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Vacilé.

– Tiene que haber otra razón para que alguien quisiera verlo muerto.

– ¿Como cuál?

– Su madre parece creer que tenía un medio de vida secreto. Quizá como espía a sueldo.

Tirón frunció el entrecejo.

– ¿Para alguien más que para Pompeyo?

– Eso es. A ella la avergüenza semejante posibilidad, pero a pesar de todo me reveló sus sospechas. La pobre mujer está desesperada por saber el motivo por el que murió realmente su hijo.

Tirón asintió.

– Vi a Mecia una vez. Es una mujer extraordinaria. ¿Fue ella quien te contrató para que investigaras la muerte de Numerio?

– No, fue Pompeyo. Aunque más que contratarme me ordenó que lo hiciera.

– ¿Te lo ordenó? No es dictador. Todavía.

– Pues fue muy persuasivo. Basándose en la letra de la ley, obligó a mi yerno Davo, en contra de su voluntad, a entrar a su servicio. Pompeyo fue muy explícito: no nos devolverá a Davo hasta que yo le dé el nombre del asesino de su pariente. Mi hija está destrozada. Davo podría acabar en Grecia, o en Hispania, incluso en Egipto. Y si Pompeyo pierde la paciencia conmigo… -Cabeceé-. Los generales asignan las misiones más peligrosas a los hombres que les caen mal. Davo está a su merced.

Tirón miró pensativamente su jarro de vino, que era de barro barato de color amarillo. Acarició el borde con el dedo.

– Has sido muy sincero conmigo, Gordiano.

– Y tú conmigo, Tirón.

– Nosotros nunca hemos sido enemigos.

– Y espero que nunca lo seamos.

– Voy a contarte un secreto, Gordiano. Algo que no debería hacer. -Bajó la voz. Tuve que aguzar el oído para oírla por encima de las risotadas y el tintineo de los dados-. Conocí a Numerio Pompeyo días antes de su muerte. Debíamos intercambiar mensajes entre Pompeyo y Cicerón. Nos encontramos aquí, en la Taberna Salaz… De hecho, en este mismo rincón. Su rincón, lo llamaba él. Tuve la impresión de que hacía muchas gestiones en este rincón, exactamente en el mismo lugar en que tú estás sentado ahora.

Sufrí un escalofrío ante la idea de tener sentado debajo de mí el espíritu del hombre muerto.

– ¿Qué gestiones?

Tirón vaciló.

– Por lo que sé, Numerio era leal a Pompeyo. Nunca tuve razones que me hicieran sospechar lo contrario. Pero la última vez que nos vimos, me dijo que se había enterado de cosas muy interesantes. Y peligrosas.

– Sigue. Te escucho.

– Numerio bebió más de la cuenta. Se le aflojó la lengua. Además, estaba muy nervioso.

– ¿Por qué?

– Por unos documentos que había adquirido. «Estoy sentado encima de algo inmenso», me dijo sonriendo como un zorro, «algo tan grande que podrían matarme si dijeras una sola palabra de esto».

– ¿Qué era, Tirón?

– Tenía algo que ver con un plan para matar a César. Lancé una risa hueca y pregunté:

– ¿Maquinado por Pompeyo?

– No! Una conspiración dentro del propio campamento de César que compromete a hombres cercanos a él. Lo que no sé es cómo se enteró de esos planes ni qué documentos eran. Pero eso fue lo que me dijo.

– ¿Cuándo se supone que tenían que matarlo?

– Cuando César cruzara el Rubicón, en el momento en que invadiera el Lacio y mostrara sus verdaderas intenciones. Por alguna razón, no lo mataron. Pero el asunto era que Numerio parecía creer que todavía cabía la posibilidad de que lo hicieran.

– ¡Inteligente idea! -dije con un bufido.

– Quizá. Pero aseguraba tener pruebas documentales de la conspiración. -Se inclinó hacia mí-. Tú no sabías nada de esto, ¿verdad, Gordiano?

– ¿Qué insinúas?

– Dices que encontraste en la sandalia de Numerio el informe de Cicerón para Pompeyo. ¿Qué más encontraste? Sé sincero conmigo, Gordiano. Yo lo he sido contigo.

Respiré hondo.

– Encontré exactamente cinco papiros, todos del mismo color y calidad, escritos por la misma mano y cifrados del mismo modo.

