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Él le sonrió a modo de respuesta, perdonándola a la primera.

– Toda la culpa es mía.

– Sí, así es. Es usted muy afortunado, Darley. Ése es su problema. Vaya, no debería haber dicho eso cuando quería mostrarme…

– ¿… dócil?

– Le pido disculpas -su mirada azulada se encendió de nuevo.

– Alto, alto, querida… perdóneme… por haberla molestado, por mi fortuna, y por todo lo que le desagrade.

– Podría requerir algo más que una disculpa -dijo Elspeth con una media sonrisa, volviendo a estar de buen humor después de aquella concesión-. Algo más sustancial.

– ¿Cómo de sustancial? -le preguntó alargando las palabras, insinuándose en cada sílaba.

– El tema no es cómo sino cuándo -replicó con un juguetón parpadeo de pestañas.

– Podríamos parar aquí mismo.

– Podríamos, si compartiera las mismas tendencias exhibicionistas -apuntó ella de forma divertida.

– Entonces me temo que tendrá que esperar.

Ella hizo un mohín gracioso.

– Espero que no sea demasiado. ¿Le había dicho que anoche soñé con usted?

Casi sacó el faetón de la carretera en ese mismo momento. El pensar en sus sueños húmedos, en su sexo tórrido y dulce que le deseaba, casi irresistible.

– La hierba es estupenda. Le garantizo que nadie nos verá.

– No creo que esté cómoda -dijo Elspeth, haciendo una mueca.

Con la dilatada experiencia que había acumulado haciendo que las mujeres se olvidaran de la comodidad en una variada colección de lugares, dudó en si discutírselo. Pero ella no era una exhibicionista, ya lo había dicho. Por otra parte, él no era un monje, ni mucho menos.

– Agárrese -le dijo con decisión y restalló el látigo, haciendo que la pareja de caballos galopara impetuosamente.

Cuando el faetón entró a toda velocidad en el camino que daba a la parte trasera de la casa de Darley, vieron un coche. Habían desenganchado a los cuatro caballos que componían el tiro del carruaje y los estaban apartando del camino. Varios criados estaban trasladando baúles y paquetes al interior. El marqués, al reconocer el escudo de armas del coche, rezongó algo y al instante empezó a trazar un plan alternativo, que no incluía la visita de su hermana y sus dos hijos. De hecho, estaba maniobrando el faetón para dar media vuelta y respondiendo a la pregunta de Elspeth de quién era el propietario del coche, cuando una voz de mujer gritó:

– ¡Julius, querido, aquí! ¡Julius… holaa… holaa… aquí!

Paró el faetón, y repasó silenciosamente todas las posibilidades que se le ocurrieron en aquel momento, sin encontrar ninguna que sirviera para el caso.

– ¿Le gustaría conocer a mi hermana? -le preguntó, optando por la naturalidad.

– ¡Dios mío, no… no podría! No me mire de esa manera… ¡es imposible!

– Betsy es endemoniadamente comprensiva. De verdad. Le dará exactamente lo mismo.

– ¡Pero a mí no! ¡Dios mío, qué bochorno, por no hablar del escándalo!

– A ella no le preocupan los escándalos. Y a usted no debería.

– Tal vez usted tenga encuentros de este tipo cada día de la semana, ¡pero yo no! No puedo estar conforme con que me presente a alguien que no conozco en estas circunstancias… tan irregulares.

Había sido una noche muy larga una mañana todavía más larga esperando a que se hicieran las nueve, y, cuando se trataba de jugar una partida, Darley prefería ganar. Y ahora mismo aquello quería decir no desperdiciar un día perfecto en la cama con una mujer increíblemente apetecible sólo porque había olvidado que su hermana lo visitaría durante las carreras.

Por lo general, las visitas de Betsy no interferían en su vida, ya que sus relaciones se desarrollaban fuera de la casa. A excepción de Amanda, que estaba convencida de que su antigua amistad le daba derecho a entrar sin ser invitada, Julius se cuidaba muy mucho de que sus amantes entendieran que su intimidad era sagrada.

– Tío Julius -declaró una voz aflautada de niña-. ¡Estás de vuelta! ¡Mira, Harry, te dije que vendría!

