– Usted no practica la abnegación.
– ¡Cómo se atreve a llamarme la atención! -su voz tuvo un punto de crueldad-. Puedo despedirla sin dar referencias.
– ¿Sería capaz? -preguntó con un murmullo suave, contoneando su trasero con una impaciencia inquieta. El grave gruñido de Darley le recordaba lo agresivo que podía ser, si quería. O si ella le provocaba.
Levantándose sobre sus codos, la apartó bruscamente a empujones.
– ¿Qué te hace pensar que no lo haría, prostituta descarada?
– Pregúntele al mayordomo -le dijo-. Le confirmará lo buena que soy.
– No me importa si te follas a la mitad del servicio -espetó Darley-. Si no me complaces, ahí está la puerta. ¿Está claro? -A Amanda le gustaba ser dominada. Tenía algo que ver con su hermano mayor, aunque él nunca quiso escuchar los detalles. Pero nada la excitaba y la ponía más caliente que las órdenes tajantes de un hombre.
– Haré todo lo que diga, mi señor, si deja que me quede.
– Ponte a cuatro patas y levanta tu pequeño trasero lo suficiente para que pueda entrar fácil. Y no quiero que llores si te duele.
– Oh, por favor, no me haga daño -le imploró, lastimeramente.
– Hazlo y punto -gruñó.
Se apresuró a obedecer, exhibiéndose tal como le había pedido.
Darley se puso en pie, examinó el trasero exuberante y rosado convenientemente situado, Amanda lloriqueaba un poco, rogándole con fervor trágico que no la lastimara. Esa vehemencia, ¿era real o un juego?
Él no estaba seguro.
Tampoco le importaba.
Se puso sobre sus rodillas detrás de ella, la cogió de las caderas, embistió con su miembro aquella vagina lubricada y resbaladiza. Cualquier cuestión referente al dolor fue desestimada… como él sospechaba. Y con docta diligencia y el dramatismo apropiado, a su debido momento, constató que su antigua, aparentemente insaciable, doncella había entendido los pormenores de sus obligaciones.
Amanda no debería haberse sorprendido cuando Darley le dio un ligero beso después, se levantó de la cama y le anunció:
– Me voy a Londres.
Mientras le hacía el amor percibió que tenía la mente en otro lado. No es que no la hubiera llevado al orgasmo tantas veces como quiso, ni que él no tuviera varios. Pero sus ojos se habían cerrado de vez en cuando por una visión interior y no estaba segura de si tenía que estar agradecida o disgustada por aquella escena que discurría detrás de sus párpados.
Puesto que lo había encontrado en plena forma, prefirió no detenerse en nimiedades sobre los impulsos que lo motivaban. Puesto que había sido ella la destinataria de sus pasiones altamente eróticas, ¿quién era ella para quejarse de las motivaciones? Pero rodó por la cama para seguirle con la mirada mientras se marchaba. Por curiosidad preguntó:
– ¿Para qué vas a Londres?
Abrió el armario y sacó una camisa.
– Para complacer a mi madre. Supongo.
– Qué devoción filial. Estoy impresionada.
– Betsy y los niños también están en casa.
Como lo habían estado aquellas semanas, pensó.
– Ya veo -le dijo. Su vieja amistad era en parte resultado de su talento para saber cuándo no debía poner las cosas difíciles-. ¿Volverás pronto?
– No lo sé -se pasó la camiseta por la cabeza y metió los brazos por las mangas-. Quédate, si quieres.
– No tiene sentido que me quede si no vas a volver.
Él miró hacia arriba para abotonarse un puño de la camisa.
– Como quieras. Mis planes son inciertos.
Aquel día, a última hora, se encontró incapaz de resistirse a ver a Elspeth, embarazada o no. Y si, de hecho, se iba al amanecer, su margen de acción era limitado. Fuera lo que fuese lo que la llevó hasta la casa de sus padres podía afrontarlo, aunque su razón para ir era sencilla. Y decididamente carnal.
