Cuando volví al banco del rincón, Tirón ya no estaba. Me quedé y tomé otro jarro de vino, sin prisa por regresar a casa. La entrevista había sido más productiva de lo esperado. ¿Dónde estaban los documentos de los que había presumido Numerio ante Tirón días antes de su muerte? ¿Quién más sabía de su existencia? Como el pobre Numerio, pensaba que estaba sentado encima de algo inmenso. Pero no sabía qué.
9
Los últimos días de febrero trajeron desesperación a los partidarios de Pompeyo y júbilo a los de César.
Animado por una serie ininterrumpida de victorias, César siguió el avance hacia el sur y rodeó Corfinio. Domicio Enobarbo, atrapado en la ciudad, enviaba urgentes mensajes a Pompeyo pidiéndole refuerzos. Pompeyo contestaba secamente que no tenía la menor intención de liberar Corfinio, sobre todo porque Domicio no pintaba nada allí.
Domicio ocultó el contenido de la carta a sus oficiales y aseguró que Pompeyo estaba en camino, pero su comportamiento nervioso no engañó a nadie. A sus espaldas, los oficiales decidieron entregar la ciudad a César sin oponer resistencia.
La inquina de Domicio por César era personal y antigua. El abuelo y el padre de Domicio habían dado comienzo a la colonización de la Galia meridional, sometiendo a los alóbroges y los arvernos, construyendo caminos, fundando poblados romanos en la costa y, de paso, amasando una gran fortuna. La familia había llegado a considerar la región como una posesión personal, de la que Domicio era heredero. Por su parte, a César lo consideraban un advenedizo que se había apoyado en ellos para llevar a cabo sus propias conquistas. Cuando Domicio dio el primer paso para ser gobernador de la Galia meridional, César desbarató sus planes y pasó a ser gobernador militar de la región. El mandato de César había expirado y, legalmente, debería haber abandonado el puesto para que lo sucediera Domicio. En cambio, la respuesta de César había sido cruzar el Rubicón con su ejército. Domicio tenía buenas razones para odiarlo y aún más para temerlo.
Al sentirse traicionado y temiendo morir de manera innoble a manos de César o, aún más innoble, a manos de sus propios hombres, Domicio ordenó a su médico que le diera un veneno. Acababa de ingerirlo cuando llegó la noticia de que César trataba a sus prisioneros, incluso a sus enemigos más acérrimos, con respeto y bondad. Domicio gritó, se mesó los cabellos y se maldijo por haberse precipitado… hasta que el médico, que conocía a su amo mejor que nadie, reveló que no le había dado veneno, sino un hipnótico inofensivo. Domicio se rindió a César y éste le permitió conservar la cabeza.
En Roma los cesaristas pegaron por todo el Foro copias de la alocución de César al entrar en Corfinio:
No abandoné mi provincia con la intención de hacer daño a nadie. Sólo quería defenderme de las calumnias de mis enemigos, restituir a su cargo a los tribunos de la plebe, expulsados por estar comprometidos con mi causa, y exigir para mí y para el pueblo romano que se nos libere del dominio de una camarilla.
Los ricos y poderosos más confusos e indecisos se animaron ante las noticias de la clemencia de César. Los que habían huido empezaban a volver a la ciudad.
Con el ejército engrosado por las tropas de Domicio Enobarbo y los refuerzos de las Galias, César prosiguió el avance hacia el sur. Pompeyo retrocedió y ordenó a las tropas gubernamentales que se reunieran en Brindisi, en el talón de Italia.
– Davo morirá allí -dijo Diana-. Morirá en Brindisi, atrapado con el resto de los hombres de Pompeyo. César se calzará la bota de Italia y los aplastará con el talón.
– César ha sido clemente hasta ahora -dije con cautela-. Tomó Corfinio sin derramar una sola gota de sangre.
– Pero esta vez es diferente. Se trata de Pompeyo. Nunca
se rendirá ante César.
– Quizá Pompeyo prefiera huir a luchar.
– ¿Cruzando el mar? ¡Pero si Davo no sabe nadar! Me esforcé por no sonreír.
– Supongo que irán en barco, Diana.