– Tío Ju, tío ju -gritó una segunda voz infantil-. ¡Mírame, mírame!

Al oír los gritos, el marqués observó a sus sobrinos. Sus cabecitas le miraban por detrás del equipaje que todavía quedaba en el coche.

– Tengo que ir a hablar con Annie y Harry -murmuró-. Vuelvo en seguida.

– Y luego nos marcharemos.

Él asintió con la cabeza.

– Volveré en un minuto.

– Y ellos, ¿qué harán? -Elspeth señaló al fogoso tiro de caballos.

– Están adiestrados para esperar. Está a salvo. -Saltó al suelo, ató con un lazo las riendas alrededor de la fusta y se alejó.

«Qué fácil es decirlo», pensó Elspeth, nerviosa, escudriñando aquellos enérgicos bayos, luego la distancia que había hasta el suelo, deliberando la mejor manera de salvarse en caso de que los caballos se desbocaran. Pero un momento después, la zozobra respecto a su seguridad se disipó ante un miedo mucho mayor. La hermana de Darley caminaba desde el jardín de rosas y se dirigía directamente al faetón.

* * *

Capítulo 13

– Hola -sonrió Betsy-. Pensé que era Georgina Blake. Vi su cabello rubio. Soy Betsy, la hermana de Julius. Hace un día precioso para un paseo, ¿verdad?

Tenía la misma sonrisa que Darley. Cálida y entrañable, incluso para los desconocidos.

– Sí, hace un día precioso -contestó Elspeth y luego se quedó callada, sin estar segura de cómo conversar con un miembro de la familia de Julius cuando estaba tan lejos del círculo familiar como se podía estar.

– No deje que seamos un estorbo para sus planes. A Julius siempre se le olvida que venimos, se lo toma con calma por lo que respecta a los invitados… aunque estoy segura de que ya lo sabe. Encontraremos el modo de entretenernos. Ah, los niños te han encontrado -dijo volviéndose hacia Julius, que se estaba acercando, con los niños tirándole de las manos-. Hemos venido pronto -su hermana se rió-. Te olvidaste por completo de que veníamos, ¿verdad? -levantó la vista hacia Elspeth-. Como siempre, debería añadir. -Volviendo a dirigir la mirada hacia su hermano, con el que guardaba un colorido de tez semejante, su forma diminuta y hermosura eran la versión femenina del atractivo de d'Abernon, dijo-: No te preocupes, Julius, nos las arreglaremos muy bien aquí sin ti. No dejes que interfiramos en tus planes. -Obviamente andaba embarcado en una aventura ilícita, puesto que la dama no había dado su nombre. La chica no llevaba sombrero, aunque su vestido era elegante. ¿Acaso era una campesina con un vestido comprado de segunda mano? En cualquier caso, era una mujer casada, dado que llevaba un anillo en el dedo.

– Habíamos pasado sólo para un minuto. ¿Por qué no nos vemos esta noche para cenar? -le sugirió Julius.

– ¿Estarás en las carreras? Prinny anda diciendo a todo el mundo que va a ganar.

– Tal vez más tarde -apuntó Julius, inclinándose para hablar con los niños-. Decidle a vuestra madre que os muestre el armario de la biblioteca… el que tiene las puertas de cristal. Allí encontréis algo para los dos.

– ¡Un regalo! -gritó Annie.

– ¡Un juguete! -pegó un alarido Harry.

– Id y descubridlo con vuestros ojos -dijo Julius, enderezándose con una sonrisa en los labios. Los niños ya corrían hacia la casa.

Annie había adelantado a su hermano pequeño. Harry le pedía a voz en cuello que le esperara, sus pequeñas piernas de niño se agitaban como pistones.

– Será mejor que vaya a supervisar -sonrió abiertamente Betsy-. Antes que te destrocen la biblioteca. Que tengáis un agradable paseo.

– Nos vemos esta noche -le recordó el marqués-. Dile al cocinero lo que prefieras tomar para la cena. -Con una inclinación de cabeza, se dirigió al faetón y, de un salto, se encaramó al asiento.