– Esta pequeña posada es preciosa -asintió Elspeth mientras caminaba sobre aquel suelo de pino, limpio como una patena, en dirección a las ventanas.
Con una única habitación para invitados, sumamente privada, Julius se quedó pensativo. Le gustaba que allí no existiera la posibilidad de que nadie les interrumpiera. Newmarket no podía ofrecerles una intimidad tan estricta. Cuando Charles estaba ebrio era imprevisible, al igual que Amanda, a las horas más intempestivas.
Elspeth llegó hasta las ventanas y se quedó sin aliento del asombro. Una vasta alfombra de color se extendía ante sus ojos, un derroche de color cubría el campo abierto… como si la naturaleza lo hubiera planeado.
– ¡Es bellísimo! Y qué vistas más preciosas -comentó dando la espalda a la ventana-. Ahora ya sé por qué viene aquí.
– Me gusta la paz y la serenidad. Cuando paso mucho tiempo en Londres, siento un vehemente deseo de estar en un lugar tranquilo.
– ¿Y pesca?
– Y duermo y como.
– Cuando los excesos lo han agotado.
– ¿Qué sabe usted de mis excesos?
– Es una figura destacada en The Tatler y en la revista The Bon Ton. Toda Inglaterra conoce sus correrías.
Él sonrió.
– ¿Incluso en Yorkshire?
– Merecemos tener alguna emoción en nuestras vidas.
– Así que la hija del vicario me había conocido antes en la prensa de sociedad.
– Es mucho más excitante en persona.
– ¿Lo soy? -parecía divertirse.
– Anoche no pude dormir, Darley, le deseaba -miró a la cama-. Y ahora le tengo para mí sola.
– En una habitación a puertas cerradas.
– Para saciar mis deseos.
– Entonces mi larga noche en vela mereció la pena.
– Hay tan poco tiempo, mi señor -susurró-. Y tanto por hacer…
– Tantos orgasmos por tener, querrá decir -su voz era ronca y grave.
– Si no le importa…
Él no se había movido, excepto una parte de su anatomía que seguía sus propias pautas.
– Entonces ¿no tenemos que esperar al vino? -le dijo, cortés.
– No creo que pueda.
Su voz era entrecortada, su proximidad embriagadora.
– Avisaré a Beckett. -Cayó rodando de la cama, avanzó a pasos agigantados hacia la puerta, la abrió y gritó-: ¡Nada de vino ahora! -Cerró la puerta y dio la vuelta a la llave-. Sólo para estar completamente seguros -le murmuró, depositando la llave sobre el escritorio-. Ahora venga aquí, cielo -susurró-. Y le daré todo lo que quiera.
La habitación pequeña, aquel lugar apartado, la intimidad absoluta era como tener garantizado el permiso para entregarse con lujuria a todos los placeres prohibidos, tomar el sol, nadar y revolcarse en la gloria de los placeres carnales… La promesa de Darley de «darle todo» atizaba el fuego de su deseo.
– Estamos solos. -Darley tiró de la cinta que le cogía las tupidas trenzas para soltarle el cabello.
– Del todo -Darley le tiró con fuerza de la gorguera para abrirla.
– Nadie nos molestará -Elspeth se despojó de sus zapatitos, primero de uno, luego del otro, y su piel verde añadió una salpicadura de tonalidad al suelo claro.
– Nadie. -Estaba acostumbrado a eso. Darley se desembarazó de su abrigo, se quitó la camisa.
Su torso fuerte y desnudo le quemó las retinas a Elspeth. Estaba perdida.
– ¿Le importa si nos damos prisa? -le susurró ella.
Él sonrió de oreja a oreja.
– Déjese el vestido puesto, si quiere.
– No. Se arrugaría. Y luego él podría… -vaciló, desconcertada y temblorosa. De repente, la indecisión y el miedo le parecieron un peso abrumador.
Él podría haberle indicado que la muselina ya estaba arrugada: una tela tan fina se arrugaba con facilidad.
