Quitándose los bombachos un momento después, la invitó a tumbarse en medio de la cama y le arrebató las enaguas, la combinación y las medias de seda en un tiempo récord.
– ¿Está caliente? -le susurró ella, tocándose las mejillas ruborizadas con las palmas de las manaos.
– Caliente de mil demonios -susurró Darley, colocándose entre sus piernas como prueba de su afirmación-. Abra más las piernas -le ordenó con tono áspero.
Empezó a embestirla con frenesí, como si se tratara de un ariete, retirándose a un ritmo caprichoso. Así podía zambullirse otra vez y sentir su estrechez lujuriante en torno a él, así la violencia desenfrenada que ella le inspiraba podía ser apaciguada.
O ligeramente apaciguada.
Ese día no quedó saciado de ella.
Ni ella de él. Su enconado deseo era tan desenfrenado como el de él.
Se habían apareado con una fuerza impetuosa y momentos de calma extraños y suspendidos.
Se encontraron en la furia y la dulzura.
Sentían una dulce alegría y la histeria más desmedida.
Estaban aturdidos, si no por amor, por algo muy parecido.
No es que ninguno de los dos se atreviera a admitir algo tan estrafalario.
Tan inconcebible.
Capítulo 14
Más tarde, cuando sus corazones dejaron de resonar como tambores, cuando pudieron pensar más allá de aquel momento febril, cuando el sexo ya no capitaneaba cada uno de sus impulsos, tomaron un almuerzo frugal compuesto de pan y queso. Meg les había hecho una bolsa con provisiones para que bajaran al río. Se tumbaron sobre la fresca hierba de la ribera, besándose, acariciándose y murmurándose tonterías el uno al otro, él dándole de comer primero, luego ella a él. Bebían a sorbos hock frío, entre beso y beso.
– No quiero irme -murmuró Elspeth-. Creo que me quedaría aquí y no volvería nunca a casa.
– La mantendría a salvo. Podría desaparecer y nadie la encontraría.
– Ah… qué tentador. ¿Y vendría para hacerme el amor y tenerme contenta?
– Cada día, cada hora, cada minuto. -Para un hombre que había experimentado todas las sensaciones sexuales, el grado de su implicación no sólo era sorprendente, sino que tampoco tenía precedentes-. Le traería todo lo que necesitara. Deme una lista cada día y me ocuparé de todo.
– Sólo quiero que se ocupe de mí… para siempre…
– ¿Ahora? -como si no hubiera tenido ya una docena de orgasmos, su erección, su deseo era insaciable.
– Sí, sí… ahora y dentro de cinco minutos, y dentro de dos minutos… por favor, por favor, por favor -se dio la vuelta poniéndose boca arriba, abrió los brazos, elevó las caderas y sonrió de forma sensual y tentadora-. Estoy hambrienta de usted.
Él se hundió en su cuerpo un instante después, sintió su carne trémula alrededor de él y finalmente comprendió, después de infinidad de mujeres y su libertinaje sin límite, lo que era el placer. Era algo lúcido, luminoso y demente al mismo tiempo. Era el vacío del cosmos, la nimiedad de una respiración, el sentido de haber alcanzado -después de un viaje arduo y prolongado- el final de trayecto.
Pasaron el resto de las jornadas de las carreras en el Red Lion, aunque con un formato diferente de aquel en el que habían fantaseado tan alegremente. Ninguno de los dos podía hacer caso omiso de las obligaciones conyugales de Elspeth ni de las franjas inquebrantables de los horarios de las carreras diarias en Newmarket. Pero, dentro de esos confines, varias horas al día eran enteramente suyas.
Hicieron el amor con un sinfín de variantes. Cada roce, cada caricia, cada sensación se volvía más exquisita por la naturaleza fugaz del tiempo que compartían. La alegría era frágil y precaria, dulce como la miel. Y recogieron sus capullos mientras pudieron, como lo habían hecho los amantes durante milenios antes que ellos, sin mencionar el mañana.
