El rango que le habían comprado a Will en el ejército podría venderse con facilidad. Su hermano podría obtener una suculenta suma de dinero sólo con los uniformes y, si habían desembarcado también sus caballos, podrían ponerlos a competir. Como parte de su contrato matrimonial, ella había insistido en que Will tuviera una reata de potros de primera categoría para jugar partidos de polo en la India.
Alentada por su nuevo optimismo y mirando con frialdad todas las esperanzas previas que había depositado en la carrera estelar de su hermano, de repente consideró la enfermedad de su hermano como un ejemplo clamoroso de la intervención de la mano del destino.
Por lo que respecta a la posibilidad de que Will no sobreviviera o que ya hubiera fallecido, se negó a pensar en algo tan espantoso. Con el coraje de sus nuevos convencimientos reforzando su determinación, miró fijamente, al otro extremo de la mesa, a su marido… que ya tenía la cara colorada de empinar el codo, la pechera de la camisa manchada de sopa… y le dijo con una calma intencionada.
– Hoy he recibido una misiva del oficial de mando de mi hermano -le dijo Elspeth-. Will ha contraído una enfermedad y lo han desembarcado en Tánger. Me gustaría ir a buscarlo y traerlo a casa.
A Grafton se le resbaló de la mano la cuchara sopera, produciendo un sonido metálico contra el tazón, y la miró fijamente con escepticismo.
– ¿Tánger? -gritó a voz en cuello, escupiendo la sopa sobre la mesa-. ¡No seas ridícula! ¡Es un lugar salvaje y pestilente! ¡No quiero ni oír hablar del tema! -Incluso si Grafton no se había indignado por la audacia de la que había hecho gala Elspeth para hacerle semejante, proposición, su voz, después de unas copas de vino, adquiría un timbre atronador.
– No puedo abandonarlo allí, a su suerte. Necesita cuidados. Necesita el aire limpio del campo para restablecerse -Elspeth no se permitiría perder la calma. Ya que no había más remedio, expondría sus argumentos con lógica y cortesía.
– ¡Lo más probable es que tu hermano esté muerto! ¡Has estado desperdiciando el tiempo y mi dinero! ¡Te prohíbo rotundamente que te vayas y no se hable más!
Elspeth empalideció y, agarrándose con fuerza las manos en el regazo para no gritar, se sentó y guardó un sepulcral silencio. Will no estaba muerto. ¡No lo estaba! ¡Cómo se atrevía Grafton a decir algo tan detestable! Y si a ella le quedaba alguna reserva, por nimia que fuera, acerca de su matrimonio, los comentarios ruines proferidos por Grafton la ayudaron a disipar con eficacia sus dudas. Elspeth notó que las ventanas dé la nariz se le ensanchaban, aspiró profundamente para reprimirse y le hizo una seña al criado para que le retirara el plato de sopa. Nunca volvería a tomar otra cucharada de su asquerosa sopa de cebada.
Elspeth echó un vistazo al reloj mientras un criado le llenaba el vaso a Grafton y otro le servía el segundo plato. Las siete y cuarto. Aquella noche se marcharía, a pesar de que estaba al corriente de las leyes que permitían al marido ejercer un control total sobre la esposa. Empuñó el tenedor y el cuchillo, cortó uno pequeño pedazo de lenguado y se lo llevó a la boca.
Luego se acomodó, esperando a que su marido se desmayara.
A medida que la cena se desarrollaba, se preguntó si el servicio se habría conchabado a su favor, porque mantenían la copa del conde llena. ¿Acaso Addie o Charlie les habían dicho algo? Y no es que no se atreviera a mirar directamente a los criados. Tampoco es que no se atreviera a hacer nada adverso que pudiera levantar las sospechas. En cuestión de unas horas se habría liberado de Grafton Park.
Elspeth comía, bebía. Conservaba la serenidad aunque su corazón latía como un tambor. Sonreír y fingir por última vez.
