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Él miró su rostro con detenimiento.

– Está llorando.

– No -le respondió, retrocediendo un paso, la proximidad de él la desconcertaba-. Debe de ser cosa del viento.

– ¿Es algo que he hecho? -le preguntó Julius, sin hacer caso a aquella excusa poco convincente que le había dado ella.

Ella negó con la cabeza.

– Simplemente no tendría que haber venido. Me disculpo por haberle ocasionado tantos problemas, pero… -empezó a caminar a su alrededor, y de repente estuvo a punto de echarse a llorar. Sin motivo alguno. O por mil motivos. Ninguno de ellos era asunto de él-. Por favor. -Ella rozó su mano cuando éste intentó detenerla, reprimiendo las lágrimas con un esfuerzo hercúleo-. Tengo que irme -le susurró.

– Déjeme ayudarla de algún modo. -Él la siguió cuando Elspeth se dirigía hacia la puerta.

– No tiene nada que ver con usted.

– ¿Con Grafton?

Ella le lanzó una mirada afilada, la rabia le aplacó momentáneamente las ganas de llorar.

– Por supuesto que con Grafton y con todas las razones de que haya un Grafton en mi vida. Pero, insisto, no es problema suyo. Ni lo más mínimo.

Julius se adelantó a ella poco antes de que ésta alcanzara la puerta y le cerró el paso.

– Antes le he ofrecido dinero. No se ofenda -los ojos de ella se habían enturbiado-. No estará obligada a nada. Se lo ofrezco como amigo.

– No lo somos.

– Podríamos serlo.

– Dudo que estuviéramos de acuerdo en el significado de amistad -replicó Elspeth con firmeza.

– Por lo menos quédese a tomar un té. Prometo guardar distancias. Aquello pasaba de castaño oscuro: su bondad, su extravagante ofrecimiento de ayudarla económicamente, su dulce sonrisa y su buena disposición a comportarse con escrupulosa cortesía. Ella intentó rechazarlo con la misma educación que él le había hecho la oferta, pero las palabras le salieron como un tartamudeo inarticulado mezclado con lágrimas. Después de secarse las lágrimas con los puños, Elspeth intentó sonreír.

– Me disculpo… por -le dijo con un fuerte hipo-. Quiero decir, qué duro esto… debe ser -contuvo un sollozo… luego otro. Se dio la vuelta para alejarse cuando estalló la marea, las lágrimas le corrían por la cara y empezó a sollozar de forma incontrolada.

Él la tomó entre sus brazos, la llevó hasta un sillón, se sentó y la meció suavemente como hacía con los hijos de su hermana cuando estaban tristes.

– No pasa nada, no llore -le susurró, pensando cuánto se parecía a la hija pequeña de Betsy, también rubia y de ojos azules, aunque Annie sólo tenía cuatro años. Pero en ese momento, la dama que tenía entre sus brazos lloraba con el mismo fervor desconsolado. Deseó aliviar su pesar con la misma facilidad que en la niñez, cuando un caramelo o un juguete nuevo ofrecían un consuelo inmediato. Pero Grafton era un obstáculo mucho mayor. Y ella no parecía dispuesta a aceptar dinero… al menos de él-. Todo irá bien -le susurró, ofreciéndole un tópico tranquilizador en lugar de un remedio más práctico-. Todo irá completamente bien…

Ella movió la cabeza con gesto de disgusto contra el pecho de él, y le arrancó una ligera sonrisa por la similitud entre la pequeña Annie y su antigua amante.

Los caramelos no eran la solución en este caso, ni los juguetes, aunque hacía poco un nuevo pony había contenido el raudal de lágrimas de Annie.

– ¿Le gustaría tener uno de mis caballos de carreras?

Estaba cambiando realmente el rumbo de su vida por aquella preciosa doncella; aquella era la segunda vez que ofrecía un caballo para complacerla.

Por qué le fascinaba tanto era una pregunta que había decidido no formularse.

Simplemente la deseaba, y era suficiente.

Pero en lugar de decir sí, rompió a llorar todavía más fuerte y él, estrechándola más entre sus brazos, la tranquilizó lo mejor que sabía, le murmuró frases reconfortantes con un tono de voz grave y dulce, le secaba las mejillas con las mangas de la camisa, haciendo el papel de niñera. Hasta que, transcurrido un rato, las lágrimas cesaron.

