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No pensó que le resultaría tan difícil volver a acomodarse a su antigua existencia. Había pensado que podría continuar con su vida, desterrando los recuerdos de Darley para rememorarlos con cariño sólo de vez en cuando, como se hace con los recuerdos de la niñez. Pero las cosas no fueron tan fáciles. No había podido dar media vuelta y desconectar, sin más. De hecho, los pensamientos sobre Darley se arremolinaban en la mente con mayor frecuencia a medida que pasaban los días… como si después de experimentar la dicha, su malestar se hubiera puesto más de relieve.

Tenía presente que ella sólo era una más de la legión de mujeres que se habían rendido ante los encantos de Darley. No podía permitirse anidar fantasías inútiles. Ella estaba donde estaba, mientras que el marqués había regresado a la vorágine social londinense. Y cuanto antes le olvidara mejor para ella.

Tras volver de Newmarket, Sophie observaba a su joven ama con creciente preocupación. Elspeth había perdido peso, si bien las horas que pasaba sobre la silla de montar eran razón más que suficiente para su delgadez. Pero además tenía poco apetito, a pesar de los pasteles y dulces que Sophie le ofrecía con la esperanza de abrirle el apetito a la criatura. Esta mostraba poco interés hacia la comida. De hecho, cuando Elspeth se levantaba por las mañanas, apartaba las sábanas a un lado, se bebía el chocolate, se vestía para montar y se dirigía al establo, como si el diablo le pisara los talones.

Y así pasaban volando los días en Grafton Park. Los horarios de equitación de Elspeth sólo se alteraban cuando los pony de Grafton participaban en las competiciones locales. Esos días, Sophie y ella tenían que estar bien arregladas y esperando a las nueve en el pórtico delantero, donde un carruaje las aguardaba… al igual que hacía el carruaje de Grafton.

Lord y Lady Grafton nunca viajaban juntos. En el carruaje del conde se transportaba la silla de ruedas, su ayuda de cámara, el hombre que le empujaba la silla, la licorera de viaje y él. Como muchos de los hacendados de provincias, prefería estar rodeado de hombres. Las buenas maneras se las dejaba a los finolis de la alta sociedad.

No es que Elspeth fuera reacia a viajar sola. Ni se daba por ofendida por tener que asistir a las carreras, salvo porque no tenía más remedio que sentarse al lado de Grafton, en su palco. Le insistía para que interpretara el papel de esposa cuando sus caballos estuvieran sobre la pista. Durante los intermedios entre las carreras, Elspeth aprovechaba la oportunidad para ir a saludar a sus viejas amigas: sus compañeras de clase de la escuela femenina Dame Prichard, todas ya casadas y con hijos, que la proveían de una inagotable fuente de noticias locales y chismes. Elspeth se sorprendió sintiendo un interés nuevo y extraño hacia los hijos de éstas. Dicha fascinación, por supuesto, estaba directamente relacionada con su añoranza de Darley. Lo entendía muy bien… al igual que entendía que cualquier embriagadora realidad que tuviera que ver con Darley y niños no era más que pura fantasía.

En el transcurso de aquella verde primavera inglesa, Elspeth nunca se olvidó de anotar en su diario el recuento nocturno de los días que duraba su matrimonio. La suma total de días le daba coraje para afrontar otra mañana, otro día, otra noche tediosa junto a su marido.

Y así habría continuado la vida de Elspeth si un día de junio no hubiera recibido una carta, una carta que cambió el curso de los acontecimientos.

* * *

Capítulo 16

Elspeth volvía de los establos y se estaba quitando los guantes mientras subía rápidamente por las escaleras que conducían a sus aposentos.

No podía darse el gusto de llegar tarde a la cena. Grafton era un déspota de la puntualidad.

Cuando estuvo en lo alto de las escaleras vio a Sophie, que la esperaba con la puerta abierta de su sala de estar, con la tez muy pálida. Una señal de alarma sonó en su cabeza. Sophie no era dada al drama.

– ¿Qué pasa? -gritó Elspeth, rezando angustiosamente para que no tuviera nada que ver con su hermano.

– Hay una carta para usted. -La criada tenía en la mano un papel doblado, que tenía pinta de estar manoseado, y el sello del lacre, abierto hacía tiempo.