En los intervalos de sus juegos amorosos abandonaban aquella ermita acogedora que se encontraba bajo los aleros del tejado e iban a pescar o a pasear, de vez en cuando, por el jardín aromático y rebosante de vivos colores. Comían los bocados exquisitos que Meg les preparaba y tomaban el bock de Darley. Se tumbaban al sol y hablaban de lo humano y lo divino, como hacen los amantes… con ansias de conocer cada pequeño detalle de la vida del otro.
Darley nunca había dejado que alguien le viera tan vulnerable.
Elspeth había reprimido durante tanto tiempo sus pensamientos y palabras que se sentía como un prisionero puesto en libertad en un maravilloso país de ensueño.
– Si hablo demasiado, dímelo -le musitó Elspeth-. De verdad, hazlo.
Él se había reído y la había besado más, diciéndole:
– Cuéntame cómo era tu madre o cuáles eran tus asignaturas preferidas en la escuela… -y la mayoría de las veces-, qué caballos prefieres… antes y ahora.
Por debajo de la pasión amorosa que los magnetizaba y los mantenían esclavos, profesaban una devoción igualmente apasionada por las carreras y los purasangre de primera, la piedra de toque de sus vidas. Hablaban largo y tendido de líneas de sangre y pedigríes, de las buenas crías. Hablaban sobre buenos preparadores y adiestramiento, de las ventas más importantes del año y de las principales carreras de caballos. Era un encuentro agradable y armonioso de ideas, pensamientos y propósitos.
Elspeth se preguntó fugazmente si acaso aquella pasión mutua por los caballos tenía algo que ver con la fantástica relación en términos de ardiente afectuosidad que mantenían. Pero, por otro lado, había hablado de caballos durante toda su vida con mucha otra gente y nunca había sentido eso.
Era Darley, mera y sencillamente… era de una belleza arrebatadora, tenía un cuerpo impecable y poderoso, un encanto inexpresable. Su reputación complaciendo a las mujeres en la cama no sólo se la tenía de sobras merecida, sino que también era muy apreciada.
Era una lástima que tuviera que abandonar pronto Newmarket.
Ojalá su vida fuera diferente, pensaba Elspeth.
Lo sabía más que bien, por supuesto. Sabía que era una estupidez albergar sueños inalcanzables. Le quedarían esos pocos días con Darley y le estaría agradecida por ello. Él tenía que atender compromisos familiares en Londres la próxima semana, según le había dicho. El inicio de la Season requería su presencia en la ciudad. Sus obligaciones estaban igual de marcadas. Grafton regresaría a Yorkshire para la temporada de carreras locales inmediatamente después de las jornadas de Newmarket.
Pero aquella comprensión racional hacía poco por contrarrestar el terrible sentido de pérdida y de carácter definitivo que sintió cuando se preparaba para salir por última vez de Red Lion. Y a pesar de intentarlo, no pudo reprimir la tristeza.
Al principio el marqués intentó desoír las lágrimas de Elspeth, para las que no tenía ningún alivio que ofrecerle salvo la compasión por su difícil situación. Ella rechazó aceptar dinero de él, aunque él lo intentó en reiteradas ocasiones. Tampoco pudo darle ninguna esperanza de que volverían a verse. No hacía ese tipo de planes. Nunca los hacía.
– Me dije a mí misma que no iba a hacer esto -le susurró, aspirando ruidosamente mientras se ponía un guante-. Realmente es bastante humillante por mi parte. Desde luego -volvió a sorber-, me encuentro bastante mejor.
Él estaba cerca de la puerta, esperando.
– No soy muy bueno con los adieux -dijo sin rodeos-. Pero he disfrutado mucho esta semana -Al final, le había costado varios miles de libras. La tarifa de Amanda fue en aumento cada día a medida que Grafton aumentaba la presión para conseguir sus favores sexuales-. ¿Tienen previsto, usted y Grafton, volver a la ciudad para la Season?;-era el más mínimo acto de cortesía, a su juicio.
– No -le contestó, respirando hondo, sin pasársele por alto la incomodidad de Darley-. Yo también he disfrutado esta semana. Le estoy profundamente agradecida por su compañía -Se sintió capaz de sonreír cuando reflexionó acerca de la gloria de ese compañerismo-. Ha sido muy buen maestro.