– Yo más que tú -bromeó suavemente.
Aquel comentario le produjo satisfacción, le auguraba tiempos mejores.
– No hay prisa -murmuró él, permaneciendo inmóvil dentro de ella-. Estoy dispuesto a esperar lo que haga falta.
– Ahora que estás… -y contoneó las caderas un poco-… aquí.
– Te recomiendo que no lo vuelvas a hacer a menos que no sea lo que quieres. He esperado dos días a que ocurriera esto -le dijo con una sonrisa.
– Y yo veintiséis años -respondió con un resoplido.
– Entonces debo ser paciente -sonrió abiertamente.
Todo él estaba caliente, poderoso, masculino y no sólo estaba felizmente cerca sino que, en ese momento, era parte de ella, pensó con dicha, recorriendo con las manos su espalda, reposando las palmas en la base de su columna, sintiendo como si el paraíso estuviera a su alcance.
– Tengo la sensación de que no falta mucho -ronroneó ella, al notar que unos pequeños temblores acalorados comenzaban a provocarse en su interior.
Él también los sintió, las ondas ascendían rápidamente a través de su miembro, duro como una roca, un líquido caliente y disuelto bañaba su longitud rampante y la respiración de ella cogió el ritmo conocido de la excitación.
– ¿Ahora? -preguntó, atreviéndose a moverse con sumo cuidado.
– Ummm…
Reconoció ese suspiro embelesado, se deslizó un poco más, retirándose sólo una distancia insignificante antes de deslizarse de nuevo. Durante los momentos siguientes aumentó el alcance de sus movimientos en incrementos infinitesimales, finalmente escurriéndose dentro y fuera todo el rato, esforzándose todavía en penetrar más y más profundo, hasta hundirse en su humedad perlada, hasta que ella sintió un calor resbaladizo alrededor de él.
Hasta que se puso a gritar sin saber el porqué.
Él sí sabía el porqué, estaba de sobras familiarizado con esa súplica, estridente y aguda.
Se encontraba casi en el punto álgido.
Soltó las manos de su trasero, la alzó para realizar su siguiente movimiento descendente, deseando que ella pudiera sentir toda la extensión de su verga. Ella se quedó sin aliento, cerró los ojos ante un placer tan increíble.
La volvió a penetrar lentamente, sumergiéndose en las profundidades más insondables, aguantando con firmeza su vara contra su sexo, apretando fuerte su trasero y, levantándola más alto, le entregó lo que buscaba.
Su grito reverberó por la habitación, una sensación salvaje, angustiosa, estallaba en su interior mientras su primer orgasmo surcaba veloz su cuerpo.
Como si aquel grito salvaje le diera licencia, Darley se encontró con su orgasmo, vertiendo un río aparentemente interminable de semen en su concha caliente y deliciosa, ya nunca más virginal. De hecho, había pasado dos días deseando eyacular, eso explicaría tal vez la prodigiosa cantidad. O quizás aquel vasto manantial de esperma sólo lo inspiró una virgen joven y núbil que nunca antes había sido besada.
Después se tumbaron jadeantes, él descansó ligeramente sobre los antebrazos, ella totalmente desplomada debajo de él.
Después de haber experimentado la sensación última, el equivalente sibarita de deleitarse de placer, que ella pudiera respirar o no era poco importante.
– Si… me dice… que siempre… será… así, no pienso… volver… a casa -le dijo sin aliento, su sonrisa brillaba radiante.
– Sí, siempre es así… quédese pues -le dijo, extrañamente, con una sonrisa.
Ella le guiñó el ojo.
– Ojalá…
Él miró el reloj.
– Hay tiempo de sobras… Aún puedes correrte una docena de veces más.
Ella casi se corrió allí mismo otra vez… con él todavía dentro de ella, sintiendo una intensificación mientras él hablaba:
– Usted es… el hombre más encantador… del mundo -dijo con una exhalación.
– Y usted… la belleza más ardiente… que jamás he visto. -Y no estaba mintiendo. Le había excitado como ninguna mujer nunca antes. Y no es que estuviera predispuesto a la introspección más allá de las ventajas obvias del momento.