Era obvio que la había leído.

– Dime -le dijo Elspeth, parada frente a la entrada de sus aposentos.

– Ha habido una epidemia de fiebre a bordo del barco en que viajaba Will.

Elspeth se agarró a la viga de la puerta para no caerse, sus peores temores se habían hecho realidad.

– Está… -y se calló, incapaz de pronunciar más palabras.

– Lo han dejado en tierra, en Tánger -explicó Sophie-. Junto a los otros que… -Sophie vaciló.

– … no se espera que sobrevivan -concluyó Elspeth en voz baja. Dos manchas ardientes asomaron a sus mejillas, un contraste desagradable con su piel pálida-. ¿Qué fecha lleva la carta? -Su voz apenas era audible.

– Hace tres semanas.

– Debemos ir a buscarle -cerró la boca con determinación. Una firmeza repentina sonó en sus palabras. Quitó la mano de la viga y entró en los aposentos, pasando con energía por delante de Sophie-. Haz el equipaje -dijo Elspeth, por encima del hombro-. Se lo diré a Grafton durante la cena -añadió, caminando a grandes pasos hacia el vestidor-. Pon ropa práctica… nada suntuoso-. ¿Ha visto él la carta?

Sophie negó con la cabeza.

– La trajo Addie. No se lo debe de haber dicho a nadie.

– Bien -algunas de las familias del servicio habían sido criados de los Grafton durante siglos y, a pesar del carácter mordaz del conde, permanecían leales a la familia. Otros se compadecían con la difícil situación de Elspeth, Addie entre ellos-. Dile a Charlie que prepare el carruaje. No me mires así. Ya sé que no es mío, lo enviaremos de vuelta cuando lleguemos a Londres -se podía confiar en Charlie. Era el mozo de cuadra que la atendía en sus paseos diarios… un hombre atento, y un aliado.

– El conde no la dejará marcharse.

– No puede detenerme. Pero tendré la gentileza de preguntárselo -dijo Elspeth, volviendo a los preparativos. Un momento después abrió de par en par las puertas del armario y sacó el primer vestido que vio. Era un traje de noche, de tela fina y plateado, luego empezó a desabotonarse la chaqueta del traje de montar-. Partiremos esta misma noche… en cuanto Grafton se duerma.

Elspeth entró en el comedor cuando el reloj marcaba las siete en punto. Grafton no seguía los horarios habituales. Cenaba temprano.

Cuando Elspeth se acomodó rápidamente en su silla, en un extremo de la larga mesa de caoba, el conde dio una seña al criado para que empezara a servir.

– No soporto la impuntualidad -gruñó, frunciendo el entrecejo a la distancia de la mesa-. Procura no llegar tarde mañana.

Elspeth no había llegado tarde, pero no merecía la pena entrar en discusiones. Y puesto que contaba con no estar allí al día siguiente, le contestó en su lugar:

– Al volver a casa a través de la pradera sur nos encontramos el camino blando, la tierra mojada nos hizo demorarnos.

– Procura que no vuelva a pasar -la advirtió Grafton, zampando con buen apetito la sopa y sorbiendo estruendosamente.

Ella miró hacia abajo, a la sopa de cebada, que era el producto principal en cada comida desde que el médico le había dicho al conde que prolongaba la vida y de repente experimentó una ligera sensación de euforia a pesar de la espantosa naturaleza de las recientes noticias. Ése sería su último tazón de sopa de cebada que tendría que fingir comer. Ésa sería la última noche que tenía que sentarse enfrente de su despreciable marido y soportar sus modales. Era la última de todas las noches que contaría los minutos hasta lograr evadirse a sus aposentos.

Aquella noche se pondría en camino para ir a buscar a su hermano, rescatarlo y, con suerte, no volver jamás a aquel lugar infernal. Quizá la enfermedad de Will resultaba ser una oportunidad disfrazada. Quizás encontrarían una pequeña casa de campo cuando regresaran y ella podría dar clases o abrir una escuela rural. Ella se contentaría con una vida modesta. Y Will era un hombre de talento. Si no quería ser maestro de escuela, podría buscar otro medio de vida.