– Deje que la ayude -se ofreció Julius, acercándose a ella, manteniendo un tono de voz suavemente reconfortante, en contraste con la duda y el desconcierto patente en la mirada de Elspeth-. Si se da la vuelta le desabrocharé los ganchos. Nos aseguraremos de no arrugar el vestido.
Elspeth se dio la vuelta, obediente, agradecida porque le ofreciera una solución, deseándole desesperadamente. Se acercó a ella en pocas zancadas y le desabrochó los ganchos del vestido con destreza. Elspeth levantó los brazos para que él pudiera sacarle la muselina amarilla por la cabeza y colocarla cuidadosamente encima de la silla.
– Si lo desea, Meg se lo planchará.
Elspeth dio media vuelta, le rodeó el cuello con los brazos y, sujetándole como si le fuera la vida en ello, se fundió contra su cuerpo.
– Gracias, gracias, gracias por el sentido común y la razón que yo ahora no tengo. No puedo pensar en otra cosa que abrazarle, sentirle y tenerle dentro de mí. Podría ser ahora mismo el fin del mundo y no me importaría nada con tal de que primero me hiciera el amor.
El ingenuo candor de Elspeth le hizo perder el control, algo que le asombró enormemente, un hombre que tenía un extraordinario control sobre sí mismo. Su capacidad de espera era su especialidad -algo que adoraban las damas- y ahora se sentía como un joven inexperto… a punto de explotar.
– No estoy seguro de que mi juicio sea más firme que el suyo -confesó, ayudándola a salvar la poca distancia que había hasta la cama-. Necesito sentirla ahora mismo.
– Entonces estamos completamente de acuerdo -Elspeth cayó sobre el colchón, estiró de sus enaguas, extendió las piernas y se topó con la mirada de Darley. Sus ojos ardían de deseo-. ¿Le he comentado lo prendada que estoy de usted?
– Pues espere a probar esto -susurró mientras se abría los bombachos vertiginosamente. La empujó hacia el borde de la cama y se deslizó en su interior con una embestida certera, penetrándola hasta el fondo con un gemido gutural.
Ella lanzó un suspiro que se acopló al suyo y, cruzando las piernas alrededor de él, le dijo:
– Ahora dame más.
Fue una cúpula desesperada, fuera de control, guiada por la lujuria y la necesidad salvaje, una fornicación incendiaria y egoísta, con los dos participantes despreocupados de todo salvo de su consumación.
Ella llegó primero al orgasmo. O bien él esperó a que ella lo hiciera para empezar él y la siguió en un orgasmo con una velocidad sincronizada. Al final los dos se tumbaron jadeando al unísono.
– Terminaré de desnudarla en un minuto -le dijo entre espiraciones ásperas.
– No se preocupe -le dijo respirando con dificultad-. No he pensado en otra cosa en toda la noche. Eso sin tener en cuenta los veintiséis años… -se frenó a sí misma antes de decir esperándole- esperando… esto -susurró Elspeth.
La verga se le enderezó a toda velocidad. La idea de los veintiséis años de deseo reprimido le encendieron una lascivia prodigiosa.
– La desnudaré más tarde -le dijo en voz baja. En una hora más o menos, pensó él, no dispuesto a dejar de hacer el amor pronto. Que hubiera encontrado una señorita virginal tan preparada y caliente, tan desesperada por el sexo en ese remanso de paz era algo que había que tratar con tiempo, aunque fuera fugazmente. No era que él fuera proclive a especular en las ansias de la lujuria, no importaba quién fuera su compañera.
Una fornicación, precipitada y apasionada: era lo que necesitaba.
Sin tener la experiencia de Darley, Elspeth no sabía cómo ver sus pasiones en perspectiva. Sólo sabía que le deseaba con un anhelo arrebatado e impetuoso. Sólo sabía que el placer que él le había brindado era sorprendentemente hermoso. Se sentía transportada más allá del mundo cotidiano.
Como si Darley pudiera, sin ayuda de nadie, traerle el paraíso.
Más familiarizado a los juegos amorosos, Darley no perdía de vista la realidad, aunque la naturaleza de esa realidad era extraordinariamente buena, tenía que admitirlo.