidamente. El cerco de hombres armados se abrió para dejarles paso. Siegfried dio un paso al frente.
– Si hemos causado alguna molestia, les pedimos disculpas… -comenzó Jack.
– ¡Cierre el pico! -gritó Siegfried.
Caminó alrededor del grupo para mirarlos desde todos los ángulos. Cuando regresó al punto de partida, preguntó a Cameron si ésas eran las personas que había encontrado en el hospital.
– Sin ninguna duda -dijo Cameron dirigiendo una mirada fulminante a Warren-. Si me lo permite, señor…
– Desde luego -dijo Siegfried con un ademán condescendiente.
Sin previo aviso, Cameron asestó un puñetazo en la cara de Warren, que sonó como una guía telefónica al caerse al suelo. De inmediato, Cameron dejó escapar un gemido de dolor, se cogió la mano y apretó los dientes. Warren permaneció inmóvil; ni siquiera pestañeó.
Cameron maldijo entre dientes y se apartó.
– Regístrenlos -ordenó Siegfried.
– Lamentamos mucho si… -comenzó Jack, pero Siegfried no le permitió continuar. Lo abofeteó con suficiente fuerza para girarle la cara y dejarle una marca roja en la mejilla.
El ayudante de Cameron registró rápidamente al grupo y les quitó los pasaportes, el dinero y las llaves del coche. Se los entregó a Siegfried, que los examinó despacio.
Después de hojear el pasaporte de Jack, alzó la vista y lo miro con desprecio.
– Yo me veo más bien como un competidor tenaz -corrigió Jack.
– Ah, así que también es arrogante -gruñó Siegfried-. Espero que su tenacidad le resulte útil cuando lo entreguemos a las autoridades ecuatoguineanas.
– Si nos permiten llamar a la embajada de Estados Unidos, estoy seguro de que resolveremos este embrollo -dijo Jack-.
Al fin y al cabo, somos funcionarios del gobierno.
Siegfried esbozó una sonrisa que resaltó aún más su permanente mueca de desprecio.
– ¿A la embajada de Estados Unidos? -preguntó con tono burlón-. ¿En Guinea Ecuatorial? ¡Muy gracioso! Por desgracia para usted, está en la isla de Bioko. -Se volvió hacia Cameron-: Enciérrelos, pero separe a las mujeres de los hombres.
– ¿De verdad piensa entregarlos a las autoridades ecuatoguineanas? -preguntó Cameron.
– Desde luego -respondió Siegfried-. Raymond me ha hablado de Stapleton. Tienen que desaparecer.
– ¿Cuándo? -preguntó Cameron.
– En cuanto se haya marchado Taylor Cabot -respondió Siegfried-. Quiero que este asunto se lleve con absoluta discreción.
– Entiendo -dijo Cameron. Saludó rozando el ala del sombrero y se marchó a supervisar el traslado de los prisioneros al calabozo situado en el sótano del ayuntamiento.
CAPITULO 22
9 de marzo de 1997, 4.15 horas.
Isla Francesca
– Aquí pasa algo raro -dijo Kevin.
– Pero ¿qué? -preguntó Melanie-. ¿Crees que podemos hacernos ilusiones?
– ¿Dónde estarán los demás animales? -preguntó Candace.
– No sé si debemos ilusionarnos o preocuparnos -repuso Kevin-. ¿Y si ahí fuera están librando una batalla apocalíptica y la lucha se extiende hasta aquí?
– ¡Dios mío! -exclamó Melanie-. No había pensado en esa posibilidad.
Hacía dos días que los tres habían sido hechos prisioneros por los bonobos. En todo ese tiempo no les habían permitido salir de la pequeña cueva interior, que ahora olía igual o peor que la de los animales. Para hacer sus necesidades se habían visto obligados a internarse en el túnel, que ahora apestaba como una cloaca.
Ellos no olían mejor. Tras cuarenta y ocho horas con la misma ropa, durmiendo sobre las rocas y el suelo de tierra, estaban mugrientos. Los tres tenían el cabello enmarañado, y la cara de Kevin estaba cubierta por el rastrojo de una barba de dos días. Se sentían débiles por la falta de ejercicio y comida, aunque todos habían acabado por aceptar algunos de los alimentos que les habían ofrecido.
Esa mañana, hacia las diez, habían tenido la impresión de que ocurría algo extraño. Los animales estaban alborotados.
Algunos habían salido de la cueva, sólo para volver poco después emitiendo sonidos estridentes. El bonobo número uno se había marchado y aún no había regresado. No era normal.
– Un momento -dijo Kevin de repente y levantó las manos para indicar a las mujeres que no hicieran ruido. Aguzó el oído y giró la cabeza lentamente de un lado a otro.
– ¿Qué pasa? -preguntó Melanie con tono apremiante.
– Me ha parecido oír una voz.
– ¿Una voz humana? -preguntó Candace.
Kevin asintió con la cabeza.
– ¡Eh, yo también le he oído! -exclamó Melanie, ilusionada.
– Y yo -dijo la otra-. Estoy segura de que era una voz humana. Alguien ha gritado algo así como "de acuerdo".
– Arthur también la ha oído -dijo Kevin. No había tenido un motivo especial para bautizar con el nombre de Arthur al bonobo que con mayor frecuencia hacía guardia junto a la entrada de la cueva; lo habían hecho sencillamente para referirse a él de alguna forma. Durante las interminables horas de encierro, habían establecido algo similar a un diálogo con su guardián, lo que les había permitido adivinar el significado de determinados gestos y palabras.
Por ejemplo, estaban seguros de que "arak" significaba "fuera", sobre todo cuando al mismo tiempo abrían los dedos y sacudían los brazos, un gesto que Candace ya había observado en el quirófano. También sabían que "hana" era "silencio", y "zit", "ir". No les cabía duda alguna de que "comida" y "agua" se decían respectivamente "bumi" y "carak". Sin embargo, no estaban muy seguros del significado de la palabra "sta", que los animales pronunciaban con los brazos en alto y las palmas hacia fuera. Creían que podía ser el equivalente del pronombre "tú".