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Siegfried tuvo que aceptar el consejo del veterinario. Aunque siempre había insistido en que los animales permanecieran en la isla por razones logísticas y de seguridad, las cosas habían cambiado. No podían permitir que los bonobos se mataran entre sí. En las presentes circunstancias, no había alternativa.

– ¿Cuándo iremos a buscarlos? -preguntó Siegfried.

– Lo antes posible. Puedo organizar una cuadrilla de hombres de confianza para mañana por la mañana. Comenzaremos por el grupo más pequeño. Cuando todos los animales estén enjaulados, lo que debería llevarnos un par de días, los trasladaremos por la noche al Centro de Animales, donde tendré una zona preparada especialmente para ellos.

– Supongo que debo retirar a los soldados de la zona de estacionamiento -dijo Siegfried-. Lo único que nos falta es que disparen a nuestros hombres.

– Nunca me gustó la idea de que estuvieran apostados allí. Temía que dispararan a un bonobo por deporte o para hacer sopa.

– ¿Cuándo informaremos a nuestros respectivos jefes de GenSys?

– Cuando hayamos acabado. Sólo entonces sabremos con seguridad cuántos animales han muerto. Es probable que entretanto se nos ocurra alguna idea de cómo alojarlos. Creo que tendremos que construir una planta aislada.

– Para eso necesitamos autorización -dijo Siegfried.

– Por supuesto -replicó Bertram mientras se ponía en pie-.

Ahora debemos dar gracias de que yo tomara la precaución de llevar las jaulas a la isla.

– -

Nueva York

Hacía semanas que Raymond no se sentía tan bien. Todo había ido viento en popa desde que se había levantado de la cama. Poco después de las nueve, había telefoneado al doctor Waller Anderson, que no sólo estaba dispuesto a unirse al grupo, sino que ya tenía dos clientes preparados para pagar sus primas de ingreso y viajar a las Bahamas para las extracciones de médula ósea.

Luego, a mediodía, Raymond había recibido una llamada de la doctora Alice Nonvood, que tenía su consulta en Rodeo Drive, Beverly Hills. La mujer le había informado de que conocía a tres médicos que estaban ansiosos por sumarse al proyecto. Estos profesionales tenían grandes consultorios privados en Century City, Brentwood y Bel-Air. La doctora estaba convencida de que muy pronto enrolarían a una avalancha de clientes, pues en la costa Oeste había un extraordinario mercado potencial para los servicios que ofrecía Raymond.

Pero la mayor satisfacción de Raymond ese día era que no había tenido noticias de Vinnie Dominick ni del doctor Daniel Levitz. Y él interpretaba el silencio como una señal de que el caso Franconi por fin estaba resuelto.

A las tres y media, sonó el timbre del portero automático.

Darlene atendió y anunció a Raymond con voz llorosa que el coche lo esperaba.

Raymond abrazó a su amante y le dio una palmadita en la espalda.

– Es probable que la próxima vez puedas venir conmigo -dijo para consolarla.

– ¿De veras? -preguntó ella.

– No puedo garantizártelo, pero haré todo lo posible.

Lo cierto era que Raymond no tenía control alguno sobre los vuelos de GenSys, y Darlene sólo había podido ir a Cogo en una ocasión. En los demás viajes, el avión había estado lleno. El procedimiento habitual era volar desde Estados Unidos a Europa y, desde allí, a Bata. En el viaje de regreso se seguía el mismo itinerario, aunque hacían escala en una ciudad europea distinta.

Tras prometer a Darlene que la llamaría en cuanto llegara a Cogo, Raymond bajó su maleta. Subió en el coche que lo esperaba y se arrellanó en el asiento con satisfacción.

– ¿Quiere que ponga la radio, señor? -preguntó el chofer.

– Claro; por qué no -respondió Raymond, que ya se sentía más animado.

El trayecto por la ciudad fue la parte más complicada del viaje. Cuando entraron en la autopista del oeste, avanzaron a buen ritmo. Había mucho tránsito, pero se movía en fluidez, pues aún no había empezado la hora punta. Lo mismo sucedió en el puente de George Washington. En menos de una hora, Raymond se apeó en el aeropuerto de Teterboro.

El avión de GenSys todavía no había llegado, pero eso no preocupó a Raymond, que se sentó en un lugar de la cafetería desde donde podía ver las pistas y pidió un whisky. En el preciso momento en que le servían su copa, el jet de GenSys descendió de entre las nubes y aterrizó. Se detuvo justamente frente a Raymond.