Tirón asintió.

– Debía de ser el informe completo de Cicerón; constaba de cinco páginas en total. ¿Y no hallaste nada más?

– Eso fue todo lo que encontré en la sandalia de Numerio. Tirón se echó hacia atrás. Al poco rato, levantó el jarro y pidió más vino.

– ¡Y un jarro decente también, con el borde liso! -añadió con voz tan seria que se desvaneció la sonrisa del eunuco. De repente me di cuenta de por qué Tirón estaba tan locuaz. Esperaba que a cambio de su información yo le contara algo relacionado con los documentos de la conjura. Se había llevado un chasco.

Esperamos que trajeran el vino y bebimos en silencio. Al otro lado de la sala alguien gritó:

– ¡Cayo Julio! -Los dados tintinearon y el jugador saltó de su asiento-. ¡ La Suerte de César! ¡ La Suerte de César gana a todas! -El hombre ejecutó un bailoteo triunfal y recogió sus ganancias.

– Qué modales -dije.

– Los de César, supongo -murmuró Tirón.

– La conversación que tuviste aquí con Numerio, sobre el plan para matar a César, fue unos días antes de su muerte, ¿no?

– Sí.

– Pero el día que murió, llevaba encima los documentos de Cicerón. ¿Y si… -debía andarme con pies de plomo- y si se produjo un altercado aquel día entre Numerio y Cicerón, poco antes de salir de la casa de éste y dirigirse a la mía?

– ¿Altercado?

– Gritaron tan alto que los oyeron en la calle.

– ¡Malditos guardias! ¿Eso te dijeron?

– No querría que tuvieran problemas…

Tirón se encogió de hombros.

– Puede que Cicerón le levantara la voz a Numerio.

– ¿Levantarle la voz? Según los guardias, estaban gritando. Algo sobre una deuda con César. ¿Era Numerio el que debía dinero a César… o era Cicerón?

Las facciones de Tirón me indicaron que había tocado un punto delicado.

– Hay mucha gente que debe dinero a César. Pero eso no tiene nada que ver con su lealtad a Pompeyo y al Senado. Asentí con la cabeza.

– Es sólo que… hablando con su madre, tuve la impresión de que Numerio pudo haber chantajeado a alguien. Se irguió en el asiento.

– Creo que ya he bebido bastante vino agrio. Hay un momento en que se vuelve peor y no mejor. ¡Y este maldito jarro está más mellado que el otro!

– Tú estabas en Roma aquel día, Tirón, el día que murió Numerio. ¿Por casualidad no… no lo seguirías cuando salió de casa de Cicerón?

– Me parece que no me gusta el tono de tu voz, Gordiano. ¿De verdad creía que sospechaba de él?

– Sólo pensaba que si seguiste a Numerio, tal vez vieras algo significativo. Que lo siguieran también otros, por ejemplo. O que pasara documentos a terceros antes de entrar en mi casa…

Tirón me miró de frente.

– Pues sí, seguí a Numerio. Cicerón sentía curiosidad por saber adónde iba. Así que lo seguí hasta tu casa. Esperé tanto tiempo a que saliera que al final creí que se me había escapado. ¿Cómo iba a saber que estaba muerto? Pero no, no le vi pasar nada a nadie ni advertí que nadie más lo siguiera. Y antes de que lo preguntes, tampoco vi a nadie saltar por el tejado de tu patio, aunque… aunque desde donde estaba era difícil ver los cuatro lados de tu casa. -Sonreí-. ¡Y no se te ocurra preguntar si yo salté por el tejado y entré en tu patio! -Trató de ponerse menos dramático-. Ya viste con cuántas precauciones tuve que bajar por esa desvencijada escalera de la casa de Cicerón.

– Bueno, pero aun así, subes y bajas por ella, ¿no? -Yo también trataba de restar dramatismo a la charla.

Me disculpé para ir al escusado, al que se accedía saliendo por la puerta trasera, cruzando un callejón y entrando en un cobertizo. En el suelo empedrado había varios agujeros, pero los clientes de la taberna Salaz no tenían muy buena puntería y el lugar apestaba a orina encharcada. Se me ocurrió que la Cloaca Maxima, que desembocaba directamente en el Tíbet., debía de estar bajo mis pies.