Aunque una vez acabara la cena y una vez su marido se sumiera en su habitual sopor etílico, su principal preocupación era conseguir dinero para el viaje. No tenía claro si devolvería el dinero al conde o lo consideraría el pago justo a aquellos seis meses de trabajos forzados. Pero, al margen de cuál fuera su decisión, necesitaría una suma importante de dinero.
Por fortuna, sabía dónde guardaba el dinero en efectivo.
Mientras el conde comía como un tragaldabas y bebía hasta la saciedad, Elspeth trazaba su plan, contó el número de paradas que harían entre Yorkshire y Londres, sacando cuentas de las horas que estarían camino. ¿Deberían para a dormir en una posada o bien sería mejor seguir adelante?
Si el conde los perseguía, tal vez lo mejor sería no detenerse.
De una cosa estaba segura. Una vez Grafton cayera dormido, no volvería a despertarse hasta la mañana siguiente.
Como mínimo, tenían garantizada una ventaja de doce horas.
Cuando el mentón de su marido chocó contra su pecho y sus ronquidos adquirieron la cadencia constante del sueño profundo, Elspeth se levantó de la mesa, dio las buenas noches amablemente al servicio y se retiró del salón. Cuando alcanzó el vestíbulo, miró a izquierda y a derecha, y al no ver a nadie, se dirigió al despacho de su marido. Se coló furtivamente en el interior, cerró la puerta con cautela detrás de ella, echó el cerrojo y fue directa al escritorio.
Muy a menudo había tenido que aguardar delante de aquel escritorio de roble macizo, esperando humildemente a que le diera con cuentagotas dinero para los pequeños gastos. Aunque había tenido que pasar por el trago humillante en varias ocasiones, al menos ahora sabía exactamente dónde buscar. Se situó detrás del escritorio y abrió los cajones. Le complació enormemente encontrar una cartera de piel en el interior. Ahora no tendría que llevar el dinero envuelto en la falda escaleras arriba. Mientras examinaba rápidamente los billetes, se fijó en una cajita laqueada metida en el fondo del cajón. Levantó la tapa y la encontró atiborrada de billetes de los grandes.
Elspeth vaciló, los principios morales de toda una vida la inhibían.
El pasaje a Marruecos sería caro… enormemente caro.
Sólo los nobles más adinerados podían permitirse viajar al extranjero. Y Will podía estar agonizando solo, en una tierra extraña y remota.
Cogió rápidamente los billetes, los apretujó en el interior de la cartera, tensó el cordel, cerró el cajón de un golpe y cruzó a toda prisa la habitación. Abrió la puerta con tiento, inspeccionó el pasillo, y una vez convencida de que no había nadie a la vista, dio un paso hacia el vestíbulo, cerró con suavidad la puerta y caminó hacia sus aposentos, con la esperanza de hacerlo con un porte de seguridad.
Si alguien se cruzaba en su camino antes de llegar a su habitación, lo más probable es que no le preguntaran por la cartera. Al menos no a la cara. Lo que no significaba que no intentaran despertar a Grafton.
Echó a correr y no paró hasta que estuvo a resguardo en su sala de estar. Temblando de miedo, se dejó caer en una silla y esperó a recuperar el ritmo de respiración habitual. Necesitaba tiempo para recomponerse después de haber robado por primera vez en su vida. Unos momentos más tarde, viendo que nadie venía a llamar a su puerta, recordó la importancia de su misión, y se puso de pie.
Entró en el vestidor, arrojó la pesada cartera sobre una mesa.
– Tenemos fondos -dijo Elspeth, sonriendo mientras Sophie alzaba la vista del baúl de viaje-. Próxima parada: Londres.
– Siempre y cuando no nos atrape primero.
– No se levantará hasta la mañana. -Si de algo estaba segura después de seis meses de matrimonio, era de eso-. ¿Nos espera Charlie con el carruaje?