Se puso rápidamente los bombachos, se los abrochó mientras se dirigía a la puerta. Abriendo la puerta un momento después, gritó fuerte, lo suficiente para que el sonido traspasara el pasillo gasta llegar al vestíbulo.
– ¡Ensillad mi caballo y traedlo!
Antes de que su ayuda de cámara asomara por la puerta, con la cara encendida y sin aliento, el marqués ya se había vestido, puesto las botas y buscaba sus guantes. Los cajones de la cómoda estaban abiertos de cualquier manera.
– Debería haberme llamado, señor -resolló el hombre, al verle el cuello de la camisa abierto de manera informal con expresión afligida.
– A mis padres no les importa cómo vista. ¿Está lista mi montura? ¿Dónde guardas los guantes?
– Aquí, mi señor. -El ayudante de cámara sacó un par de guantes de montar de una cómoda y se los entregó a Darley.
Julius, volviéndose hacia Amanda que le observaba con una atención inusual, hizo caso omiso a su mirada inquisitiva.
– Gracias, querida, por estas encantadoras vacaciones. Ned se ocupará de todo lo que necesites. Au revoir. -Con una reverencia, Julius se dio media vuelta, poniéndose los guantes mientras salía de la habitación.
La voz de Julius no había sonado como la de un hombre que fuera a volver pronto. Ni se parecía a un hombre que se hubiera vestido así de deprisa sólo para ir a ver a sus padres. La nota de su madre todavía reposaba sobre la mesa, donde la había dejado. Obviamente, el contenido no era confidencial, puesto que la había dejado a la vista. O así pensaba mientras se levantaba de la cama, se acercó hasta ella y la cogió.
El nombre de Lady Grafton saltó del papel.
Amanda, a medida que seguía leyendo, fruncía el ceño.
Así que la jovenzuela estaba en Londres… y, misteriosamente, en Westerlands House, y lo más extraño era que habían mandado avisar a Julius.
La pregunta candente era: ¿por qué?
No se había creído el cuento del hermano enfermo ni por un segundo. Aunque era sumamente ingenioso por parte de la dama congraciarse por sus propios medios con los padres de Darley.
Si fuera una mujer apostadora -que lo era-, estaría tentada a apostar contra Darley esta vez. La pequeña bruja había venido a Londres sola, por supuesto con una historia admirable bajo el brazo para embaucar a la familia de Julius… y el toque maestro era la clara aseveración de que se quedaba en la ciudad sólo una noche.
Tempus fugit.
Ahora o nunca.
¡Qué cebo maravilloso!
Capítulo 22
Langford quedaba a las afueras de la ciudad. La distancia hasta Westerlands House era un recorrido fácil y a caballo se llegaba rápido… sobre todo si se era un hombre con prisas.
En particular, cuando se montaba un caballo de primera calidad, entrenado para correr.
En particular, cuando el jinete estaba concentrado en la dama que le esperaba al final del viaje.
El marqués se dijo que aquel exagerado interés por ver a Elspeth era el resultado del aburrimiento que había experimentado recientemente… a pesar de los entretenimientos sexuales con Amanda. Sin mencionar que la presencia de Elspeth en casa de sus padres era una escena demasiado intrigante para perdérsela. No admitió que pudiera querer verla de nuevo porque había pensado constantemente en ella desde Newmarket. Admitirlo hubiera provocado la anarquía en su vida, una vida consagrada a los amores casuales.
En su lugar, lo asoció a la teoría de que era sexo y sólo sexo lo que le empujaba.
Simplemente quería hacer el amor a la seductora y joven esposa con la que había jugado en Newmarket. Puesto que partiría por la mañana, cabalgaba hacia Londres para gozar de su dulce pasión antes de que fuera demasiado tarde.
Era una explicación perfectamente razonable.
Después de la cena, el pequeño grupo de Westerlands House se retiró a la sala de estar para tomar el té. Como se hizo tarde, dieron un beso de buenas noches a los niños, los enviaron a la cama, y la conversación giró en torno a diversos contactos del duque que podrían proporcionarle una buena embarcación a Elspeth por la mañana.