– ¿Sabes cuál es el castigo por desobedecer un documento expedido por la autoridad del senatusconsultum ultimum? -le preguntó-. ¡La muerte!
El caballerizo tragó saliva pero no dijo nada, así que fuimos a buscar otra cuadra.
Después de una apacible noche de sueño en Benevento, Tirón indicó que dejáramos la via Apia para tomar un viejo camino de montaña que se dirigía directamente hacia el este, cruzando los Apeninos. «Atajo» lo llamó Tirón.
Insistió en que cambiáramos los caballos por un carro y un esclavo para conducirlo. El caballerizo de Benevento arrugó la nariz cuando vio el sello de Pompeyo en el documento. Intentó negarse a efectuar el cambio, pero Tirón no estaba de humor para regatear. Finalmente, el hombre nos dio un carro con cubierta de lona y un esclavo desdentado.
El carro se me antojaba innecesario. Las alforjas bastaban para llevar las provisiones. y la marcha por aquellos caminos empinados y ventosos sería más rápida a caballo. Cuando aquella mañana nos pusimos en marcha, se lo dije a Tirón, pero éste negó con la cabeza y señaló los nubarrones grises que coronaban las montañas. Su juicio se confirmó durante el transcurso del día. Nos habíamos adentrado un buen trecho en las colinas cuando el cielo se abrió y empezó a caer agua, luego aguanieve, después granizo. Y mientras nosotros estábamos sentados en el carro cubierto, envueltos en mantas secas, el pobre carretero, tiritando y estornudando, gritaba a los caballos.
La tormenta empeoró, hasta que finalmente tuvimos que detenernos en una pequeña posada que había a la vera del camino. Pasamos la noche allí… y los tres días siguientes, el tiempo que duraron los rugidos y bramidos de la tormenta. No tenía sentido hacer reproches, pero aun así me sentí obligado a sugerir a Tirón que habría sido mejor continuar por lana Apia. Dijo que nos habría atrapado la misma tormenta si hubiéramos ido por el otro camino y que bastante suerte habíamos tenido al encontrar un sitio acogedor para pasar el tiempo. Para combatir el aburrimiento, el posadero disponía de una pequeña biblioteca de papiros manoseados (noveluchas griegas y poesía de dudoso erotismo), así como de una colección de juegos de mesa. Al cabo de tres días llegué a la conclusión de que moriría contento si nunca más leía una historia de amantes que naufragaban. Envidiaba a Fórtex y al carretero, que parecían felices de dormir día y noche en las cuadras, como osos en letargo.
De vez en cuando, mientras jugábamos al Circo Máximo o a los Faraones del Nilo, notaba que Tirón trataba de tirarme de la lengua, siguiendo las instrucciones que le había dado Cicerón para descubrir mis intenciones y cualquier secreto que pudiera guardar sobre la muerte de Numerio Pompeyo. Pero con toda sutileza conseguía desviar la conversación a otros temas.
Por fin pasó la tormenta. Tras viajar en carro un día entero llegamos a las laderas orientales de las montañas. Aquella noche dormimos en una posada empotrada entre peñascos y bosques de pinos. A la mañana siguiente, mientras contemplaba el amanecer por la ventana de nuestra habitación, vi a lo lejos un reflejo plateado y azul que según Tirón era el Adriático. Era nuestro undécimo día fuera de Roma.
El cielo estaba despejado. Nos pusimos en marcha tras quitarle al carro la cubierta. Aproximadamente al cabo de una hora, mientras descendíamos por un estrecho desfiladero, nos tropezamos con los soldados.
Primero los oímos. El doblar de los tambores de marcha retumbaba entre las paredes rocosas. Tirón ordenó al carretero que se detuviese. Agucé el oído. Junto con los tambores se oían impactos sordos de pisadas y un ahogado repiqueteo de corazas. Tirón y yo dejamos a Fórtex y al carretero en el carro y subirnos a un risco para mirar.
Miles de hombres ascendían desde la llanura de la costa. A la luz matutina, los cascos formaban una franja brillante que corría sinuosamente montaña arriba, por las cornisas, por los pasos, por las vueltas, llenando la anchura del camino como el agua llena el cauce del río.