– ¡Ya lo sé! Estoy pensando en el tiempo. Nadie navega en esta época del año si puede evitarlo. Es demasiado peligroso, sobre todo en el Adriático. Tormentas y naufragios… No dejo de ver a Davo flotando, sujeto a un madero, con las olas pasándole por encima de la cabeza y rodeado de rayos y relámpagos…
Los frutos de una imaginación hiperactiva; la había heredado de su madre.
– Davo es más inteligente de lo que crees-aseguré-. Sabrá cuidar de sí mismo.
– ¡No es verdad! Es inocente como la miel en una mañana fría, e igual de lento, ya lo sabes. ¿Y si Pompeyo no huye y se libra una batalla, los de César contra los de Pompeyo? Davo nunca haría lo más sensato, o sea, huir. Se sentiría obligado a quedarse y luchar, por adhesión a los demás soldados. Ocurre eso entre los militares, ¿no? Camaradas y lealtad hasta la última gota de sangre.
No tenía respuesta para aquello. Yo sólo había estado en una batalla en toda mi vida, luchando con Catilina en Pistoria. Lo que decía Diana era verdad.
Hizo una mueca.
– Metón dice que ni siquiera sientes las heridas cuando te las infligen. Sigues luchando hasta que no puedes más. -Me miró con cara de horror-. Davo y Metón podrían estar en la misma batalla, en bandos opuestos. ¡Podrían matarse entre sí!
Definitivamente, su imaginación se había desbocado Me levanté de la silla, atravesé el estudio y le puse las manos en los hombros. Se apoyó en mí y la rodeé con los brazos.
– Davo recibió entrenamiento de guardaespaldas, no de soldado. Lo sabes, Diana. Y Pompeyo lo utilizará como tal para que lo proteja. Tendrá a Davo con él día y noche. Y ahora te pregunto: ¿dónde estaría más a salvo tu marido? Pompeyo no es tonto. Si te fijas, hasta ahora ha sido muy prudente, retrocediendo dos pasos cada vez que César avanza uno. Es probable que Davo esté más seguro con Pompeyo que si se hubiera quedado en Roma.
– ¿Y si se libra una batalla y Pompeyo va al frente de sus hombres? César lo hace; eso dice Metón. Davo estaría condenado sin remedio. Como bien has dicho, recibió entrenamiento de guardaespaldas. Se sacrificará antes que permitir que Pompeyo sufra daño alguno. No lo pensaría dos veces. ¡Si hay una espada que corre hacia el corazón de Pompeyo, Davo se interpondrá!
– ¡Diana, Diana! ¡Tienes que dejar de imaginar esas cosas! -Suspiré-. Escucha, quiero que cierres los ojos. Ahora imagina a Davo. ¿Qué está haciendo en este momento? Te lo diré. Está apostado fuera de la tienda de Pompeyo, muerto de aburrimiento y tratando de no bostezar. ¿No lo ves? Yo sí. Incluso puedo ver la mosca que zumba alrededor de su cabeza. Si bosteza, a lo mejor le entra en la boca.
– ¡Papá! -Diana se sorbió la nariz y rió muy a su pesar. La abracé con más fuerza.
– ¿En qué crees que estará pensando Davo en este momento? -susurré.
Diana sonrió.
– En su próxima comida.
– No. Está pensando en ti, Diana. En ti y en el pequeño Aulo.
Mi hija suspiró y se acurrucó entre mis brazos. Me felicité por haber sido capaz de consolarla, al menos un momento, porque enseguida se estremeció, rompió a llorar y se soltó de mí.
– Diana, ¿qué te pasa ahora?
– ¡Papá, no soporto pensar en Davo sabiéndolo tan lejos de casa, tan solo sin nosotros! Debe de sentirse muy desgraciado… y no puede hacer nada al respecto. Papá, prométeme que lo traerás a casa. ¡Tienes que hacer lo que sea para traerlo con nosotros!
– Pero Diana…
– Debes encontrar al asesino del pariente de Pompeyo, y decírselo, ¡y que nos devuelva a Davo!
Negué con la cabeza.
– No sabes lo que estás pidiendo, hija.
Me miró con perplejidad y desamparo. En sus ojos vi algo que no había visto antes. Por primera vez en su vida pensaba que su amado padre, en cuya fuerza siempre había confiado, estaba envejeciendo; que ya se le había pasado la edad de partirse el pecho por la seguridad de su familia. Quise jurarle y perjurarle que no había nada más lejos de la verdad, pero la lengua me pesaba como el plomo.