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Tirón replicó con un susurro, con los dientes castañeteando:

– Lo más piadoso sería acabar con su dolor.

Fórtex no daba indicios de oír nada. Sus ojos abiertos miraban al cielo. La tensión de su cuerpo era un espectáculo insoportable, como si cada músculo se hubiera comprimido en señal de desafío. ¿Era miedo, valentía o sólo instinto animal lo que lo aferraba a la vida con tanta desesperación?

Habíamos pedido un médico, pero no aparecía ninguno. Miré la flecha y me pregunté qué habría que hacer con ella. Si cortábamos un extremo, podríamos sacarla. Pero ¿no haría eso que le saliera más sangre? Quizá la flecha era lo único que impedía que su yugular se convirtiera en un surtidor de sangre.

Era insoportable verlo temblar en aquella silenciosa tortura sin hacer nada. Me decidí a extraerle la flecha. Empuñé la daga y apreté los dientes, esforzándome por no pensar en la desgracia que podía causar.

El problema se solucionó antes de que pudiera moverme. La tensión del cuerpo de Fórtex desapareció de súbito. Sus dedos se relajaron. De sus labios brotó un suspiro, como una nota de flauta. Cruzó su propio Rubicón y partió hacia la laguna Estigia. La multitud dejó escapar un suspiro de alivio. Cada cual se fue a sus asuntos. Un hombre vivo con una flecha en el cuello era digno de ver; un hombre muerto, no.

– Es curioso -dijo Tirón- que algunos hombres vivan exactamente el tiempo necesario, y ni un día más.

– ¿A qué te refieres?

– A Fórtex. Su deber era traerme sano y salvo hasta Pompeyo. Si lo hubieran herido unos momentos antes, no habríamos podido llegar al muelle. Tú y yo habríamos muerto en la barca con él. Pero en lugar de entonces ha muerto precisamente ahora, y aquí estamos los dos. Como si los dioses lo hubieran decretado.

– ¿Entonces crees que todos los hombres tienen un destino? ¿Incluso los esclavos?

Tirón se encogió de hombros.

– No lo sé. Los grandes hombres sí tienen un destino. Quizá los demás lo tengamos sólo si nos cruzamos en su camino y desempeñamos un papel en su porvenir.

– ¿Eso es lo que te hace tan valiente, Tirón? ¿Creer en el destino?

– ¿Valiente?

– En la montaña, por ejemplo, cuando te enfrentaste a Otacilio. O en el campamento de Antonio. En la tienda de César Y en la barca bregando de pie con la vela, con las flechas silbándote en los oídos.

Tirón volvió a encogerse de hombros. Miré detrás de él, hacia las puertas que comunicaban el muelle con la ciudad. Un centurión de aire decidido y una compañía de soldados venían hacia nosotros.

– Y este viaje que hemos hecho juntos, Tirón… ¿es porque yo soy parte de tu destino o porque lo eres tú del mío?

– Parece haber cierta reciprocidad.

– ¿Y el papel de Fórtex era traernos hasta aquí, simplemente?

– Pues claro.

– Me pregunto si Fórtex lo vería de esa manera. ¿Y qué me dices del carretero sin nombre?

– Nos trajo por las montañas, ¿no? Todo ha colaborado para llegar a un buen fin.

– No para él. Pero, si tienes razón, los dioses han cuidado de que lleguemos sanos y salvos. Si quieren que cumpla la misión que me ha traído aquí, entonces es seguro que viviré más tiempo. Así que trataré de ser tan valiente como tú.

Tirón me miró con ceño y cara de desconcierto, y se adelantó para saludar a los soldados. El centurión le preguntó su nombre.

– Soscárides. Espero que te hayan informado de mi llegada.

– Muy espectacular, por lo que me han contado los arqueros. -El centurión, un veterano canoso, feo y ancho de cara, lucía una sonrisa tan tenue como prieta.

– He de dar las novedades al Magno en persona, a nadie más -dijo Tirón.

El centurión asintió con la cabeza.

– ¿Quién es el muerto?

– Un esclavo. Mi guardaespaldas.

– ¿Y éste? ¿Otro esclavo?

Tirón se echó a reír.

– Levanta la mano y enséñale el anillo de ciudadano, Gordiano. Centurión, este hombre también es conocido del Magno. Viene conmigo.

El centurión gruñó.

– Bueno, no podéis dar las novedades al general en jefe con esa facha… tú empapado de agua y ése con la túnica ensangrentada. Vamos a ver si encontramos ropa limpia para que os cambiéis.

– No hay tiempo -repuso Tirón-. Tienes que llevarnos ante Pompeyo de inmediato.