– ¿Hombres de César o de Pompeyo? -pregunté. Tirón entornó los ojos.
– No estoy seguro. Conozco las insignias de todas las cohortes y legiones, pero están demasiado lejos para distinguirlas.
– Pronto las veremos, a la velocidad que van. ¡Hay miles de hombres! La columna tiene varios kilómetros de longitud. Ni siquiera se ve el final. -Miré hacia el carro-. Supongo que habrá que apartar el carro del camino y esperar a que pase el ejército. Pueden tardar todo el día.
Tirón cabeceó con preocupación.
– ¿Qué estamos viendo, Gordiano? No parece un ejército derrotado, eso seguro. Demasiado disciplinados. ¡Demasiados hombres! Si fueran los de Pompeyo, deberían haberse encontrado con los de César antes de llegar a las montañas. La única explicación posible es que han derrotado a César. Pompeyo lo ha machacado y ahora él y los senadores que huyeron se dirigen hacia Roma. La crisis ha terminado… si se trata de Pompeyo.
Asentí, preguntándome qué significaría aquello para Davo y para Metón. El ruido de los pasos era cada vez más ensordecedor, resonando en el aire enrarecido de la montaña hasta que pareció brotar del mismo cielo, como si fueran truenos.
– ¿Y si son los hombres de César? -pregunté.
Negó con la cabeza.
– No lo sé. Quizá Pompeyo escapara de Brindisi antes de que César lo alcanzara y ahora éste ha tenido que dar media vuelta con las manos vacías. O quizá César lo atrapó allí, aniquiló sus fuerzas y ahora vuelve a Roma. Pero no ha habido tiempo para organizar un asedio. No tiene sentido. Tienen que ser los hombres de Pompeyo… -Respiró hondo-. ¡Por los testículos de Numa! -Que Tirón maldijera era tan raro que me quedé mirándolo con asombro. Su cara se había vuelto de color ceniza-. ¡Claro! ¡No son los hombres de Pompeyo ni los de César!
– Tirón, estás desvariando.
– Mira, ¿no ves aquellos exploradores que van delante del resto? ¿Ves la banda de cobre brillante que llevan en el casco?
– Casi no alcanzo a… -musité, forzando la vista.
– Estoy seguro, es una banda de cobre. Y los oficiales llevarán discos de cobre en el peto, con una cabeza de león. Domicio tiene minas de cobre. Son sus cohortes, los hombres que lo traicionaron en Corfinio.
– ¿Irán en busca de Domicio para reclamarle el dinero de la nómina? -sugerí.
A Tirón no le hizo gracia.
– Quizá se hayan vuelto contra César. No, eso tampoco es posible, porque entonces irían en dirección contraria, para reunirse con Pompeyo. -Miró frenéticamente hacia el carro, donde a su vez el carretero y Fórtex nos miraban perplejos-. ¡Que Plutón me confunda! No hay manera de esconder el carro… El camino está encajonado entre rocas y árboles, y hace kilómetros que no hemos visto un desvío -se lamentó-. Tendría que haber cambiado esta mañana el carro y al carretero por caballos. A caballo nos habría resultado más fácil escondernos.
– ¿Y qué más da? Podemos ser inocentes viajeros que cruzan las montañas.
– Gordiano, en este camino no hay viajeros inocentes.
Tirón parecía a punto de ceder al pánico y traté de calmarlo.
– Nos esconderemos entre las rocas. El carretero puede quedarse en el carro y decirles que viaja solo.
– El carretero lo contará todo en cuanto le enseñen una espada.
– Pues llevémonos al carretero.
– ¿Y abandonar el carro al lado del camino? Eso aún levantaría más sospechas. Entonces sí que nos buscarían, y nos encontrarían en cuestión de minutos. ¿Y qué iban a pensar de cuatro hombres que tienen algo que esconder, tratando de pasar inadvertidos en medio del bosque?
– Tienes razón. No nos queda más remedio que quedarnos en el carro. Cuando lleguen los exploradores, saludaremos, sonreiremos y comentaremos el tiempo tan extraordinario que tenemos.