Era un precioso avión pintado de blanco, con una raya roja en un lado. Sus únicas señales distintivas eran la sigla de identificación, N69SU, y una pequeña bandera estadounidense. Ambas estaban en la cola.

En la parte delantera se abrió lentamente una puerta y la escalera descendió hacia la pista. Un auxiliar de vuelo, impecablemente vestido con un uniforme azul marino, descendió por la escalera y entró en la terminal del aeropuerto. Se llamaba Roger Perry, y Raymond lo recordaba bien. Junto con otro auxiliar, de nombre Jasper Devereau, había volado con él en todos los viajes anteriores.

Una vez dentro del edificio, Roger paseó la vista por el vestíbulo. Cuando localizó a Raymond, fue a su encuentro y lo saludó.

– ¿Este es todo su equipaje? -preguntó mientras cogía la maleta de Raymond.

– Así es -respondió él. ¿Nos vamos ya, o el avión tiene que repostar?

– Ya estamos preparados, señor.

Raymond se levantó y siguió al auxiliar al exterior. Era una tarde gris y fría de marzo. Mientras se aproximaba al avión, Raymond deseó que la gente lo mirara. En momentos como aquél, sentía que había tenido suerte de que le retiraran la licencia médica.

– Dígame, Roger -dijo Raymond poco antes de llegar a la escalinata del avión-. ¿El avión va completo hasta Europa?

En los viajes anteriores, Raymond había viajado con varios ejecutivos de GenSys.

– Sólo hay otro pasajero -respondió Roger. Al pie de la escalera se hizo a un lado para que Raymond lo precediera.

Raymond sonrió. Con un único pasajero más y dos auxiliares de vuelo, el viaje sería aun más agradable de lo que había previsto. Los problemas de los días anteriores le parecieron un precio pequeño por semejante lujo.

Una vez dentro del avión, lo recibió Jasper, que cogió su abrigo y su americana y preguntó si le apetecía una copa antes de despegar.

– Esperaré -respondió Raymond con cortesía.

Jasper apartó la cortina que separaba la cocina de la cabina de pasajeros. Henchido de orgullo, entró en la parte principal del avión, preguntándose cuál de los mullidos asientos de piel escogería. Entonces vio al otro pasajero y se quedó paralizado, al tiempo que sentía un nudo en el estómago.

– Hola, doctor Lyons. Bienvenido a bordo.

– ¡Taylor Cabot! -exclamó Raymond-. No esperaba encontrarlo aquí.

– Lo entiendo -dijo Taylor-. A decir verdad, yo tampoco esperaba encontrarme aquí. -Sonrió y señaló el asiento contiguo.

Raymond se sentó de inmediato, mientras se maldecía interiormente por no haber aceptado la copa que le había ofrecido Jasper. De repente, tenía la garganta completamente seca.

– Me informaron del plan de vuelo del avión -explicó Taylor-, y puesto que tengo un hueco en mi agenda, pensé que podría aprovecharlo para controlar personalmente la operación de Cogo. Fue una decisión de último momento. Naturalmente, antes nos detendremos en Zúrich, donde tengo prevista una breve reunión con unos banqueros. Espero que no tenga inconveniente.

Raymond negó con la cabeza.

– No, claro que no -balbuceó.

– ¿Y qué tal va el proyecto de los bonobos?

– Muy bien. Esperamos varios clientes nuevos. De hecho, tenemos dificultades para satisfacer la demanda.

– ¿Y qué me dice de ese desgraciado asunto de Carlo Franconi? -preguntó Taylor-. Espero que el problema esté solucionado.

– Sí, desde luego -balbuceó Raymond, intentando sonreír.

– En parte, el motivo de mi viaje es asegurarme de que vale la pena financiar el proyecto -continuó Taylor-. El jefe del departamento de contabilidad dice que estamos obteniendo algún beneficio, pero el jefe de operaciones tiene reservas sobre los riesgos que el proyecto podría suponer para el plan original de experimentación con primates. De modo que tendré que tomar una decisión. Espero que usted esté dispuesto a ayudarme.

– Desde luego -dijo Raymond mientras oía el zumbido característico del avión antes de despegar.

En la cafetería de la terminal de salidas del aeropuerto JFK parecía que se estaba celebrando una fiesta. Hasta Lou se encontraba allí, bebiendo cerveza y comiendo cacahuetes. Estaba de excelente humor, como si él también fuera a viajar.

Jack, Laurie, Warren, Natalie y Esteban estaban sentados con Lou alrededor de una mesa redonda, en un rincón de la cafetería. Sobre sus cabezas, un televisor emitía un partido de hockey. La potente voz del comentarista y los vítores de los aficionados añadían animación a la algarabía general.