– ¿Cómo se siente? -le murmuró, probando los límites de su vagina.
– Oh, oh, oh… sííííí. -Sus ojos se cerraron ante aquella sensación exquisita, sus caderas se movían debajo, deseando más, y al poco, como animales en celo, volvieron a tener un orgasmo.
Después la desnudó. Había desaparecido cualquier inhibición respecto a quitarse la combinación y que la llevara afuera para hacerle el amor sobre la hierba fresca y verde, bajo la pérgola cubierta de rosas.
La fragancia de la hierba aplastada le hizo cosquillas en la nariz, el picor del sol les calentó la piel, el placer voluptuoso del juego amoroso y el sexo apasionado les regocijaba y cautivaba.
Cuando estuvieron demasiado pegajosos del semen y de los jugos suculentos de ella, Darley, haciendo caso omiso a sus protestas, la condujo a la habitación. La llevó en brazos a través de los pasillos silenciosos -ningún criado a la vista, tal como él había ordenado- hasta sus aposentos, donde había agua caliente, toallas y té encima de la mesa, esperándoles.
– ¿Cómo lo sabía? -le preguntó, cuando la dejó de pie dentro de la habitación.
– No estaba seguro. Era sólo por si acaso -le mintió. Desde la adolescencia le habían perseguido las mujeres-. Déjeme que la lave para que deje de estar pegajosa y tomaremos té y jerez.
– Y fresas -añadió ella, examinando la mesa estéticamente puesta, con mantelería bordada, flores y tazones con fresas.
– Y fresas -asintió.
Darley aportó un nuevo componente de encanto a una tarea tan mundana como la del aseo personal, lavándole con dulzura su sexo henchido, besándolo para que se sintiera mejor.
Asombrosamente, besos era exactamente lo que ella necesitaba, aunque desconocía que existiera aquella satisfacción.
– Me mima demasiado -le murmuró ella poco después, enredando las manos en su cabello, con su lengua acariciándole el clítoris con suavidad.
Él miró hacia arriba, le guiñó un ojo y, poco después, volvió a entregarse a los mimos.
No era que no hubiera cumplido con su cuota de orgasmos ese día, pensó él mientras levantaba las piernas de ella de sus hombros para después salir de la cama, ponerse de pie y estirarse con cierta pereza. Y no era como si no tuviera planeado tener otro orgasmo, pensó, contemplando aquella belleza adormecida en su cama.
Sonrió. Inmediatamente después se enjuagó la boca con un poco de brandy.
Unos momentos más tarde, mientras llevaba el brandy y las fresas hasta la cama, ella lo miró, y sus pestañas casi ocultaban el azul brillante de sus ojos. Por suerte, ocultaban también la adoración que él le inspiraba. No es que no comprendiera lo insensato que era enamorarse de un hombre como Darley, un hombre cuyo nombre era sinónimo de vicio. Y con todo… qué vulnerable se sentía antes sus seductores encantos.
– ¡Abra! -le murmuró él cuando llegó a la cama.
Su cuerpo, adicto a él, le respondió de inmediato.
Entonces se dio cuenta de la fresa que él llevaba en la mano y también abrió la boca. Él no tenía más que dar órdenes, órdenes que ella cumpliría con sumo gusto, el placer que le ofrecía era incomparable.
Le dio de comer las fresas y la crema de una manera también diferente, recompensándola por cada cucharada que tomaba con otra embestida hasta que las fresas se acabaron, había llegado al orgasmo infinidad de veces y escogieron otro juego. Aquella tarde también se sentaron a la mesa, bebieron té y jerez, charlaron de tonterías y de caballos y disfrutaron del placer de estar juntos, más allá de las intimidades del sexo.
Pero, sobre todo porque habían jugado al amor en todas sus infinitas variedades, satisfaciendo sus deseos carnales con deleite desvergonzado.
Lord Darley encontró el papel de maestro verdaderamente edificante después de todo, aunque su alumna, bella y atractiva, siempre dispuesta a agradarle, contribuía en no poca medida a su satisfacción.