– ¡Por Cástor y Pólux, ten un poco de paciencia! -El centurión miró a los desocupados que pululaban por el muelle y señaló a un civil bien vestido-.¡Tú, ven aquí! Sí, tú y tu amigo. Los dos. ¡Vamos! -Como los dos hombres intentaran retroceder, el centurión chasqueó los dedos. Los soldados corrieron a sujetarlos.

El centurión miró a los dos hombres de arriba abajo. -Sí, parece que tenéis la misma talla. Y vuestras prendas no están muy ajadas. ¡A desnudarse!

Los hombres se quedaron atónitos. El centurión chasqueó de nuevo los dedos y los soldados los ayudaron a quitarse la ropa.

– ¡Sin brusquedades! -gritó el centurión-. No hay que romper las túnicas. ¿Cuál prefieres, Soscárides?

Tirón parpadeó.

– Supongo que la amarilla.

– Muy bien. Tú, el de la túnica amarilla, quítate también el taparrabos. ¡Venga! Mi amigo Soscárides está calado hasta los cojones y necesita uno seco. -Se volvió hacia nosotros-. Vamos, compañeros, quitaos esos andrajos y poneos vuestras nuevas ropas.

Me quité la túnica ensangrentada.

– ¿A qué viene esa manía de los militares de desnudar a la gente? -pregunté a Tirón en voz baja, recordando la humillación a que nos había sometido Otacilio en las montañas. César había dicho que los hombres de Pompeyo habían perdido el apoyo de los habitantes de Brindisi. Ahora entendía por qué.

El centurión nos miró los pies.

– ¡Las sandalias también! -ordenó a los desventurados civiles. Los dos dieron un respingo y luego, obedientemente, se agacharon y empezaron a desatarse las tiras de las pantorrillas.

– No me importa ir con el calzado mojado, ya se secará -dijo Tirón mientras se quitaba la ropa empapada y se ponía la otra.

El centurión negó con la cabeza.

– Hazme caso. He ido y venido de las Columnas de Hércules andando, al frente de mis hombres. Soy un experto en pies. Te alegrarás de calzar sandalias secas cuando todo empiece a moverse.

– ¿A moverse? -dijo Tirón, poniéndose la túnica amarilla. Le quedaba perfecta.

El centurión entornó los ojos para mirar al sol, por encima del sector occidental de la ciudad.

– El sol se está poniendo. ¿Y adónde van las horas? Una vez que haya oscurecido, las cosas empezarán a moverse, con rapidez y con ganas. ¡Créeme, te alegrarás de llevar ropa limpia y sandalias secas! ¡Recuérdame entonces, amigo Soscárides, y reza una plegaria por el centurión que te cuidó con tanta ternura como tu propia madre!

Para contener el avance de los hombres de César una vez entraran en la ciudad, Pompeyo había levantado barricadas en las calles principales y había tendido trampas, zanjas que ocupaban toda la anchura de la calle y cuyo fondo estaba lleno de afiladas estacas, cubiertas por planchas de mimbre que a su vez quedaban ocultas por una fina capa de tierra. Sólo era posible acceder al centro de la ciudad por travesías y callejones. El centurión iba en cabeza y los soldados avanzaban en formación circular, rodeándonos a Tirón y a mí.

Oficialmente, los habitantes estaban confinados en sus casas, pero de hecho se hallaban por doquier, gritando, corriendo de un lado para otro, con pánico apenas contenido. Si el campamento de César había parecido una colmena que bullía de movimientos ordenados, Brindisi era un hormiguero alcanzado por el arado del agricultor. No dejaba de tener mérito la calma de nuestro centurión, que parecía indiferente a todo cuanto nos rodeaba.

Por fin salimos del laberinto de callejas y llegamos al foro de la ciudad, una plaza típica, rodeada de edificios públicos y templos. Imperaban allí al mismo tiempo una mayor sensación de orden y caos. Los centuriones gritaban órdenes y las tropas formaban en el centro de la plaza. Mujeres deshechas en llanto y hombres pálidos como la cal abarrotaban las escaleras del templo. Por las puertas abiertas salían olor a incienso y mirra y el eco de las plegarias salmodiadas, no en latín, sino en la extraña lengua ululante de los mesapios, la raza que había colonizado el tacón de la bota itálica al principio de los tiempos y había construido la ciudad de Brindisi. Los mesapios habían luchado contra Esparta en la antigüedad. Combatieron contra Pirro, que los conquistó en nombre de Roma. El pueblo cosmopolita y marinero de Brindisi veneraba a todas las deidades adoradas en Roma, pero también rendía culto a sus propios dioses, antiguas deidades mesapias desconocidas en Roma y de nombres impronunciables. Era a estos dioses a los que invocaban llenos de desesperación, en un momento en que el destino de su ciudad pendía de un hilo.