Le miró a través de sus pestañas mojadas y le dedicó una sonrisa empapada.

– Nunca lloro. De verdad, nunca. No sé lo que me ha pasado.

– ¿Ha sido por algo que haya dicho? -bromeó con ella.

Elspeth se limpió las lágrimas al mismo tiempo que se reía con cierto nerviosismo.

– Ojalá fuera algo tan sencillo como eso. Discúlpeme por estropearle el día.

– No ha estropeado nada -Elspeth estaba sentada en las rodillas de Julius y la calidez apetecible de las nalgas estimulaba cada nervio de su cuerpo masculino, que se encontraba en un estado de agradable alerta.

– Usted es muy, muy amable conmigo.

– Ahora es cuando podría decirle que aún puedo ser más amable -le dijo Julius mientras se le dibujaba despacio una sonrisa en los labios.

Ella no pudo evitar responderle con cierta burla.

– Y ahora es cuando yo podría decirle que ojalá pudiera aceptar su oferta.

Julius medio levantó la mano mostrando la habitación silenciosa.

– ¿Quién lo va a saber?

– Alguien puede entrar -le dijo, lanzando una mirada nerviosa hacia la terraza.

Si Julius interpretara bien su respuesta y tuviera una década o más de experiencia en leer sobre cuestiones de aquiescencia femenina, se daría cuenta de que ella no estaba diciendo que no.

– El servicio tiene órdenes de no aparecer por aquí.

Elspeth arqueó las cejas.

– No estoy segura de sí debería sentirme agradecida o avergonzada por su previsión.

– Ninguna de las dos cosas. Estamos solos, eso es todo, y lo estaremos hasta que no ordene lo contrario. Así que ya ve -le dijo en voz baja-, no le quedan excusas.

– ¿Para qué? -le miró fijamente por debajo de las pestañas, con una media sonrisa en los labios.

Era la primera mirada coqueta que le había visto.

– Para darme un beso -susurró Julius.

– No debería.

– Nadie lo sabrá… nunca -añadió suavemente.

– ¿Nunca?

– Nunca -esa única palabra, ronca y grave, bastó para corroborar la seguridad del precepto.

Elspeth tomó aire profundamente en un gesto que acentuó más todavía la prominencia de sus pechos, soltó la respiración y le dijo con una voz apenas perceptible.

– Tal vez uno, pues.

– Me encantaría -llegados a ese punto no era una cuestión de negociación. Sólo era una cuestión de espera.

– Voy a besarle.

Él se sentía complacido de que hablara con menos timidez, y aún más complacido de que se hubiera olvidado de las lágrimas.

Julius se acomodó en la burda lana roja de la gran butaca jacobina, reposó los antebrazos sobre los brazos de madera tallada y cerró los ojos.

– Se está burlando de mí.

Julius percibió un tono de burla en su voz, levantó los párpados y advirtió el rubor de sus mejillas y el brillo de ojos azules. Si no tuviera miedo de asustarla, alargaría las manos y le acariciaría sus pechos, infernalmente tentadores.

– Me estoy preparando para recibir su beso -le dijo mostrándole una sonrisa encantadora y reprimiendo sus auténticos deseos.

– Como si fuera la primera vez que recibe uno -le replicó con un pequeño resoplido.

– No es lo mismo. -Era la pura verdad. Se sentía tan virginal como ella, como si estuviera a punto de ser besado por primera vez. No es que su alma hastiada no comprendiera que aquellas sensaciones extravagantes no tardarían en desvanecerse, pero en aquel preciso momento la emoción era real.

– ¿Qué tiene de diferente? -le preguntó adoptando una actitud típicamente femenina, no contenta hasta descifrar por completo todas y cada una de las palabras pronunciadas.

– Usted es diferente.

– ¿Cómo?

– No lo sé. Excitante. Joven. -Se encogió de hombros-. No me lo pregunte. Ni yo mismo me comprendo. -Si no estuviera tan concentrado en el intervalo posterior a los besos, habría sentido una punzada de gran inquietud ante aquel extraño comportamiento.